Dilma Rousseff cruzará hoy la sala de alfombras azules del Senado Federal brasileño camino del estrado. Ahí encarará, de un golpe, a todos sus 81 jueces y 81 senadores. Será la primera vez en los más de 270 días que dura el proceso de juicio político (impeachment) que la presidenta apartada temporalmente del poder se defenderá, personalmente, de las acusaciones y, a la vez, tratará de convencer a los (pocos) senadores aún indecisos de que debe continuar en el cargo. Será, sin duda, la escena culmen en este proceso histórico en el que se juzga a un jefe de Estado. El otro juicio político desarrollado en el Brasil democrático, el de Fernando Collor de Melo, en 1992, no llegó hasta aquí. Antes de someterse a las preguntas de los senadores, Collor dimitió. Rousseff, como ya avisó, llegará hasta al final.
El sábado pasado, a las 12 del mediodía, por quinta vez desde que empezó la fase final de este juicio político, una senadora favorable a Rousseff, acusada de un presunto delito de responsabilidad (alteraciones en el presupuesto sin permiso del Congreso y peticiones de crédito a bancos públicos), protestó por la falta de personas en la sala. En ese momento, solo 31 de los 81 senadores se encontraban presentes. La mayoría, del bloque pro-Dilma. Tal vez por estrategia -una manera de boicotear a los testigos de la defensa, que prestaban declaración- o tal vez por falta de interés -los argumentos de una y otra parte se repiten hasta la saciedad una y otra vez- el caso es que en muchas ocasiones de este juicio hay más senadores en los pasillos que en la sala.
Tampoco en la calle las sesiones se siguen hasta ahora- con fruición. Cansados de un proceso que dura meses y que tiene más de rito que de verdadero juicio (los senadores tienen ya en gran parte su voto decidido desde mayo) la población no parece interesarse mucho por el impeachment. Hasta ahora no ha habido manifestaciones en la calle, ni de un lado ni de otro. Y hay muchos periódicos que también prefieren abrir sus ediciones con las medidas que tomará el presidente Michel Temer una vez sea elegido presidente con todas las letras y deje de estar en funciones. Es una manera de asumir que el resultado está cantado.
Mañana está previsto la votación final sobre el impeachment. Si 54 senadores o más condenan a Rousseff, Temer será ratificado en el puesto y gobernará hasta 2018, año en el que se celebran nuevas elecciones.

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