Entre los múltiples análisis que compiten por explicar lo que sucede en Estados Unidos a partir del triunfo de Donald Trump comienza a abrirse camino una interpretación de índole cultural que, más que en los aspectos socio-económicos, pone el acento en la irrupción del "nacionalismo blanco" norteamericano frente a las amenazas exteriores condensadas en un trípode configurado por la invasión de productos asiáticos (particularmente chinos), la inmigración hispana (en especial mexicana) y el terrorismo islámico, tres consecuencias inevitables de la globalización económica, demográfica y política iniciada hace un cuarto de siglo con la revolución tecnológica y la desaparición de la Unión Soviética.
Amanda Taub, en un artículo publicado en el New York Times bajo el sugestivo título de "Fragilidad blanca y zozobra", define a "la crisis de la blancura" como el fenómeno extendido en Estados Unidos y Europa Occidental que está detrás del Brexit, la victoria de Trump y el avance de la derecha radicalizada en la mayoría de los países del Viejo Continente.
La demografía altera la composición de las sociedades occidentales. Las proyecciones indican que en 2050, la minoría hispana, que en 1993 ascendía al 10% de la población estadounidense, trepará a cerca del 25% de la población. Los blancos no hispanos, que en 1993 constituían el 74%, en 2050 serán apenas el 53%. Es un cambio cualitativo de proporciones equivalentes al que se registra en algunos países de la Unión Europa con la inmigración árabe y asiática de confesión islámica.
En su célebre y premonitorio libro "El choque de civilizaciones", editado en 1996, Samuel Huntington ya advertía que "mientras en Europa el problema inmediato se lo plantean los musulmanes, quienes lo plantean en Estados Unidos son los mexicanos". Explicaba que, a diferencia de las sucesivas oleadas migratorias que a lo largo de los siglos forjaron la identidad estadounidense, la inmigración mexicana tendía a afirmar sus propios valores culturales.
Huntington cuestionaba la concepción multiculturalista, a su juicio exacerbada en la década de los 90 durante la administración de Bill Clinton, que hizo hincapié en la afirmación de los derechos de las minorías y la aplicación del criterio de "discriminación positiva" para garantizar su acceso a la educación universitaria y a otros servicios. El problema fue que, detrás de lo "políticamente correcto", empezaba a incubarse una reacción subterránea, sintetizada en una idea imposible de manifestar públicamente: "más para ellos es menos para nosotros".
Resulta fácil colegir el impacto que significó para esa sensación de pérdida de identidad en la población blanca estadounidense la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. No es casual que la primera irrupción política de Trump haya tenido como escenario la absurda campaña desatada para demostrar que Obama, un mandatario afroamericano con ancestros kenianos y oriundo de la isla de Hawai, no había nacido en Estados Unidos.
Ocho años después, tras la acelerada expansión del multiculturalismo, que incluye la reivindicación de los derechos de las minorías de todo tipo, exhibida en terrenos como el aborto, el matrimonio igualitario y la legalización de la marihuana, los resultados fueron elocuentes: Trump ganó merced al voto masivo de la población blanca de los estados del centro de Estados Unidos, la región más blanca, monocultural y conservadora de la sociedad norteamericana.
La Internacional Nacionalista

La designación de Steve Bannon como consejero de Trump fue para muchos analistas la verificación de que el nacionalismo blanco llegaba al gobierno. Bannon es un vocero de la "alt- right" (derecha alternativa), expresada en sitios como Breitbart News y en organizaciones como la Alianza Nacionalista, cuyo estatuto sólo admite en sus filas a varones blancos heterosexuales que no consuman drogas ni alcohol.
Dicha interpretación fue tomada en Europa por personajes como James Dowson, un nacionalista británico, editor de Patriot News Agency, una red de sitios de Internet a la que está asociada Breitbart. Dowson enfatiza el rol de las redes sociales en la victoria de Trump: "Después de cuarenta años de que la derecha no tenía voz, porque los medios eran propiedad del enemigo, nos vimos forzados a convertirnos en increíblemente idóneos en los medios alternativos".
Esa intensiva utilización de las redes sociales, empleadas incluso para divulgar acusaciones fantasiosas contra los adversarios políticos, que por su manifiesta falsedad no encuentran acogida en los medios convencionales de comunicación social, ilumina sobre el significado del concepto de "posverdad", referido a un estilo de comunicación que desdeña los argumentos racionales para apelar a los sentimientos y las emociones.
El color de la piel es la primera señal instintiva de identidad. En este entrecruzamiento de sentimientos, la población blanca del Occidente desarrollado percibe un hecho real. Por primera vez en quinientos años, el hombre blanco no es el centro del mundo.
En el último cuarto de siglo, y a pesar de ciertas predicciones erróneas sobre los efectos de la globalización, el crecimiento del mundo emergente, encabezado por China, triplicó al de las naciones capitalistas avanzadas. Dos de las tres primeras potencias económicas son amarillas: China, que se prepara a desalojar del primer puesto a Estados Unidos, y Japón.
En tanto, la India se encamina hacia el cuarto lugar, hoy ocupado por Alemania. El poder económico se desplaza desde Occidente hacia Oriente.
La paradoja es que las tesis del movimiento antiglobalización, que desde la década del 90 denunciaba que el proceso de transnacionalización de la economía aumentaría la distancia entre los países desarrollados y los emergentes, resultaron tan equivocadas que hoy asistimos al fenómeno inverso: en Estados Unidos y Europa Occidental crecen las fuerzas políticas, ubicadas a la derecha y no a la izquierda del espectro ideológico, que reivindican el nacionalismo y preconizan la recuperación de la identidad cultural y la soberanía de los estados.
Para el núcleo íntimo de Trump, la caricatura del mal está representada por George Soros, el financista húngaro-estadounidense especializado en la especulación financiera internacional, principal donante para la campaña de Hillary Clinton y generoso aportante de las campañas a favor de la decisión de legalizar la marihuana.
Ante el eclipse de la Internacional Socialista, surge una "Internacional Nacionalista", a la que adhiere Vladimir Putin, precursor en la tarea de transformar una superpotencia derrotada en un actor político ascendente en el escenario mundial.
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