Cuando, hacia 1958, Fidel Castro irrumpió en la escena internacional mucha gente en Salta pensó que estábamos frente a una suerte de "revolución libertadora" y liberal. Así como Lonardi había derrocado a Perón, pues ahora Fidel expulsaba violentamente del poder a Fulgencio Batista.
Muy pronto las percepciones cambiaron, y fue así como la escuálida pero cualificada izquierda salteña comenzó a ver en la Revolución Cubana la concreción de viejos anhelos antiimperialistas y justicieros.
A fines de los años de 1960 la "vía cubana" encendió conciencias y encontró adherentes en el peronismo, en el pensamiento cristiano, en la familia leninista y en el nacionalismo. Así fue como surgieron en Salta, tal y como sucedió en el ámbito nacional, expresiones castristas y guevaristas que, unas veces, se circunscribían a apoyar a Fidel y sus guerrilleros ante los ataques yanquis y otras se proponían instaurar un foco insurreccional en los montes salteños o tucumanos.
Los jóvenes politizados bebimos en las fuentes del nuevo nacionalismo latinoamericano y muchos de los más decididos y radicales viajaron a Cuba a debatir ideas y, también, a recibir instrucción militar.
En realidad, todas las experiencias de guerrilla rural primero y de terrorismo urbano después que asolaron a la Argentina y otros países del área buscaron y encontraron apoyos en la Cuba de Fidel y del Che.
Lo hicieron incluso los miembros de la organización Montoneros, más allá de sus inocultables raíces dentro del movimiento cristiano.
El peor de los aportes que trajo la "vía cubana" a nuestra compleja realidad local y nacional, fue la introducción de la cultura de la muerte.
Fue pensando en Cuba cuando muchos decidieron que era moralmente aceptable matar (y, si acaso, morir) en nombre de los objetivos antimperialistas, antioligárquicos y justicieros.
La experiencia y los dictados cubanos armaron odios para responder a odios de signo contrario, desatando una espiral trágica.
Mi primer acto como activista universitario en Tucumán (1961) fue repudiar la invasión proyanqui de Bahía de los Cochinos.
Pero, afortunadamente, guiado por compañeros peronistas y de la izquierda democrática, no incurrí en la idolatría al régimen cubano y sus jefes; aunque estuve a punto de sucumbir, en 1963 cuando algunos exaltados anunciaban la insurrección de los obreros de Tafí Viejo.
A quien quiera profundizar en este apasionado debate sesentista, recomiendo las "Memorias de Pajarito Grabois" (Editorial Corregidor - 2014).
Hoy, advierto con claridad la incompatibilidad de los valores de la democracia con cualquier régimen que se perpetúe en el poder y cuyas sucesiones y transiciones se realicen siguiendo un reciente lema electoral salteño: "La misma sangre, la misma lucha", que llamó a votar por un senador nacional.
Aun si Fidel y la "vía cubana" hubieran hecho grande a Cuba y feliz a todos los cubanos, su experiencia basada en el totalitarismo, la perpetuación en el poder, el culto a la personalidad, la persecución de las minorías, encontraría mi firme rechazo.
Una oportunidad
El ejemplo de Fidel y su reciente muerte, ante la que me inclino respetuoso, deberían ser una oportunidad para que los salteños reflexionemos acerca de nuestras degradadas instituciones y la necesidad de una profunda reforma republicana.

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