"Recuerdo mi niñez cuando yo era una anciana. Las flores morían en mis manos porque la danza salvaje de la alegría les destruía el corazón (...)". "El despertar", de Alejandra Pizarnik (1936-1972), nos hace "sentir en el cuerpo" la mirada de la depresión. De acuerdo con estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 10 personas en el mundo presenta depresión severa. Asimismo, según previsiones de este organismo, en 2020 será la segunda causa de incapacidad.
La preocupación de la OMS ya había quedado de manifiesto en 2012 cuando para el Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado los 10 de octubre, había elegido el lema "La depresión es una crisis mundial". Según la psicóloga Ana Rodríguez Sainz-Bravo, quien escribe en el sitio web Psico Salud, la depresión está incluida en el espectro de trastornos relacionados con el estado de ánimo. Además es una enfermedad mental de elevada frecuencia, definida por una combinación de síntomas. Entre los más característicos se encuentran el ánimo triste, la pérdida de interés o de placer y la fatiga o disminución de la actividad. Pero también suele acompañarse de alteraciones a nivel cognitivo. Es decir que disminuyen las capacidades de atención, memoria y concentración. De esta manera se modifica el contenido de los pensamientos y aparecen las distorsiones y los sentimientos de culpa, muerte e incapacidad.
Rodríguez Sainz-Bravo añade que son igualmente frecuentes las alteraciones físicas como la disminución o aumento del apetito habitual, perturbaciones del sueño como insomnio o hipersomnia y molestias corporales como dolor muscular y cefaleas. "Esto perjudica las relaciones interpersonales. Además el aislamiento y la pérdida de interés van haciendo mella en el círculo de amistades, familia y entorno laboral, que pueden no comprender lo que le sucede a la persona y acaban por alejarse de ella", señala.

Siete años

S. R. (38) le cuenta a El Tribuno que el ánimo depresivo la embargó por primera vez durante la adolescencia, devenido de la no aceptación de su cuerpo. Al completar el secundario ingresaba y abandonaba carreras porque no se sentía bien estando entre gente. Ya en 1999 inició un traductorado de lengua extranjera con cuatro años de duración y fue capaz de asumirse depresiva. "No le hallaba el gusto a nada. Iba al terciario, volvía y me encerraba en mi casa. Los trabajos prácticos y las juntadas para estudiar se hacían en mi casa, porque yo no quería salir, y si me invitaban a algún lado no iba. Siempre estaba enferma u ocupada", relata. Cuando terminó de cursar, se dedicó a permanecer en su cuarto, en compañía de la televisión. Bajaba solo a comer y para ir al baño. Apagaba la TV a las 5 y la encendía a las 9. "Mi mamá se sentaba mucho a la puerta de mi casa, porque acá se embolsa mucho el calor y en la tardecita ella se ponía a tomar aire. Ella me decía: "Sentate, conversemos''. Insistía tanto que yo le hacía caso solo por cinco minutos, pero volvía a ver TV, que no me entretenía tampoco", recuerda.
Cuando su falta de interés por el exterior era evidentemente patológica, uno de sus hermanos le dio el libro "Usted puede sanar su vida", de Louise Hay. "Cuando estás deprimido no tenés ganas de muchas cosas, pero yo sentía que el libro me estaba hablando a mí. Me hizo un click en la cabeza y decidí buscar trabajo", comenta. Así se empleó durante un año en el servicio doméstico en Buenos Aires. "Yo estaba aniñada y allá crecí de golpe. Fue peor porque no era solo la depresión, también extrañaba, pero me nació el orgullo de no darles el gusto a mis hermanos que decían que en una semana iba a volver. Trabajaba cama adentro y los fines de semana no salía porque mi refugio seguía siendo yo", reflexiona. Cuando volvió enfrentó la incertidumbre. La carrera que había dejado inconclusa ya había cerrado. "No quería volver a caer en la comida, que era mi mejor amiga y mi peor enemiga. Fui a una psicóloga. Ella me ayudó a abrirme al mundo, a entender mis posibilidades", señala. Cuatro años de terapia le sirvieron, pero luego le sobrevino la época más aguda de su depresión, en que debió recurrir a un psiquiatra y tomar medicación. Sola la suspendió. "Pensé que la mente me podía jugar malas pasadas. Empecé a decirme que soy la única que me puedo levantar y hacer cosas por mí", dice S., que hoy tiene trabajo en el mercado informal, pero nunca deja de hacer cosas para alejar la negatividad que le robó años de su vida.

Qué hacer si ya se está con ánimo depresivo

La psicóloga Raquel Molina Hernández en el artículo “Estoy deprimida. ¿Qué puedo hacer?”, escrito para el sitio web Conectando neuronas, ofrece algunas recomendaciones que según su experiencia han demostrado eficacia para ayudar a gente embargada por estados de ánimo depresivos.
Molina Hernández propone la realización de actividades para que la persona sea parte activa de su vida y obtenga gratificaciones a un corto plazo.
Bajo esta óptica, el primer punto es dedicarse a actividades sencillas y agradables como ir a caminar por el campo o algún parque, dar un paseo por la ciudad, asistir a una película en el cine, escuchar música, leer un libro y hablar con amigos o compañeros de trabajo.
Se trata de ocupaciones que se “quieran hacer” y no que se “tengan que hacer”. Además deben ser de sencilla ejecución y reportar un bienestar inmediato. También resulta bueno establecer metas a corto plazo y que sean realistas. De acuerdo con Molina Hernández las personas con depresión se enfocan más en las consecuencias inmediatas de su conducta, por lo que son a menudo muy exigentes consigo mismas y, en consecuencia, fallan en conseguir objetivos demasiado elevados. Por lo tanto, lo sano es establecer metas a corto plazo para conseguir objetivos diarios que refuercen cualquier avance.

