El paso por esta vida durante noventa años del premio Nobel de Literatura 1997, Darío Fo, será recordado no solo por el arte teatral y las novelas que publicó, sino también por las vísceras de la política que hacen síntoma en la sociedad.
Fo dejó su bagaje de sátiras contra los que mandan inútilmente y, como quería Freud y sin disponerse a serlo, interpretó la cultura de la dirigencia. Freud demostró que gobernar es una tarea imposible, no por lo difícil del liderazgo en sí, sino por las relaciones que los ciudadanos mantienen con el poder. Hay un real en ese poder que se escapa a todo lo imaginario y simbólico, al discurso político pronunciado subyace otro a capturar.
Fo escrachó permanentemente a los que piden obediencia absoluta y someten al soberano. Esa protesta la hacía en sus obras teatrales, irónicas y escépticas, riéndose siempre de la censura coyuntural y estratégica que el poder sugería e imponía a sus alegrías representadas con el cuerpo y la voz.
Este dramaturgo, caracterizado por la crítica dominante como bufón, había captado que algo de ese real del poder se abría a la interpretación que gobernar es imposible. Fo murió sin saber que coincidía con Freud en que ese real es un imposible más para el líder. No fue entonces el autodefinido payaso de la política, en todo caso trabajó para mostrar los límites permanentes del vozarrón del amo cuando es impotente con imposiciones que no funcionan en la hora de los consensos.
Fo pretendió que la sátira teatral sea el revés del discurso del amo, o sea que los espectadores en la burla analicen la posición frente a la política y, en ese drama cómico, se empoderen de ciudadanía. Enriqueció a la comedia como si fuera Moliere y denunció a las minorías que sostienen a los políticos de Italia, su país natal enredado para él en ese imposible de crear un gobierno que incentiva a la bufonería generalizada. Sus obras más célebres fueron "Misterio Bufo" y "Muerte accidental de un anarquista".
Recogió con el estilo inconfundible del juglar de la edad media la rabia de los italianos, y cosechó la reacción negativa y positiva, a la vez, de los argentinos. Su obra "Misterio Bufo", en 1984, dejó polémica y movilización en Buenos Aires.
La gente degusta lo grotesco del poder, y Fo lo reconfiguró en lo imprevisible, lo ilógico y en mostrar el notable déficit humorístico de la clase gobernante. Hacía emerger de algún lado al inconsciente freudiano (eso que se niega) para que el espectador se representara en chistes a la desfigurada política, comicidad trascendente a todo lo cotidiano.
Mereció el Premio Nobel porque con su teatro antipoder restituía "la dignidad a los oprimidos", según la Academia de Suecia.
Cuando definió que su lazo social era lo que decía su italiano nativo, explicó que aprendió el lenguaje de las "palabras masticables, con sonidos inusuales, con diversas técnicas de ritmo y respiración, e incluso con el habla absurda y laberíntica del grammelot" (estilo del imitador de sonoridades y de la musicalidad del hombre parlante).
Los espectadores de Fo, apuntados por lo real del poder frente a sus narices, disfrutaron sus obras, indicadas contra la intemperie ciudadana que dejan los políticos mendaces.

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