La incultura cívica, alimentada por la inveterada sensación de inseguridad, de precariedad y de crisis, nos lleva a soslayar los aspectos más trascendentes de las desviaciones del sistema constitucional de gobierno, que constituyen el origen y la causa determinante de todos los padecimientos del pueblo y el impedimento de su paz y su prosperidad.
En general, no llama a la reflexión que una democracia de origen -porque se engendró en el voto popular- se convierta en un régimen antidemocrático de ejercicio, por la violación de la
Constitución y de las leyes. Que el sistema republicano de la Constitución no rija, porque sus principios: división e independencia de poderes, publicidad de los actos de gobierno, responsabilidad de los funcionarios, periodicidad de los mandatos, no se respetan o se trata de violarlos.
Que el sistema federal se pervierta, convirtiendo a los gobernadores de las provincias autónomas en súbditos mendicantes del poder central.
Que el sistema representativo se prostituya.
Que las autoridades, nacionales se nieguen a cumplir una sentencia de los jueces y aún de la Corte Suprema de Justicia.
Que un juez independiente de cualquier poder o predominio, sea perseguido por querer aplicar la ley sin distinciones ni privilegios, y que la cabeza del Ministerio Público cuya función es promover la actuación de la justicia en defensa de la legalidad (art.120 C.N.), se ofrezca para apoyar el abuso de poder por parte del ejecutivo. El ideal de civilidad responsable constituye una deficiencia que se ha ido profundizando y extendiendo a través de los años en nuestra amada argentina, de la mano del desprestigio de la política y de la erosión de los valores republicanos.
Ese ideal se cimentaba en la fecundidad de un patriotismo con un pasado de gloria y sacrificios que se honraban. Hoy son menospreciados y humillados.
El eclipse de ese arquetipo de hombre cívico, inflamado de desvelo por la cosa pública -que no es sólo de los demás sino la propia- se percibe también en una carencia de ideales y excelencias, en un individualismo rayano con el egoísmo del sálvese quien pueda, en una decadencia moral generalizada, que alcanza niveles de calamidad en la gestión de los negocios públicos.
Una plaga que junto con el incumplimiento de la ley, están carcomiendo las bases fundacionales de una Nación que surgió en una tierra opulenta, con lucha y sacrificio para ser morada de paz y bienestar, no sólo para quienes en ella nacimos, sino para "todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino (Preámbulo de la C.N.).
Mi también inveterado optimismo me induce a creer, que ante los tropiezos reiterados de una democracia, que en más de tres décadas no ha conseguido marchar sobre los carriles inequívocos de la Constitución, desdeñados, cuando no violados impunemente por los gobernantes, la porción de ciudadanía argentina que no se encorva ante el influjo de los poderosos, ha de asumir su dignidad cívica, en este tiempo preñado de ansiedad por un encauzamiento de la Nación, para alcanzar su propia felicidad y el bienestar general.

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