La hipocresía es una falsedad, un acto deshonesto con el que se trata de engañar a otros fingiendo, desempeñando un papel protagónico al estilo de un actor, adoptando en ese papel un personaje atractivo, que en realidad oculta al auténtico como una máscara.
El hipócrita finge sentimientos o ideales que no cree ni practica.
La política siempre coqueteó en mayor o menor grado con la mentira y utilizó la hipocresía como método o herramienta para hacerse del poder seduciendo.
Durante el régimen kirchnerista la hipocresía, a la que se asoció el miedo como mecanismo de sumisión, adquirió niveles inauditos.
Solo basta mencionar el relato de un simulado movimiento nacional y popular en favor de los desprotegidos, mientras se instauraba en las sombras de los despachos oficiales, una organización mafiosa para el saqueo de las arcas públicas, que las dejó exhaustas, en medio de millones de engañados que aplaudían las frases conmovidas a los pobres, de un matrimonio enriquecido hasta la perversión, en una fiesta del despilfarro, la prebenda y la indigencia.
La hipocresía con sus desenlaces dañosos, no solo se hundió en los cauces de los valores morales, sino que se extendió a todos los espacios y se introdujo en ámbitos insospechados.
Penetró en los comités políticos, en los gremios, en los ambientes empresariales, en ciertos mensajeros de noticias, en los círculos intelectuales y artísticos.
"Sigo creyendo en la humildad y devoción por los desamparados del Papa".
Y ahora, desde el llano, ese poder desterrado por el hartazgo ciudadano, retoma el artilugio de la hipocresía, simulando propósitos de nobleza al proponer leyes, que desde el gobierno habían rechazado, pero que hoy invocan en amparo de los trabajadores, cuando en realidad esconden el ardid obstructivo a un gobierno al que ya infieren como encaminado a la prosperidad desde el esfuerzo, la verdad y la honestidad.
Si hasta parece haber traspuesto las puertas del Vaticano, cuando se oye a los lenguaraces que van y vienen como profetas de la verdad revelada, asegurando que Margarita Barrientos, ese ángel terreno de la bondad, no fue rechazada por el Sumo Pontífice, que ignoraba tal desdén, pero callan o se evaden con subterfugios que no explican la extrañeza de un llamado telefónico de descargo que no llegó, ante tantos otros habidos para esos mismos exégetas, como a políticos, a periodistas, o al humilde canillita que llevaba cada mañana el diario a la puerta del autor de ese humano error, que sigue reclamando una disculpa.
Y cuesta también creer a esos improvisados intérpretes, cuando argumentan una regla de protocolo para exculpar un rostro despectivo lindante con la afrenta, brotado inusualmente ante un visitante destacado, entre decenas de sonrientes recepciones a personajes equívocos, cuando no sospechosos.
Y cuando afirmo esto sigo creyendo en la humildad y la valentía, la devoción por los desamparados de un Papa que promueve la paz.
Pero no puedo ni debo dejar de señalar que la verdad puede disimularse aún entre los justos. Y aunque la misericordia deba ser más entrañable para éstos, no cejaré en esta lid contra esa máscara engañosa, cumpliendo de algún modo el reto de Francisco: "Hagan lío".
En este caso para desnudar la hipocresía.
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Sección Editorial

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