Cuesta imaginar lo que pensarían los congresales de Tucumán al momento de declarar la independencia de las "Provincias Unidas en Sud América", hace hoy doscientos años.
Aquellos 29 diputados, que representaban apenas a 11 provincias del antiguo virreinato, tomaron la representación de toda América del Sur y declararon la "voluntad unánime e indubitable de estas Provincias de romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España".
Pero, ¿sabrían lo que significaba la independencia?
En realidad en aquella fecha lo único en que coincidieron fue en la voluntad de ser una nación, pero todo lo demás, desde la estrategia para llevar adelante la guerra hasta la forma de gobierno eran temas sobre los cuales no había mayores consensos.
Es probable que amaran a la patria hasta el límite del sacrificio personal, pero esa patria era solo un proyecto, pura potencia, deseo, ilusión, sueño, quimera, utopía o como quiera llamárselo; no existía más que en su imaginación pero tenía una fuerza irresistible.
Esa independencia hubo que defenderla con las armas, y las Provincias Unidas estuvieron a la altura de tan alta responsabilidad enviando sus ejércitos a Chile y al Perú y peleando luego por la recuperación de la Banda Oriental.

Guerra y búsqueda de concordia

La guerra significó un sinfín de esfuerzos y sacrificios y estuvo signada por un conjunto de acciones heroicas que conforman un pasado de glorias que todos reconocemos como lo más puro de nuestra identidad.
Pero todos esos desvelos no alcanzaron para asegurar la concordia entre las provincias. Buenos Aires heredó de España la tendencia al dominio de todo el territorio rioplatense, en virtud de haber sido la capital del virreinato, de poseer el único puerto de ultramar y, gracias a ello, de gozar de mayores rentas que el resto de la Unión.
Esto llevó a un largo período de guerras civiles e intentos fallidos de organizar la república, la más importante de las cuales fue el largo gobierno autoritario - paternalista de Rosas, que mediante una suma de medidas proteccionistas y acciones militares, logró que la unión se mantuviera a pesar de las fuerzas centrífugas existentes en el Norte y, sobre todo, en el Litoral.
Así, no debe extrañarnos que, cuando a la caída del Restaurador los constituyentes, que convocados por Urquiza elaboraron la Constitución, colocaran en el preámbulo los objetivos de "constituir la unión nacional" y "consolidar la paz interior".
Esa constitución (que con modificaciones menores es la que aún nos rige), recién fue firmada por Buenos Aires diez años después y a partir de allí fue posible dedicarse a la tarea de construir una nación, es decir de aplicar "in totum" la Constitución estableciendo los poderes públicos, organizando la administración de justicia, creando un orden rentístico, impulsando un modelo económico, implantando un sistema educativo, construyendo las redes ferroviarias, formando fuerzas armadas modernas y profesionales y creando condiciones para que se instalaran en el país todos los hombres del mundo que quisieran habitarlo.

