De Hegel a 6, 7 y 8

Aleardo Laria

De Hegel a 6, 7 y 8

Cristina Kirchner se declaró en una ocasión ferviente "hegeliana". Hegel sostenía que la realidad era producto del pensamiento que siempre se realiza y se supera a sí mismo. De allí proviene, tal vez, la idea desafortunada de que el "relato" podía sustituir a la realidad.
Carlos Marx cuestionó la tesis de Hegel y afirmó que lo real no es el resultado del pensamiento, sino más bien que los contenidos de la conciencia están determinados por la praxis social de los seres humanos. Aseguró que había que poner a la dialéctica de Hegel sobre sus pies.
Siguiendo los consejos de Marx, Macri parece dispuesto a poner de pie todo lo que CFK puso cabeza abajo. No le está yendo nada mal.
Han sido tantos los desaciertos del gobierno de Cristina Fernández, tan notables los errores cometidos por militantes incompetentes, designados bajo el principio de la "lealtad", que la tarea de Macri parece sencilla: le basta desandar el camino equivocado para acertar.
Los intelectuales kirchneristas, que siempre consideraron las instituciones republicanas como fórmulas del poder "contra mayoritario", que debían ceder frente al empuje de las mayorías populares, invocan y reclaman ahora el respeto a las instituciones. Pero sería pueril aceptar que el estrangulador de Boston diera consejos sobre el modo de evitar los femicidios.
Las instituciones deben preservarse cuando han sido diseñadas de un modo que garanticen la ecuanimidad en su funcionamiento. Deben tener suficiente "legitimidad de origen" y ser acompañadas luego por una coherente "legitimidad de ejercicio". El ejemplo más notorio de un diseño institucional que era una mera fachada para encubrir el mayor servilismo al poder presidencial ha sido la malhadada Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA).
"Sería pueril aceptar que el estrangulador de Boston aconsejara sobre como evitar femicidios".
Bajo la apariencia de un organismo autárquico regulador de las comunicaciones, se escondía una organización facciosa dirigida a perseguir a los medios de prensa considerados hostiles. No era posible consentir que bajo una ficción de neutralidad funcional, se permitiera la continuidad de políticas facciosas, que solo buscaban perseguir a los medios que no se doblaron al poder.
Los comentaristas de medios oficialistas se rasgan las vestiduras por el anuncio del levantamiento de programas como "6, 7 y 8". En opinión de Luis Bruschtein, "los canales o las radios no quieren tener estos programas porque es evidente que temen la censura ideológica de la pauta oficial y la privada". Es decir que ahora descubren que estos programas estaban por obra de la manera en que se administraba la pauta oficial y privada (de los medios amigos del poder).
El kirchnerismo ha hecho una caricatura de la institucionalidad, de modo que toda la ingeniería utilizada para enmascarar el uso partidista de esos entes autónomos, debe servir ahora para conseguir el resultado inverso. Las instituciones juegan un rol relevante en las democracias. Pero deben estar construidas sobre cimientos fuertes, que garanticen su autonomía e independencia.
Ahora que los kirchneristas se han convertido en rigurosos censores institucionalistas, mientras esperan que las masas recuperen la lucidez momentáneamente perdida, tal vez se pueda alcanzar un mínimo consenso en esta controvertida cuestión.

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