La muerte de Fidel Castro acelera el cambio en Cuba. A pesar de las múltiples incógnitas que acechan el curso de los acontecimientos en la isla del Caribe, en particular en relación a las perspectivas de democratización política, hay una certeza que se impone por el peso de las circunstancias: el régimen castrista empieza su fase final. El horizonte cubano está signado por el capitalismo, sea a través del modelo chino, como postula veladamente la dirigencia comunista, o según el modelo estadounidense, como aspira la comunidad del exilio concentrada en Miami. "Murió demasiado tarde", graficó en París el diario izquierdista "Liberation". La metáfora es apropiada: el 26 de julio de 2006, días después de retornar de un viaje a la Argentina (donde confraternizó con Néstor Kirchner) y luego de protagonizar la celebración de un nuevo aniversario del frustrado asalto al cuartel de Moncada en 1953, Fidel tuvo una hemorragia intestinal aguda, que lo colocó al borde de la muerte, y se vio obligado a delegar provisoriamente el mando en su hermano Raúl, quien lo sustituyó definitivamente en diciembre de ese año. A partir de entonces, erigido en "patriarca de la Revolución", presenció resignadamente cómo Raúl Castro lidiaba con una economía en crisis y esbozaba los lineamientos de una incipiente apertura internacional, que tuvo su punto culminante en 2015 con la reanudación de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y la visita a La Habana del mandatario estadounidense Barack Obama, en una recomposición que contó con la activa participación del papa Francisco.
Extraña paradoja: hace muchos años, cuando nada permitía avizorarlo, el mismo Fidel había pronosticado que el deshielo entre Cuba y Estados Unidos solo iba a ocurrir cuando hubiera "en Estados Unidos un presidente negro y en Roma un Papa latinoamericano". Pero para que los Castro terminaran de convencerse de la necesidad de archivar su histórica estrategia de confrontación con Washington fue necesario que la muerte de Hugo Chávez, acaecida en marzo de 2013, dejara a Cuba sin la inapreciable ayuda del petróleo barato provisto por Venezuela, que permitía atenuar las penurias económicas, aunque no resolverlas.
La desaparición de Chávez provocó el eclipse de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), una entente que asociaba a Cuba con Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Este derrumbe volvía a colocar a Cuba en una situación de aislamiento internacional semejante a la que padeció en la década del 90, cuando la disolución de la Unión Soviética significó una derrota estratégica que nunca pudo remontar. En aquel entonces, Fidel empleó su gigantesco carisma para implementar el llamado "período especial", que implicó una etapa de enormes sacrificios soportados con estoicismo por la población cubana. En 2013, ese carisma no alcanzaba y Raúl sabía que una apuesta semejante habría desencadenado un estallido social. Raúl Castro aceptó la mano tendida por Francisco, quien pretendía dejar atrás el último vestigio de la guerra fría en el continente americano, y por Obama, que en el tramo final de su segundo mandato buscaba afanosamente una oportunidad para entrar en la historia grande. Nunca imaginó que se estaba colgando del último tren, ya que en ese momento nadie podía prever que un año más tarde Donald Trump ganaría las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Es probable que cuando Obama pisó La Habana y habló en la Plaza de la Revolución, que durante décadas fue el teatro favorito de sus imprecaciones contra el "imperialismo yanqui", Fidel haya terminado de comprender que su presencia estaba demás en este mundo.

Un paraíso que nunca existió

El progresivo debilitamiento de la imagen carismática de Castro, que con sus luces y sus sombras será sin duda recordada como la personalidad política más importante de la historia de Cuba y una de las más relevantes de la historia latinoamericana del siglo XX, es un tema de análisis para los sociólogos, porque seguramente ilustra sobre las dimensiones de este cambio de época, en Cuba y en el mundo.
Elaine Díaz, una bloguera disidente de 31 años, arrojó una clave interpretativa al analizar la reacción de la población ante la muerte del líder: "Para la generación de mis abuelos, que obtuvo muchos beneficios, va a ser muy duro. En las décadas del 60 y del 70, Fidel fue para la mayoría de los cubanos el símbolo de la dignidad nacional. Ese sentimiento popular reconocía hondas raíces históricas. Cuba fue el último país hispanoamericano en lograr su independencia. Pero esa conquista no fue producto de los heroicos aunque fallidos esfuerzos desplegados por sus patriotas a lo largo del siglo XIX, sino el resultado de la guerra entre Estados Unidos y España desencadenada en 1898, cuyo desenlace motivó también el dominio norteamericano sobre Puerto Rico y Filipinas. Cuba no fue una colonia pero sí un protectorado: la enmienda Platt, dictada en 1902 reconocía el derecho de Estados Unidos de intervenir en la isla cuando juzgara amenazados sus intereses. En su ascenso, materializado en 1959, Fidel supo amalgamar lúcidamente la resistencia democrática contra el régimen de Fulgencio Batista, que ya había perdido el beneplácito de Washington, con los antiguos anhelos emancipadores. Pero chocó con un límite infranqueable: para confrontar con Washington en plena guerra fría, una isla situada a 90 millas de las costas norteamericanas no tenía otra opción que pactar con la Unión Soviética. A diferencia de Ernesto "Che" Guevara, cuya muerte prematura en la selva boliviana en 1967 lo inmortalizó como un ícono mundial de la lucha por la justicia, Castro sobrevivió a su época. La reacción dispar de los cubanos ante su desaparición es harto comprensible. No puede decirse lo mismo de la actitud de algunos sectores residuales de la izquierda mundial, que lamentaron su muerte con la extraña nostalgia de quienes lloran por haber sido expulsados de un paraíso en el que nunca vivieron porque jamás existió.

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