La incultura cívica nos lleva a soslayar los aspectos más trascendentes de las desviaciones del sistema constitucional de gobierno, que constituyen el origen y la causa de todos los padecimientos del pueblo y el impedimento de su paz y su prosperidad.
En general, no llama a la reflexión que una democracia de origen se convierta en un régimen antidemocrático de ejercicio, por la violación de la Constitución y de las leyes. O que el sistema republicano de la Constitución no rija, porque sus principios: división e independencia de poderes, publicidad de los actos de gobierno, responsabilidad de los funcionarios, periodicidad de los mandatos, no se respetan. O que el sistema federal se pervierta, convirtiendo a los gobernadores de las provincias autónomas en súbditos mendicantes del poder central. Que el sistema representativo se prostituya. Que las autoridades nacionales se nieguen a cumplir una sentencia de los jueces y aún de la Corte Suprema de Justicia. Que un juez independiente sea perseguido por querer aplicar la ley sin distinciones ni privilegios , y que la cabeza del Ministerio Público se ofrezca para apoyar el abuso de poder por parte del ejecutivo.
El ideal de civilidad responsable se cimentaba en la fecundidad de un patriotismo con un pasado de gloria y sacrificios que se honraban. Hoy son menospreciados y humillados.
Mi también inveterado optimismo me induce a creer, que ante los tropiezos reiterados de una democracia, que en más de tres décadas no ha conseguido marchar sobre los carriles inequívocos de la Constitución, desdeñados, cuando no violados por los gobernantes, la porción de ciudadanía argentina que no se encorva ante el influjo de los poderosos, ha de asumir su dignidad cívica, en este tiempo preñado de ansiedad por un encauzamiento de la Nación, para alcanzar su propia felicidad y el bienestar general.

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