"Las imágenes son sensibles", advierten los zócalos de la televisión (elementos escritos en la pantalla), mientras la curiosidad se encuentra con el final triste y doloroso de siempre. Un policía que corre a dos delincuentes, casi gambeteando con el peligro, ignora que agazapado y cobarde lo espera el tiro del tercer delincuente. Por las dudas, como un jugador que aguarda para definir el partido, el cuarto espera en el automóvil.
En la Argentina de hoy, no se trata de un "lobo solitario", atacan en manada y destruyen todo a su paso.
Daniel Molero era el nombre de ese valiente policía, que en cumplimiento de su deber salió en defensa de los ciudadanos, que cada día sienten que la inseguridad dejó de ser una sensación para convertirse en la cruda realidad; basta con mirar las estadísticas.
Daniel, un joven lleno de sueños, forjados junto a su familia, empezaba a hacer carrera en los cuadros de oficiales de la Policía Metropolitana. Ese día viernes estaba junto a su pequeña hija comprando en un supermercado chino de la localidad bonaerense de Longchamps e intentó defender a los comerciantes de un robo, por lo que se produjo un tiroteo en el que abatió a los dos delincuentes, aunque él también resultó muerto.
En esta Argentina violenta, todos los días surgen héroes anónimos, solidarios, honestos que son una cachetada a la indiferencia, pero lamentablemente todo sigue igual, quizás porque los delincuentes también son más. El escenario cotidiano en las calles del país se convirtió en un desfile de delincuentes fríos, despiadados e insensibles, mientras el hombre común, como diría el periodista y poeta Osvaldo Ardizzone, se repliega temeroso en busca de un lugar seguro.
Era un día más. Buenos Aires se debatía entre las nubes caprichosas y el sol que se negaba a salir. Adentro del negocio, las imágenes del asalto muestran hombres corriendo, mientras la muerte se aseguraba un festín de sangre y fuego.
Melano tuvo tiempo de apartar a su hija y corrió detrás de los ladrones. Se observa cómo caen los delincuentes, al igual que el policía. El oficial quedó cerca del canasto con sus compras, los delincuentes aprisionando el dinero que no les correspondía.
El policía murió defendiendo la ley; los asaltantes, en su ley. Al policía lo lloran solo sus familiares y seguramente el reconocimiento tardío. En su entorno íntimo nadie habló de venganza ni tampoco amenazó.
El argentino común se pregunta, si en este caso también corresponde el exceso en legítima defensa.

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Sección Editorial

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