Intelectuales comprometidos

Contó para ello con un grupo de intelectuales que tenían la sana costumbre de pensar el país con verdadera pasión y que no le hicieron ascos a tomar la espada o a desempeñar cargos públicos para poner en práctica sus ideas.
Entre ellos es imposible dejar de nombrar a Juan Bautista Alberdi, cuyos escritos fueron centrales no sólo para el desarrollo de la inmigración sino también para la organización constitucional, jurídica y rentística del país; Domingo Faustino Sarmiento, quien con su impulso a la educación común laica, gratuita y obligatoria echó las bases de una población alfabetizada y por lo tanto con inquietudes culturales que antes estaban limitadas a una minoría; Julio A. Roca, a quien debemos la conclusión, como militar o como presidente, de la ocupación del territorio nacional, y muchos otros personajes que con el pensamiento y con la acción lograron configurar un país moderno en lo institucional y eficiente en lo económico.
Fue entonces que se empezó a sentir la presión por otros objetivos: la participación política y la equidad social, los que fueron enfrentados con resultados diversos: para el radicalismo el sufragio fue un signo de identidad por el que se luchó durante un cuarto de siglo hasta que en 1912 tuvimos la ley de sufragio universal, secreto y obligatorio, mientras que en el plano social, en 1905 el Dr. Juan Bialet Massé elaboró un exhaustivo informe sobre el estado de las clases obreras en la Argentina, por encargo del ministro Joaquín V. González, de donde nació la propuesta de un código de trabajo que no recibió la aprobación parlamentaria. En ese mismo año, Alfredo Palacios fue elegido diputado nacional por el socialismo, mostrando la fuerza que había alcanzado aquel partido que reivindicaba los derechos de los trabajadores.
Buena parte de las propuestas de aquel código y de las leyes que sin éxito propuso aquel diputado, recién fueron consagradas por iniciativa del coronel Perón, durante el gobierno militar de 1943/46.
A diferencia del siglo anterior, durante el siglo XX se enfrentaron ideologías y modelos de país diferentes que, al igual que en el Hemisferio Norte, resultaron inconciliables.
El voto secreto, que se había alcanzado tras tantos trabajos y sacrificios, fue sistemáticamente violado, ya sea por medio del fraude o por medio de golpes de Estado encabezados por militares, pero siempre con mayor o menor apoyo y consenso de la sociedad civil.
La justicia social alcanzó su más alta expresión durante el gobierno peronista, pero no se pudo sostener como un valor indiscutido y las promesas de erradicar el hambre y la pobreza en nuestro país no han pasado de ser bellas expresiones de deseos.
Tuvimos, ciertamente, intelectuales que pensaron en un nuevo país, pero lo que resultó imposible fue definir políticas de estado que identificaran los consensos permanentes de una nación. Para peor, los gobiernos militares, especialmente la llamada revolución libertadora y el autodenominado proceso de reorganización nacional, llegaron con la espada desenvainada y una exaltación mesiánica, dispuestos a destruir mediante persecuciones, prohibiciones, cárceles, fusilamientos y asesinatos, a un pasado al cual atribuían todos los males de la patria.
La última dictadura militar llegó al paroxismo de lo irracional al involucrar al país en una guerra, acaso por una causa justa pero inadmisible por los medios empleados y perdida desde antes de su inicio. El costo fue de seiscientos cincuenta muertos, pérdidas económicas incalculables y un desprestigio diplomático sin retorno. Pero esto no hubiera sido más que otro de los crímenes de la dictadura si no fuera porque la mayoría de la población apoyó entusiastamente la guerra de una forma pueril e irresponsable, como si los años en que se nos había prohibido pensar hubieran logrado su objetivo paralizando la capacidad crítica y los sentimientos humanitarios de un pueblo tradicionalmente pacífico. Afortunadamente, la derrota apresuró la retirada de los militares y un año después de la guerra volvimos a la senda democrática de la que nunca deberíamos habernos apartado. Nuevos y complejos problemas se ofrecieron a los gobernantes elegidos por el pueblo, pero nunca más hemos vuelto a resolver nuestras diferencias por medio de las armas.

Logros y fracasos

En un marco inestable, es comprensible que decenas de planes económicos hayan fracasado o sido abortados, y el desarrollo y la consolidación de una economía moderna y competitiva continúe siendo una asignatura pendiente.
Sin embargo, durante un siglo tan azaroso, el país tuvo recursos humanos valiosos, formados en nuestras escuelas y universidades y contamos con intelectuales, artistas, científicos, deportistas, emprendedores, periodistas, y millones de trabajadores de todas las ramas, honestos, virtuosos, sacrificados y patriotas que conforman el principal capital de la nación. Tal vez si miráramos más a esos argentinos y no tanto a la banda de crápulas, vivillos y viciosos que nos muestran habitualmente los noticieros de televisión, caeríamos en la cuenta de que el balance de estos dos siglos no resulta una frustración. Que aún somos esa tierra de promisión plena de posibilidades a realizarse que en su momento atrajo a muchos de nuestros abuelos, y que si le sumáramos a las virtudes personales el plus de amor a la Patria que necesita todo proyecto de Nación, estaríamos más cerca de esa utopía con que soñaron los congresales de Tucumán.

¿Qué te pareció esta noticia?

Comentá esta noticia


Álvaro Figueroa
Álvaro Figueroa · Hace 4 meses

Excelente.