Más de dos mil líderes empresarios y políticos reunidos en el cónclave anual del Foro Económico Mundial que tuvo lugar en Davos -protegidos por una multitud de francotiradores alertas para evitar un posible atentado del terrorismo islámico- trascendieron en sus deliberaciones el análisis de la coyuntura para concentrar su atención en una gigantesca transformación tecnológica que ya está en marcha, cuyas consecuencias están llamadas a reformular, en un lapso históricamente breve, no solo el mundo productivo sino también la cultura, la política, la sociedad y hasta la vida cotidiana en todos los rincones del planeta.
Klaus Schwab, cofundador y titular del Foro de Davos, puso como centro del debate de este año a "La Cuarta Revolución Industrial", título de un libro que acaba de publicar, cuyo contenido intenta condensar en un solo texto una infinidad de aportes convergentes, realizados por especialistas de distintas disciplinas, que coinciden en señalar que el mundo contemporáneo atraviesa un punto de inflexión histórica de dimensiones tan colosales que en pocos años podría confinar en el tiempo al todavía próximo siglo XX a un lugar más cercano a la Edad Media que a nuestros días.
Para graficar de alguna manera la magnitud del fenómeno, vale recordar que Eric Schmidt, titular de Google, estima que todo el conocimiento generado desde el comienzo de la civilización humana hasta el año 2003 cabría en seis exabytes, que es el mismo volumen de información que hoy se acumula cada dos días.
Un reciente informe de IBM consigna que el 90 por ciento de la información existente en el mundo en 2013 había sido creada en los últimos dos años.
La mayoría de las previsiones de los científicos coincide en vaticinar que en la próxima generación la Humanidad verá adelantos tecnológicos más revolucionarios que los que se han registrado desde la invención de la rueda, hace unos 5.500 años.
Quienes descrean de esas predicciones apocalípticas tendrían que recordar que, a fines del siglo XIX, tras el descubrimiento de la electricidad y la invención del teléfono, el titular de la Oficina de Marcas y Patentes del gobierno estadounidense sugirió a la Casa Blanca la clausura del organismo, con el argumento de que ya no quedaba absolutamente nada importante por inventar.
Con esta perspectiva, esta Cuarta Revolución Industrial tiene un alcance históricamente equivalente a la que tuvieron la Primera Revolución Industrial, que irrumpió a fines el siglo XVII a partir de la invención de la máquina a vapor, la Segunda Revolución Industrial, que comenzó alrededor de 1870 de la mano de la electricidad, y la Tercera Revolución Industrial, surgida en las postrimerías del siglo XX, partir del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información.
Como las revoluciones anteriores, esta Cuarta Revolución Industrial constituye un proceso de cambio que se apalanca sobre los logros de la ola precedente, pero a la vez introduce cambios disruptivos que le otorgan una singularidad absolutamente diferenciada.
En este caso, la especificidad emana de la convergencia creciente entre los formidables adelantos científico-
tecnológicos que se suceden sin solución de continuidad en terrenos tan disímiles como las comunicaciones, la informática, la nanotecnología y la biogenética, entre otros.
El mundo que viene
Más allá de los incesantes avances de la robótica, una impresionante avalancha de inventos está revolucionando la vida humana.
Las impresoras 3D (en tres dimensiones) modifican radicalmente los modos de producción.
Lo que antes sólo era empleado por arquitectos y diseñadores pare elaborar las maquetas de sus proyectos, hoy son el mecanismo para la fabricación de una creciente diversidad de objetos, desde zapatos hasta ropa, joyas, juguetes, vajillas de cocina, alimentos, partes de automóviles y órganos del cuerpo humano.
Algunos aventuran que estas impresoras eclipsarán la producción manufacturera en serie, tal como se la conoce desde que Henry Ford empezó a producir automóviles en cadena.
Los drones, que internacionalmente fueron conocidos por su utilización por las Fuerzas Armadas estadounidenses para abatir terroristas en diferentes partes del mundo, revolucionan la industria del transporte y la logística.
Los especialistas sostienen que en el llamado "transporte de última milla" el dron sustituirá a los medios tradicionales, desde el camión hasta la motocicleta para el "delivery".
La interrelación entre la industria automotriz y las empresas de alta tecnología, que permite que los vehículos contengan cada vez más dispositivos inteligentes, incrementando su seguridad y facilitando su manejo, abre espacio para que en poco tiempo más el automóvil sin conductor, cuyos prototipos ensayan con éxito Google en Silicon Valley y otras compañías en diversos países, empiece a desplazar a los automóviles tradicionales.
Así como internet posibilitó que los seres humanos se conecten e interactúen a distancia y en tiempo real, el "internet de las cosas" permite que los objetos se comuniquen directamente entre sí.
Este adelanto tendrá hondas consecuencia en todos los campos, desde la facilitación de la vida doméstica hasta la aparición de las "fábricas inteligentes", donde la interacción entre los objetos hace que la producción quede íntegramente automatizada.
Un horizonte sin límites
Todo esto es casi nada si se lo compara con lo que sucede hoy en el campo de la biogenética y sus infinitas aplicaciones posibles, desde la producción de alimentos hasta el cuidado de la salud.
La bioeconomía se convierte en un campo de enorme potencialidad.
La medicina pasa de ser reactiva y genérica a ser predictiva y personalizada.
Un informe de PricewaterhouseCoopers consigna que el mercado de la medicina personalizada (un concepto que recién toma existencia en 2011, con la secuenciación del genoma humano) alcanza en 2015 un volumen de 450.000 millones de dólares y crece a una tasa del 15% anual.
El problema que plantea Schwab para su discusión en el Foro de Davos es que estos avances prodigiosos son también una fuente de nuevos problemas.
Una consecuencia previsible de este exponencial desarrollo científico en el terreno de la salud, que en ciertos puntos desafía la imaginación y plantea nuevos dilemas éticos de difícil resolución, es un drástico incremento de la expectativa y de la calidad de vida de la población mundial, cuyo impacto económico destruirá los actuales mecanismos de seguridad social y exigirá la creación de fórmulas alternativas.
A su vez la universalización de la “nueva economía”, que en el mediano plazo implica el tránsito generalizado del trabajo manual al trabajo intelectual de la fuerza laboral de todo el planeta, multiplica hasta el infinito la importancia de la educación.
Solo un salto cualitativo en los niveles de formación y calificación profesional de la fuerza de trabajo podría mitigar los efectos de la creciente marginalización de quiénes no adquieran las capacidades indispensables para desempeñarse en una economía basada en el conocimiento.
Aun así, esta Cuarta Revolución Industrial tenderá a reducir progresivamente la pobreza global, hasta su desaparición en un plazo de décadas, pero incrementando las desigualdades en la distribución del ingreso.
Esta contradicción, que será un motivo de intensa conflictividad social, constituye un desafío crucial para los gobernantes del futuro, que tendrán que lidiar con sociedades económicamente prósperas pero socialmente insatisfechas.
Más allá de las incógnitas coyunturales sobre el precio del petróleo o la evolución de la economía china, el saldo más significativo del encuentro de Davos es la necesidad imperiosa de desarrollar un pensamiento estratégico capaz de anticiparse a la dirección de este vendaval tecnológico, sobre la base de dos axiomas fundamentales.
Uno es que, ante lo nuevo, es necesario pensar de nuevo. El otro es que el mundo globalizado no premia la lucidez tardía.

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Sección Editorial

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