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¿Dónde se habla mejor el castellano?

El ser humano siempre aspira a lo más alto, a lo más rápido y mejor, a lo más fuerte. Los romanos lo predicaban de este modo: “altius, citius, fortius”, como un anhelo individual y social para su gente. Es algo que está grabado en la naturaleza humana. Por caminos distintos, todos nos inclinamos por esa senda, ya sea por lo que entendemos es el bien, o por el mal. Esto nos conduce, por supuesto, a las comparaciones: “Yo soy más capaz que vos; más sabio que todos; más bravo que mi oponente...”.

Con respecto a la lengua, también podemos decir lo mismo. Desde la antigedad se las ha catalogado como buenas o malas; de prestigio o sin valor; vivas o muertas; de sustrato o de superestrato; y de muchas formas más. Hasta no hace mucho, se desvalorizaba a las que no tenían una historia de conquistas y de éxitos. En cambio, se sobrevaloraba a aquellas que habían protagonizado un imperio o un reino.

Es cierto que la lengua -instrumento de comunicación por antonomasia, como también, generadora y trasmisora de la cultura de un pueblo- ocupó sitiales elevados cuando se convirtió en “superestrato”, es decir, en lenguaje de un pueblo conquistador, como en el caso de los romanos o de los mismos españoles en el siglo XVI. Hoy esa posición es ocupada por el inglés, con una importante ventaja respecto a las históricas lenguas dominantes: en la actualidad cuenta con los medios de comunicación como jamás los tuvo, lo que la hace más efectiva en la extensión de su dominio. La lengua, en definitiva, es un instrumento eficaz de poder.

De allí que, hasta no mucho tiempo atrás, había lenguas superiores y otras inferiores. También, dentro de una misma, existían lugares en los que se la hablaba mejor, con un criterio netamente metropolitano. De este modo, en el español, se aseguraba que donde practicaban el auténtico y genuino castellano era, globalmente, en Castilla, pero especialmente en Madrid. Para nosotros, los argentinos, el modelo era Buenos Aires. Otros decían que el castellano castizo se hablaba en Santiago del Estero.

El criterio dialectal

Fue recién hacia mediados del siglo pasado cuando, gracias a los estudios de la Sociolingística, se revalorizó cada una de las hablas regionales. En ese sentido, se llegó a la conclusión de que cada región poseía y hablaba adecuadamente su dialecto regional del español, mediante el cual la gente denotaba su idiosincrasia. Es decir, no hay ni buenos ni malos dialectos: todos ellos, en su propio entorno cultural, tienen el valor de autenticidad para sus hablantes. En una palabra, constituyen en cierto modo su “cédula de identidad” con respecto a su cultura. Por eso podemos afirmar taxativamente que un idioma es un reflejo fiel de una cultura, de un país.

Sin embargo, en una misma lengua (como sucede en el caso del español) existen tantas manifestaciones dialectales cuantas subculturas diferentes se nutren de ella. Es, entonces, el idioma, la caja de resonancia de esa subcultura y, consecuentemente, se diferencia de los otros dialectos de ese mismo idioma, por el empleo de palabras, dicciones y formas sintácticas y gramaticales distintas a las de otras culturas o subculturas.

Vamos a los ejemplos prácticos para aclarar tanta teoría. En Argentina todos conocemos y practicamos el español rioplatense, que nos identifica, y lo utilizamos entendiéndonos perfectamente. Incluso dentro de él hay manifestaciones propias del lunfardo, que nació en el puerto de Buenos Aires y luego se extendió a todo el país. Pero, a la vez, cada región argentina tiene otros usos dialectales que tiñen de una particularidad especial al dialecto rioplatense. En Salta y el noroeste llamamos “chango / changuito” a un niño, aunque también, entre adultos, nos titulamos de ese modo. Esto, probablemente, se da por influencia de la lengua quechua; es decir, la palabra pertenece a nuestra subregión andina. Pero en otros sitios del mismo país, además de utilizar "chico', "niño' o "muchacho', se prefiere, en el hablar espontáneo, “pibe” en Buenos Aires y en el sur; “gurí”, de procedencia guaranítica, en el litoral y noreste. Es uno de los muchos ejemplos que podríamos presentar para aclarar esta cuestión.

El valor de los dialectos

El empleo de los regionalismos dialectales en el hablar espontáneo no constituye el motivo de nuestra discusión. En realidad, debemos preguntarnos hasta qué punto es adecuado valerse de esos regionalismos en la lengua escrita y en la oral, propia de los discursos y lecturas, con mayor formalidad.

En la escrita, sin dudas, este uso tiene un destacado lugar en la literatura, en sus diversas manifestaciones. Pero también es legítimo su empleo en otros ámbitos escritos semiformales o formales. Un libro de cocina regional escribirá las recetas de comidas lugareñas con la mención de su nombre auténtico, sin buscar eufemismos o mejores formas de expresión.

En la radio y la televisión

Es increíble escuchar a locutores que se esmeran por pronunciar la "rr' vibrante, propia de los bonaerenses y de los sureños en general. Sin embargo, en demasiadas ocasiones se les escapan gruesos errores de dicción, gramaticales y sintácticos, sin ruborizarse. Amén de ello están, aunque sea inconscientemente, renegando de su identidad cultural y alejándose de los oyentes o televidentes salteños, quienes esperan escucharlos con su propia fonética y forma de hablar tan característica.

Días atrás felicité telefónicamente a la periodista Marcela Jesús, en su programa matutino de La Cigarra por hablar como hablamos todos los salteños. Ella ratificó su gusto por manifestarse en la forma genuina de expresarse propia de nuestro noroeste. Sería deseable que muchos locutores se “soltaran” y la imitaran. Más de un radioescucha o televidente se sentiría halagado al escucharlos hablar como todos.

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