Los changos la esperaban. Y ella no fallaba. A las cinco de la tarde aparecía en la esquina de la Deán Funes y se dirigía, con paso cansino pero resuelto, hacia la panadería de la otra cuadra. Inevitablemente debía pasar frente al grupo de ociosos que ya palpitaban, entre risitas, lo que vendría. Ella ni los miraba. Como si no existiesen.
Era una mujer de unos sesenta años de edad, todavía erguida y bien vestida. Usaba un sombrerito con tul que le llegaba hasta la nariz. De su hombro izquierdo llevaba colgada, con alguna dificultad, una cartera cuyo contenido parecía colmarla.
Cuando se hubo alejado unos diez metros del grupo, se iniciaba el coro:
-­Eh, Vieja Carterita! ¿Qué llevás ahí? ¿Vas a robarte más dulces de la panadería? ¿Adónde vas Vieja Carterita?
Y siempre sucedía lo mismo: la mujer detenía sus pasos; se volvía hacia los muchachos con un gesto que pretendía ser una sonrisa (pero que era, más bien, una mueca de rabia), y velozmente introducía la mano en su cartera y la retiraba con una piedra, y otra, y otra, que arrojaba contra aquellos. Por más que la reacción de la mujer era conocida, por lo reiterada a diario, los buscadores de pleitos no la sacaban barata: más de uno de ellos acababa con un chichón en la testa o con una magulladura en otra parte del cuerpo.
Un día los changos la esperaron inútilmente. La Vieja Carterita había emigrado. Y sus cotidianos agresores se pasaron durante meses, en vano, buscando a quien jorobar la paciencia.
La Pulga
La Pulga, o exactamente la Pulga Ensillada, era una buena señora muy bajita y bastante cascarrabias, que vivía solita su alma en un pequeño chalet en la avenida Uruguay, al pie del cerro, como se dice.
Le decían la Pulga porque caminaba a los saltitos. El adjetivo no era antojadizo: la buena señora, mientras caminaba, a los saltitos, como se dijo, y siempre apurada, movía los brazos como si quisiera sacarse algo de encima, qué se yo, un tapado, una mañanita, un saco.
-Parece que va ensillada, comentó una vecina.
Como la Pulga era quisquillosa en extremo, más valía que no la escuchase, pues iba a arder Troya.
Pero era así. Parecía eso que le decían.
Hasta que un día desapareció del barrio.
-Bueno, dijo otra vecina, parece que desensillo y se fue.

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avalos lerma
avalos lerma · Hace 8 meses

dejen de romper las bolas con esa mierda de lan hdmp ya cansan boludos!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Walter LUNA
Walter LUNA · Hace 8 meses

Me trajeron recuerdos de mi niñez. La conocí a la Vieja Carterita. Yo vivía en 12 de Octubre al 600, entre Mitre y Balcarce. Y la esperábamos para gritarle ¡¡vieja carterita!!. Su reacción diaria era apedrearnos con decenas de piedras que tenía en una gran cartera negra. Cuando no le gritábamos, pasaba tres, cuatro veces hasta cumplía con su diario cometido de apedrearnos y nosotros, con el de satisfacer sus veleidades de lanzadora de piedras, que alguna vez impactara en la cabeza de un chico y hubo que hacerlo curar. La policía nunca recibió demanda alguna de la "Vieja Carterita" ni de nosotros. Gracias por el recuerdo, Lucas.


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