Daniel Millas es un reconocido psicoanalista, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Además, es coordinador del Hospital de Día del Servicio de Psicopatología del Hospital Teodoro Álvarez, en Buenos Aires. El año pasado presentó el libro "El psicoanálisis pensado desde la psicosis".
Estuvo en Salta invitado por el Centro de Investigación y Docencia del Instituto Oscar Masotta para participar de un seminario clínico. Entre otras actividades, entrevistó a pacientes salteños del Hospital de Salud Mental Miguel Ragone y capacitó a profesionales de la provincia.
En diálogo con El Tribuno, analizó la aplicación de la ley nacional de salud mental aprobada en 2010, que supone eliminar los hospitales que son solo neuropsiquiátricos para que los pacientes sean tratados en los servicios de salud mental de cualquier hospital general. "Antes hace falta que existan albergues donde puedan ser alojados y continuar un tratamiento", planteó.
Además, se refirió al uso de recursos como la internación o los fármacos y a cuándo pueden o no considerarse un abuso, para luego reflexionar sobre cómo evolucionó la visión social sobre los problemas de la salud mental.

¿Cómo fue su trabajo en el Hospital de Salud Mental Miguel Ragone?
Lo que hicimos en el Hospital Ragone son entrevistas, que llamamos "presentación de enfermos". Es un encuentro con un paciente del que participan profesionales interesados en el psicoanálisis. Mantenemos un diálogo interesándonos en cómo esa persona ha vivido su experiencia del desencadenamiento de la psicosis y con qué recursos ha logrado restablecer su relación con la realidad.
Trabajamos con un gran respeto a la posición subjetiva que tiene el paciente. Abordamos eso como un testimonio que siempre nos enseña algo. No se trata de mostrarlo como un ejemplar patológico, como puede suceder en la enseñanza de medicina.

¿Qué visión tiene del tratamiento que tenemos de la salud mental? Hay una ley nacional de 2010, ¿cómo cree que se está aplicando?
Es importante que exista una ley de salud mental que contemple la integración de los distintos profesionales de la salud que, a lo largo de los últimos años, han tenido un desarrollo de sus disciplinas y una inserción en los dispositivos de asistencia de salud mental.
Es sumamente importante que se considere a esos profesionales y que tengan el derecho a ocupar cargos de conducción. Que la dirección no quede obligatoriamente en manos de un médico, que no necesariamente está en superioridad de condiciones con respecto a otros profesionales de la salud.
Luego, la ley tiene dificultades serias de implementación. Por ejemplo, propiciar el cierre de los hospitales monovalentes (neuropsiquiátricos) requiere tener antes instancias alternativas para alojar a los pacientes.
No conozco los recursos en salud mental que tiene Salta. Pero, si se cierra el hospital Miguel Ragone, ¿a dónde van los pacientes que trata esta institución?
Hace falta que existan albergues y hospitales de día donde esos pacientes puedan ser alojados y continuar un tratamiento. Si no, transformamos a los pacientes que están en un neuropsiquiátrico en marginales que viven en la calle sin ningún tipo de defensas.
Hay muchas internaciones que son por problemas, no tanto psicopatológicos, sino sociales. Hay sujetos que están internados porque no tienen dónde ir.
Entonces, está muy bien propiciar el desarmado de eso, pero tiene que ser correlativo al armado de nuevas instancias.
Luego, que toda la problemática de la salud mental se trate en los hospitales generales, como dice la ley, tiene algo favorable. Recién en la década del setenta se comenzaron a gestionar servicios de salud mental en los hospitales generales. Antes de eso, todo lo que era asistencia en salud mental estaba remitido a neuropsiquiátricos. Después se comenzaron a insertar servicios de salud mental, como un servicio más de los hospitales generales. Eso es un gran avance.
Yo coordino un hospital de día que está en un servicio de salud mental de un hospital general. Pero hay que admitir que a veces hay problemáticas muy serias y graves que exceden la posibilidad de tratamiento de un hospital general.
Entonces, me parece que cerrar el manicomio, por llamarlo de alguna forma, no necesariamente tiene que implicar estar en oposición con un hospital monovalente. Puede haber un hospital monovalente que sea moderno, ágil y que tenga establecidas relaciones con la comunidad. Entonces, no necesariamente el hospital monovalente tiene que ser sinónimo del alienismo manicomial del siglo XIX o comienzos del siglo XX.
De manera que es una ley que tiene aspectos positivos. ¿Quién va a estar en contra de la defensa de los derechos de los pacientes y de que haya un cierto control con respecto a las internaciones involuntarias o el uso de los fármacos? Todo eso es favorable.
Pero creo que va a llevar tiempo lograr la implementación de algunos de los puntos que propone y acordar pragmáticamente determinadas cuestiones que se plantean.