Actividad física

Está demostrada la capacidad del ejercicio físico para mejorar el bienestar personal, tanto físico como psíquico. De hecho la generalidad de los deportistas nunca caería en una depresión, aunque no haya un estudio concluyente para aseverarlo.
Molina Hernández dice que si no se es aficionado a los deportes se puede empezar por ir a caminar diez minutos y aumentar el ritmo un poco cada día hasta completar treinta minutos, por lo menos tres o cuatro veces a la semana. De esta manera, no solo se consigue la activación del cuerpo, sino una mejora en la salud general.

Volver a la rutina

La psicóloga aconseja no desestimar el cumplimiento de rutinas que engloban desde las tareas domésticas como hacer las compras, limpiar la casa y hacer la comida hasta retomar hábitos de estudio.
Advierte que es posible que estas labores se hayan convertido en actividades muy costosas para el depresivo. Si ese es el caso, aconseja que la persona pida ayuda para realizarlas, porque un entorno desaseado y desorganizado “arrastra” a quien padece depresión. Además marca que es primordial desarrollar la autoestima, algo que se logra en mayor medida con ayuda profesional. “Hay que aprender la diferencia entre tu ‘yo ideal’ y tu ‘yo real’. A menudo, las personas nos hacemos una idea de cómo nos gustaría ser -que no es acorde del todo con la realidad-, lo que genera muchos sentimientos de frustración y nos hace tener una visión negativa de nosotros”, explica. De esta manera la aceptación es vital para mejorar. Otro buen propósito es no aislarse, aunque no se tenga voluntad de estar rodeado de gente, aunque se sienta incomodidad estando entre gente, hay que hacer lo imposible por mantener el contacto con los seres queridos y las amistades, planificar y cumplir actividades con ellos. Por último, señala que la depresión es un trastorno altamente incapacitante y poco comprendido por la persona, pero sobre todo por el entorno que la rodea por lo que debe acudirse a un profesional.

La depresión resulta de diversas causas

Según la psicóloga del sitio web Psico Salud Ana Rodríguez Sainz-Bravo, la depresión es el resultado de interacciones complejas entre factores biológicos (vulnerabilidad biológica), psicológicos (falta de habilidades de afrontamiento, baja percepción de autoeficacia, esquemas disfuncionales y falta de asertividad) y sociales. Estos factores pueden despeñarse ante eventos estresantes de la vida como la pérdida del empleo, el duelo por un familiar, la estrechez económica o problemas familiares, lo que aumenta el riesgo de sufrir el trastorno. La psicóloga advierte: “Si no se atiende a tiempo, puede llegar a cronificarse o presentarse en forma de episodios repetidos a lo largo de la vida con la interferencia que esto supone para la persona y su entorno”. Además advierte que en su forma más grave puede precipitar a la persona al suicidio. Añade que los tratamientos que han demostrado eficacia para tratarla incluyen terapias tanto farmacológicas como psicológicas. “Encontramos resultados favorables para la terapia de conducta, en activación conductual; la cognitiva o cognitivo-conductual y la psicoterapia interpersonal. Todos buscan producir cambios en las esferas que afecta el trastorno”, cierra.

El desencadenante oculto

A veces hay un desencadenante que lleva a la superficie la depresión, que estaba contenida por extenuantes jornadas laborales. Esto le ocurrió a F. M. (42). Ella es salteña, pero vivía en Buenos Aires con su familia. Tenía una vida económica holgada y tres hijas. Cuando se divorció debió volver a Salta a la casa de su padre. Allí no fue bien recibido el perro de la familia, que de haber sido criado como un hijo pasó a ocupar una cucha en el patio. “Una vecina me contaba que cuando yo no estaba mi papá lo golpeaba. A mí me dolía mucho, pero yo tenía que trabajar. Mi perro se hizo malo con todos y estaba a la defensiva, menos conmigo”, cuenta. Pero empezó a atacar a las niñas y tomó la decisión de sacrificarlo. “Detuve su vida y me partió el alma. Me duele, lo sueño y lo extraño. Estoy depresiva desde ese momento”, señala F.

Síntomas de la depresión

  • Estado de ánimo triste.
  • Pérdida de interés hacia las demás personas y hacia cualquier actividad.
  • Disminución de la actividad física o fatiga.
  • Alteraciones cognitivas como disminución de la atención, la memoria y la concentración.
  • Cambios en la forma de pensar, visión negativa y catastrofista de las cosas.
  • Emergen sentimientos de culpa, incapacidad y baja autoestima.

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