Historia, Memoria, Olvido forman parte de las representaciones del pasado y cobran hoy una renovada importancia. La Nación utiliza la Memoria y el Olvido, como puentes o murallas, porque se basa en un pasado común para construir su identidad.
Memoria y Olvido, expresados a través de la Historia, no son terrenos neutrales, legitiman la identidad colectiva. Los hechos no se imponen por sí mismos, sino mediante el lenguaje. La palabra es sinónimo de poder. Por otra parte, las verdades de la historia no son eternas, porque la historia la escriben historiadores inmersos en un tiempo y un medio que influyen en las explicaciones del suceso que él nos proporciona.
Pierre Norá habla de "los lugares de Memoria" (no sólo los físicos sino como espacios de reflexión) que no siempre ponderamos. La "Casa de Tucumán" -que poco guarda de la construcción original- donde se proclamara la independencia argentina, es una muestra del escaso valor que damos al patrimonio en sentido extenso, aun sabiendo que ser parte de una misma Historia da sentido de pertenencia, sentido de identidad. Por estas razones, los hechos fundacionales de la Nación merecen siempre un balance en torno de sus logros y deudas, especialmente en tiempos del Bicentenario de la Independencia argentina.
"En la benemérita y muy digna Ciudad de San Miguel de Tucumán", comienza el Acta de la Independencia firmada el 9 de julio de 1816, cuando "era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España", sostienen los congresistas de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Los representantes lo hacen "reunidos en Congreso General invocando al Eterno que preside al universo, en el nombre y por la autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todo del globo, la justicia que regla nuestros votos". Se trata de una decisión para "romper los violentos vínculos que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas {las Provincia Unidas del Río de la Plata} e investirse del alto carácter de una Nación libre e independiente del Rey Fernando VII sus sucesores y Metrópoli". Un lenguaje directo y frontal concreta los principios formulados parcialmente el 25 de Mayo de 1810 por los hombres que conformarían la Primera Junta de Gobierno Patrio.
Son esos los argumentos centrales de nuestra independencia política, que desde entonces, a partir de la conformación del Estado nacional en 1880 y sus transformaciones, se reiteran en los mensajes gubernamentales dirigidos al conjunto de la sociedad con la pretensión de legitimar el poder político a través de los acontecimientos centrales de la Historia de la Nación Argentina, así como de los principios que dieran consistencia a la Independencia declarada en 1816.
La historia se relaciona con su función social y también política. Se enlaza con el fundamento de la identidad nacional, del espíritu crítico y de la ciudadanía. Historia y Política renuevan un contacto que les es propio y que reconoce lejanas raíces. Lo hacen desde un "régimen de verdad", no exento de opinión y desde las representaciones del pasado, que parecen haber perdido vigencia hoy.
El poder "representa una relación desigual de fuerzas" móviles y de distinto rango, con coherencias y contradicciones. Es además, expresión de las hegemonías sociales porque donde hay poder hay resistencia.
La gesta independentista fue sólo el inicio de diversas expresiones políticas nacionales, tanto en tiempos de democracia como cuando los gobiernos "de facto" dirigieron autoritariamente los destinos del país. La legitimidad estuvo y está asociada a la historia fundacional de la Nación. Sus logros -más allá de las deudas sociales pendientes- también; aunque hoy la Historia como saber para generar certezas, haya sido desplazada por la incertidumbre y el desconcierto, cuando la falta de ética política -de buena parte de la dirigencia nacional- parece ocupar un espacio ajeno a esos principios de identidad y legitimidad.
La interpretación del pasado es, a la vez, construcción social y construcción histórica. Más allá de la singularidad de los tiempos y de los regímenes políticos vigentes, "la lucha por el poder es también la lucha por la palabra" y -en tal sentido- emparentarse con los hechos fundacionales de la Nación legitima, contribuye a la gobernabilidad y da prestigio. Por otra parte, hay una Política de la Memoria, como hecho simbólico, y una dimensión política de la memoria, que no sólo pertenece a los gobiernos, sino a los diversos actores sociales.
Existe una utilización de la Memoria para forjar una construcción del pasado, porque la continuidad es un aspecto central de toda política. Memoria e Identidad se relacionan con los imaginarios colectivos. A través de éstos hay una renovada manera de entender la política y la historia fundacional de una Nación, sus instituciones y sus protagonistas. Es conveniente recordarlo en estos tiempos del Bicentenario de la Independencia argentina, si la propuesta es recuperar los valores, alentando la cultura del trabajo y la educación como instrumentos necesarios para una auténtica inclusión social, capaz de fortalecer la identidad nacional. Es ésta una lectura posible -y creo que también necesaria- de los postulados que en otros tiempos y con otro régimen político -más restringido en sus alcances pero con ideas capaces de pensar una Nación con principios identitarios- propusieran los hombres que forjaron la independencia argentina y que la Historia debe recrear como parte de la idoneidad propia de la construcción del conocimiento acerca del pasado.



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