La inseguridad es la mayor preocupación de los argentinos, especialmente entre los sectores de menores ingresos.
Según la visión autodenominada "progresista", la inseguridad es una sensación; hasta el 10 de diciembre, esa corriente del pensamiento "sensacionista" sostenía que la inflación también era un espejismo.
La figura más notoria de esta interpretación de la realidad es el exjuez Raúl Zaffaroni, quien hace un par de años, en Salta, esbozó la teoría de que la sensación de inseguridad nace de la repetición de las noticias sobre crímenes a través de los medios. Cuando se le repreguntó si les diría lo mismo a las Madres del Paco y a las familias de hogares humildes que sienten la inseguridad sin necesidad de ver televisión, respondió que "habría que hacer un estudio sociológico". En fin, la gente es tonta y los medios le hacen creer cualquier cosa.
El caso de Lino Villar Cataldo, el médico que mató a Ricardo "Nunu" Krabler, un ladrón que lo golpeó y lo atropelló con su propio auto, ofrece un aporte para ese estudio que Zaffaroni cree conveniente.
El hermano de "Nunu", en un mensaje publicado en Facebook que lleva el seudónimo "Druu de Lyberta", reflexiona y amenaza: "Cuántas cagadas te mandaste y nunca te dejamos tirado y ahora menos. No vamos a parar hasta que este gil la pague, te juro, hermano", escribió.
El aporte de Druu de Lyberta al pensamiento progresista es apasionante. No explica por qué "Nunu" tenía derecho a andar robando y golpeando en lugar de trabajar decentemente como lo hacen millones de personas tanto o más pobres que él.
La malversación que hace el progresismo de las visiones críticas del sistema, tales como las del marxismo histórico, el socialismo utópico, el pensamiento de Nietszche y de Michel Foucault, por citar algunos, termina convirtiéndose en una paradoja, porque alimenta al monstruo reaccionario. Por una parte, Zaffaroni y sus acólitos criminalizan con sus teorías, como nadie, a la pobreza. Quien conoce la pobreza por dentro sabe que es absolutamente injusto asociarla con el delito. Es cierto, sí, que quien por razones educativas o económicas es condenado a la marginalidad no está contenido por la sociedad ni por sus leyes. Pero las reflexiones de Druu acerca de la muerte de Nunu son más elocuentes que los tratados abolicionistas de Zaffaroni. Un hombre de 25 años tiene derecho a asaltar y golpear a un médico que entra a su consultorio y, si le sale mal, como ocurrió, debe ser vengado.
El palabrerío populista no incrementa la seguridad. Por el contrario, con la teoría de que la inseguridad es una sensación, trasladaron la Gendarmería al conurbano bonaerense para crear la "sensación de seguridad". Es decir, dejaron la frontera a merced de los narcos. La practicidad de Druu de Lyberta, en cambio, es asombrosa. Declara una guerra tácita y alimenta los instintos reaccionarios, mucho más difundidos que la visión humanista. Él hermano del asaltante muerto pone el dedo en la llaga de una sociedad que no aborda sus problemas de fondo. Cuando la ideología se antepone a la realidad produce el efecto contrario. Un ejemplo: la legitimación del criminal produjo el absurdo de incorporar a Sergio Schoklender a la causa de las Madres de Plaza de Mayo. El pensamiento frívolo nunca resulta gratuito.

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