Liliana De Riz es doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad de París, con amplia trayectoria en la UBA y el Conicet. Fue Coordinadora y autora principal de los Informes de Desarrollo Humano de Argentina 2002 y 2005 y recibió el premio a la "Excelencia en impacto de políticas públicas", otorgado por el PNUD en 2004. Es autora o coautora de nueve libros incluyendo "La Política en suspenso 1966-1976".
Retomando una polémica del centenario de la Revolución de Mayo, ¿Estamos mejor que en 1916?
El kirchnerismo siempre construyó la historia a su medida, como si fuera un traje. En 1916, la Argentina tenía un lugar en el mundo, era un país potencia. Había desigualdad pero, comparando, la pobreza y la desigualdad de estos días no tienen explicación luego de un siglo de evolución. En 1910 teníamos un lugar en el mundo; en 2010, aparecíamos como un país exótico, con gobernantes que se manejan como quieren y hasta fabrican estadísticas falsas. Un país que no se puede conocer a sí mismo, porque fabrica mentiras y construye polaridades imaginarias, es un país sin futuro y que da vergüenza ajena.
¿Qué hemos hecho con la Argentina en estos doscientos años?
El Bicentenario de la Independencia es una buena ocasión para la reflexión y el balance. El Congreso de Tucumán de 1816 es la expresión de la decisión de un grupo de hombres que, en ese momento, con enorme coraje, se atrevieron a poner en marcha la construcción de un país. Un Estado y una Nación. Al cumplirse el primer centenario, con la presidencia de Yrigoyen, encontramos la ampliación de la ciudadanía, los derechos y la participación de los sectores populares, así como la alternancia en la vida política. En lo que siguió del siglo XX, se profundiza un avance en los derechos de los trabajadores y la decisión de qué hacer con el mundo del trabajo en una sociedad que se industrializa y se moderniza. Pero cuando llegamos a 2016, el panorama es oscuro. Ese país que se puso en marcha en los comienzos del siglo XIX tiene pendiente una tarea central: recrear un Estado que sea limpio, porque hoy está corroído en sus raíces, y eficiente, para afrontar los problemas que la sociedad soporta. Que pueda dar respuesta a las necesidades de la sociedad y no de los funcionarios. Tenemos que superar enormes brechas, dejar de lado la ley del odio y asumir que somos una nación; superar la concepción unanimista, que nos pretende un todo homogéneo que rechaza lo foráneo.

¿Cuál es la prioridad inmediata?
Acarreamos cuatro décadas de deterioro social. Tenemos que reconstruir con los pedazos que quedan y afrontar con fortaleza y sin tapujos el gran problema de la pobreza, que ha crecido desde los 70 y que tras una era de bonanza nos deja el 30% de pobres. Debemos encontrar nuestro lugar en un mundo complicado, y más complicado tras el Brexit que ha despatarrado la unidad europea. Los congresales de 1816 afrontaban momentos de dificultades, inestabilidad y riesgos. Los desafíos son muy grandes. La Argentina debe asumir su rol en la sociedad posindustrial, en el marco de la revolución tecnológica, que plantea con dramatismo la necesidad de generar empleo, en un marco poco predecible.

¿Por que siendo un país tan rico tenemos semejante nivel de pobreza?
Claramente, por la forma en que ha sido gobernada la Argentina y cómo se ha distribuido el recurso. El Estado ha sido desmantelado. Los militares de los 70 tomaron al Estado como si fuera un bien propio. Fue escandaloso. Si los recursos se despilfarran, no hay beneficio más que para los que los manejan. Abrir la economía sin medir los límites ni tomar precauciones, tiene por consecuencia la pobreza creciente.

Un hito histórico, que asocio a la independencia ocurre medio siglo después, cuando se pone en marcha la escuela pública
No cabe duda de que esa decisión de Sarmiento fue extraordinaria. Fue la enorme empresa de armar una nación con inmigración aluvional, compartir el guardapolvo blanco y construir una sociedad con identidad y destino compartido. Hoy la educación perdió el rumbo. El Informe de Desarrollo Humano de 2002, del que yo misma participé, muestra las diferencias escandalosas en cuanto a las posibilidades futuras entre los niños de las distintas regiones del país. Las provincias del norte quedaron perjudicadas en estos últimos años. La calidad de la educación se fue degradando a tal punto que entramos en el analfabetismo funcional. Una sociedad moderna necesita una población educada. Sin esa condición, no hay posibilidad de encontrar nuestro lugar en el mundo.
Muchas veces se olvida el nivel de la generación de la UBA en los 60...
La universidad tenía un excelente nivel académico, que fue desmantelado. La politización de los setenta fue destructiva. Hoy, los populismos de izquierda y de derecha, que proliferan en el mundo, se asocian a al antirracionalismo, antiiluminismo, a una idea absolutamente romántica, de la que ya conocemos las consecuencias. La Europa de la paz, que se prolongó por cinco décadas, puede convertirse en la Europa de la guerra.
¿Vuelve el concepto de desarrollo humano?
Espero que sea así. El gran reto es encontrar una estrategia regional y federal de desarrollo para contar con un país unido. La Argentina no es un país sino varios países y el 80 por ciento del recurso y el producto se distribuye entre unas pocas provincias. Hay un abismo entre la región central, las economías extractivas del sur y las que dependen de la renta que reparta el estado en el norte. Tenemos un escenario de pobreza y estamos obligados a crear las bases de la generación de riqueza; en estos años, se estimuló el consumo, pero no se modernizó el perfil de la economía. Apagado el boom de las materias primas, nos encontramos con que en una década no se creó empleo genuino.
Más allá de la última década, hay dos experiencias fundamentales en el siglo XX
El radicalismo, a fines del siglo XIX, fue un actor central de la ampliación del sistema político, que produjo la extensión y universalización del voto. Visto en perspectiva, fue un paso muy positivo. Fue una gesta de la Unión Cívica. Posteriormente, los derechos sociales introducidos por el peronismo.
¿Es una forma de populismo?
El peronismo fue un régimen nacional y popular que llegó al poder en elecciones limpias y que luego se manejó de manera autocrática. Populismo es un término que remite a una idea romántica, donde la división de poderes no tiene lugar, la conducción queda en manos de un líder que supuestamente conduce a la tierra prometida y el Estado es un botín manejado por quien manda a su capricho. Y por supuesto, supone la estigmatización y la persecución de los opositores a los que se ubica en “el campo del enemigo”. Esta versión fue remodernizada por un argentino, Ernesto Laclau. Sus seguidores dividen a la ciudadanía entre ellos, el pueblo y los disidentes, el antipueblo. Una división rústica que sostiene que el estado debe estar conducido por los “illuminatti”, que serían los de Podemos en España, la señora Le Pen o los filonazis que en Austria no ganaron apenas por el uno por ciento. Movimientos hacia la derecha xenófoba o hacia una izquierda que solo puede derivar en gobiernos antirrepublicanos donde quien piensa distinto es “el enemigo”. En este mundo complicado, el legado del Congreso de Tucumán debe conducirnos hacia una sociedad abierta y plural. Tenemos que cerrar una brecha histórica, porque no podemos vivir en una lucha facciosa perpetua.






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