Doña Pancha, mejor dicho, la pensión de doña Pancha era en el barrio una especie de institución.
Doña Pancha declaraba 40 años de edad; soltera, simpática, de modales delicados, poseía un rostro agradable, ojos de un pronunciado color celeste, y una melenita de cabellos castaños claros. Se hubiese podido decir que era linda, siempre y cuando se pasara por alto su desmesurada constitución física: doña Pancha era gorda, muy gorda.
Y su casa de pensión también mostraba peculiaridades llamativas, pues era exclusivamente para varones. Varones que eran todos empleados ferroviarios.
Los vecinos se preguntaban cómo hacía doña Pancha para lidiar con esos inquilinos, todos merecedores de un primer premio al desaliño, y cuyo lenguaje iba de lo ordinario a lo procaz, grandes tomadores de mate en musculosa y pantuflas, y extremadamente chacotones.
Sin embargo, la propietaria y sus dos colaboradoras, las mochas Rufina y Delicia, no tenían quejas. Al parecer con ellas "trabajaban" de caballeros.
Y un día el barrio se desayunó con la novedad de que doña Pancha había aceptado como huéspedes a dos mujeres, jóvenes y bellas.
"­Sonamos -dijeron las vecinas- ahora sí que se arma la gorda en esa casa!".
Y doña Eduviges Elizabide se preguntó si doña Pancha habría enloquecido. ¿No se daba cuenta de que la presencia de las jovencitas en ese ámbito de machos que presumían de padrillos, salvajes para colmo, ocasionaría problemas?
En la pensión había reinado siempre la cordialidad. Los varones no se molestaban entre ellos y, por lo contrario, todos eran compinches de todos. Ahora, con esas chicas, las broncas serían pan de todos los días.
Como a la semana, y no pudiendo contener su curiosidad, doña Eduviges fue al "lugar de los hechos", como dijo el vate Acuña.
Doña Pancha le explicó la situación. "Mire, señora -le dijo-, al principio pensé que las chicas iban a ser causantes de dificultades. Las alojé porque son mis ahijadas y los padres están de viaje. Estaba equivocada. Ahora, fíjesé, mis muchachos han cambiado, son otros. Se cuidan de decir malas palabras; se afeitan todos los días, y usan camisas y zapatos. A la mesa se portan como duques. Y tratan a las chicas como lo que son: princesas. ­Una monada! Son respetuosos con ellas, y las llenan de atenciones. ­Creer o reventar!".
El vate y el maestro Delmiro dudaban. ¿Sería verdad?
Y tuvieron que convencerse de que sí lo era cuando una tarde se encontraron con el grupo de inquilinos de doña Pancha a la salida del Polígono.
"­Hola, changos! ¿Cómo la llevan con las ahijadas de doña Pancha?", preguntó, haciéndose el inocente, el maestro Delmiro.
"­Ah! Las adorables señoritas. Tenemos la fortuna de vivir con ellas bajo el mismo techo", fue la respuesta.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora