En estos días de lluvia el aroma del pan nos empuja hacia otros tiempos en los que nos espera el hogar caliente, el declive de la tarde, el abrazo. En definitiva, eso a lo que llamamos "hogar". Si es que nuestras comidas completan a ese concepto integral que nos hace familiar el paso de los días, cuánto mejor si lo que nos trae huele a pan.
Podemos hacer panes para acompañar la hora del té o el mate a cualquier hora. Y, por supuesto, las comidas del día. Pero, si tenemos la posibilidad de hacer nuestros propios panes, cuánto mejor si estos panes son integrales. Antes que nada, ¿qué es la harina integral? Es el resultado de moler el grano de trigo entero, es decir, conservando todas sus partes. Por ejemplo, la cáscara o salvado contiene minerales como calcio, magnesio, hierro, potasio, sílice, etc. Y fibras, fundamentales en la regulación de la absorción y movilidad intestinal. El germen del trigo posee proteínas y vitaminas muy importantes (B1, B2, B6, E, K, etc.), además de un gran cantidad de minerales como potasio, fosfatos, calcio, magnesio. Algunos de ellos en pequeñas cantidades (oligoelementos) como el hierro, cinc, manganeso, yodo y flúor, entre otros.
El albumen o parte interna contiene almidón y otros hidratos de carbono, necesarios para el sistema nervioso. La presencia de vitaminas del grupo B, que se encuentran en el germen de trigo, ayuda a la transformación y aprovechamiento adecuados de estos nutrientes. De esta manera, los hidratos de carbono son asimilados de forma saludable.
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Sumemos a las semillas

Las semillas fueron siempre un alimento muy usado por la humanidad. Los incas, por ejemplo, cuyos logros físicos e intelectuales aún nos abruman, tenían una dieta básicamente de semillas, con la inclusión muy infrecuente de carnes. Y de carnes magras, como la de la llama o la alpaca.
Como muchos alimentos actuales tienen cada vez menos fibras debido al proceso de industrialización, las semillas comenzaron a volver de la mano de los médicos, que las devolvieron a las recetas diarias. Actualmente se usan en muchos panes y galletas, y en algunas comidas.
La semilla en sí es una planta embrionaria y el origen de la nutrición. Una planta no escatima esfuerzos para producir cada semilla y llenarla con altas concentraciones de vitaminas, minerales, proteínas, aceites esenciales y enzimas latentes. Si usted está buscando una merienda de alta calidad, nutritiva y abundante, las semillas son difíciles de superar.
En nuestra región contamos con supersemillas que podemos incluir en la preparación de nuestros panes. Las semillas de chía, por ejemplo, que son muy ricas en vitaminas y minerales, y una excelente fuente de fibra, proteínas y antioxidantes, y son la fuente vegetal más rica de ácidos grasos omega-3. Su consumo podría ayudar a reducir el dolor en las articulaciones, a perder peso, y emite un impulso de energía que protege contra enfermedades como la diabetes. ¡Y están libres de gluten!
Las de quinoa contienen fósforo, hierro, proteínas, fibra y aminoácidos esenciales. Además, tienen efecto saciante. Recuerde que para consumirlas hay que hervirlas antes. El sésamo es una gran fuente de proteínas, grasas insaturadas y lecitina, que regulan los niveles de colesterol. Además, tiene calcio, hierro y zinc. Para consumirla lo mejor es tostarlas en una sartén sin aceite. Las de girasol, a pesar de que son un poco más calóricas, su alto contenido en ácidos, como el Omega 6, permite también reducir la síntesis de colesterol “malo”. Las de lino tienen propiedades similares a las de la chía, pero además el lino resulta ser un gran aliado en los procesos inflamatorios y catarrales. Es una magnífica fuente de fibra diaria y tiene un alto contenido en ácidos grasos Omega 3, de modo que nos ayudar a regular los niveles de colesterol. ¡Probemos!
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Una receta para panes integrales

Para este pan necesitamos 1 bollo de masa básica integral, 3 cucharadas de lino molido, 3 de avena arrollada, 3 de girasol, 2 de sésamo molidas. Cortamos la masa en dos partes y hacemos 2 bollitos. Los dejamos reposar 15 minutos. Ponemos semillas y avena en la sartén a fuego mínimo, hasta tostarlas. Aplanamos los bollos y los estiramos. Humedezcamos la masa
y le pongamos la mitad de las semillas. La hacemos un rollo, gotas de agua y hacemos rodar sobre las semillas restante. Dejamos leudar los rollos bien tapados, hasta que lleguen al doble del volumen.
Los cocinamos luego en un horno moderado, por 30 a 35 minutos o hasta que al introducir una brochette, esta salga seca. Los enfriamos sobre una rejilla y ¡a servirnos todo!

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