¿La internación de un paciente debería ser una última opción? ¿Cree que se hace abuso de este recurso?
De cualquier recurso terapéutico se puede hacer abuso. El problema no está en el recurso sino en el uso que se hace. Se puede hacer abuso de los fármacos, de la internación y de las psicoterapias.
Cuando un paciente muestra riesgos o dificultades para sostenerse en la vida, riesgos de "pasaje al acto" o posibilidades de una agresión para sí mismo o para terceros y, sin embargo, tenemos un empecinamiento psicoterapéutico en que no tiene que ver a un psiquiatra o no tenemos que internarlo, también eso es un abuso.
No tenemos que tener prejuicios. Se trata de tener el tacto suficiente para hacer un buen uso de los recursos.
La internación puede ser, en algunos casos, un último recurso y, en otros casos, un recurso que puede permitir atravesar una crisis. Una internación no tiene que ser necesariamente de cinco años. Puede durar unas semanas o unos meses para permitir atemperar algo y evitar una internación que se prolongue mucho tiempo.
Lo mismo pasa con todos los recursos terapéuticos. Yo soy psicoanalista y estoy a favor de la experiencia de palabra y del respeto por la subjetividad. Trabajo con eso. Pero también tenemos que saber que hay determinados casos en que el uso de la palabra es limitado.
Un paciente en un episodio de excitación psicomotriz o de alucinación no está en condiciones de tener una experiencia de palabra porque no puede escuchar. Entonces, muchas veces se requiere el recurso del fármaco.
Y gracias a que hay pacientes que están medicados podemos tener el recurso de la palabra. Esto es muy diferente a tener a un paciente sobremedicado para tenerlo dormido las 24 horas y anestesiado.
¿Qué visión tiene de la perspectiva que existe en la sociedad sobre los temas de salud mental? En el caso de Matías Alé, por ejemplo, sufrió un brote psicótico y había un gran interés por sacarle una foto internado o contar su intimidad. Pero pocos trataron de explicar lo que podía estar padeciendo.
Eso es propio de una época en la que el límite de la intimidad es traspuesto y la presencia del otro, que se mete en la intimidad, forma parte de la práctica contemporánea. La exposición en las redes sociales de lo que antes era íntimo es permanente. Y también se van extendiendo los límites de los principios que manejan los medios.
Antes había una suerte de regulación ética sobre lo que los medios iban a respetar. Eso se fue extendiendo y todo va pasando al campo del espectáculo. Y, a veces, el mismo sujeto que es víctima de eso después se vuelve usuario. La intrusión mediática tiene rating y funciona justamente por eso.
El Hospital de Salud Mental Miguel Ragone está en lo que, antiguamente, se podían considerar los límites de la ciudad...
Siempre es así. Los manicomios que se generaron a fines del siglo XIX eran todos de esas características. El Borda y el Moyano están en lo que eran los límites. Era la época del "alienismo" y de la marginación. Antes de eso, eran los locos atados. De esa época hasta la actualidad, han habido muchas corrientes en el campo de la salud mental que han ido transformando eso.
Hay actualmente más aceptación de que los problemas mentales tienen que ver con la subjetividad, que son tratables y que son afecciones que tienen la posibilidad de recuperación. Se sabe que hoy se cuenta con recursos farmacológicos, psicoterapéuticos y dispositivos que permiten que, no necesariamente, el destino de un sujeto psicótico sea la alienación permanente, el deterioro, etcétera.
Han cambiado las perspectivas de tratamientos que se pueden ofrecer y cambian mucho los pronósticos, que antes eran como un destino marcado.
¿Cómo define al psicoanálisis?
El psicoanálisis es una experiencia que nunca se termina de comprender. Los analistas partimos de una especie de principio, que es que no sabemos lo que es un analista.
Alrededor de eso trabajamos, para tratar de dar cuenta de qué trata nuestra experiencia. Es una experiencia de palabra, que considera que un sujeto puede sufrir y padecer algo que tiene que ver con su relación con el sentido.
Un síntoma es algo que se padece pero también es un intento de conciliar elementos que no son armónicos. Ese es el descubrimiento freudiano, que dice que el síntoma es una especie de transacción que trata de ligar la satisfacción pulsional, que es propia de cada uno, con las normas, que son para todos.
Tenemos la idea de que no hay sujetos sin síntomas. No tenemos la idea de una "normalidad". No tenemos la idea de la salud mental como la ausencia de síntomas. Tenemos la idea de que necesitamos el síntoma. Y hay síntomas que, en determinado momento, se vuelven difíciles de manejar y hacen sufrir. En última instancia, un análisis es una experiencia de palabra que apunta a buscar que un sujeto encuentre un mejor arreglo con su síntoma.

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Re KennethU
Re KennethU · Hace 3 meses

Ni se les ocurra alojarlos en los hoteles de Cristina en Calafate!!.


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