EI, síntesis de Bin Laden y Hussein

Pascual Albanese

EI, síntesis de Bin Laden y Hussein

Los servicios de inteligencia occidentales suelen vivir en la penumbra cuando tienen que penetrar en culturas que le son ajenas. En el Vaticano todavía se recuerdan los diálogos que sostenían con los emisarios de la CIA en la década del 80, cuando comenzaba la descomposición del bloque soviético, los que revelaban cómo el extraordinario caudal de información acumulado por los agentes estadounidenses y su avanzada tecnología de las comunicaciones contrastaba con su dificultad para prever el rumbo de los acontecimientos. "Sabían todo y no entendían nada", comentaban los cardenales de la Curia romana, que carecían de los satélites de la NASA pero conocían el alma de los pueblos del Este europeo y podían encontrar el sentido a una multiplicidad de datos que en Washington eran jeroglíficos. Ese mismo contraste, corregido y aumentado, limitó su percepción de la expansión del terrorismo islámico y de la proclamación del ISIS en junio de 2014.
Esta ignorancia cultural, que a partir de 2003 signó los pasos de la intervención norteamericana en Irak, impidió visualizar cómo el nacimiento del Califato Islámico fue la consecuencia de una convergencia, registrada tras el derrocamiento de Saddam Hussein, entre la resistencia de los dirigentes del antiguo régimen del Partido Baath y la acción de los milicianos de Al Quaeda provenientes de los campos de entrenamiento de Afganistán y Pakistán.
Abu Barkr al-Baghdadi, líder del ISIS, es un iraquí doctorado en estudios islámicos en la Universidad de Bagdad y fue subordinado de Abu Musab al-
Zarqawi, un jordano entrenado por Bin Laden en Afganistán que lideró una organización de la resistencia islámica contra la ocupación estadounidense, formada por voluntarios extranjeros, que se fusionó con otros grupos locales. A uno de esos grupos pertenecía al-Baghdadi.
Caído al-Zarqawi en combate en 2010, al-Baghdadi asumió la jefatura de la organización, que sufrió un proceso de "iraquización" que lo alejó del "internacionalismo islámico" preconizado por Al-Qaeda. Al-Baghdadi territorializó el planteo estratégico de Bin Laden. La restauración del Califato dejó de ser un punto de llegada lejano en el tiempo para erigirse en el punto de partida: aquí y ahora, en Irak y Siria.
Durante una temporada en la cárcel, de la que salió porque los estadounidenses estaban lejos de conocer la identidad del detenido, al-Baghdadi trabó relación con jerarcas del Baath y oficiales del Ejército iraquí, que pertenecían a la organización de resistencia encabezada por Izzat Ibrahim al- Duri, el segundo de Hussein, quien había asumido el liderazgo del Baath luego del apresamiento de su jefe. Este vínculo dio origen a una acción conjunta.
El laberinto islámico
El misterio que la inteligencia estadounidense tardó en develar es cómo los herederos de Hussein pudieron cerrar filas con los acólitos de Bin Laden. El Partido Baath apareció en la década del 40 como un movimiento nacionalista panárabe, con una ideología laicista, opuesta al fanatismo religioso. Sus bastiones originarios fueron Siria e Irak. En Siria el Baath tomó el poder en 1963 y entronizó al régimen de Háfez al-Assad, padre del actual presidente Bashar al-Ássad. En Irak lo hizo en 1968 y encumbró a Hussein. Pero Assad y Hussein rompieron relaciones en 1980 y desde entonces ambas ramas del partido quedaron enfrentadas irreconciliablemente.
Más allá de su disputa por el liderazgo, Assad y Hussein gobernaron en condiciones muy distintas. Ambos pertenecían a sendas minorías religiosas, pero Assad pertenecía a la secta alawita (un grupo extremadamente minoritario del Islam, aliado a los musulmanes chiítas) en un país con mayoría de musulmanes sunitas y Hussein era precisamente sunita en un país con mayoría chiíta.
El enfrentamiento se agravó con la revolución iraní de 1979: el alawita Assad se convirtió en aliado del régimen chiíta de Teherán y el sunita Hussein en su archienemigo. Entre 1980 y 1988, Irak e Irán libraron una guerra que dejó millones de muertos. Assad no ocultó su simpatía por Teherán. Tampoco en 1990, en la primera Guerra del Golfo, desencadenada por la invasión iraquí a Kuwait, ni en la intervención estadounidense de 2003, Siria tuvo algún gesto de solidaridad con su vecino árabe. La caída de Hussein fue vivida en Damasco como una bendición celestial.
Mientras, la derrota militar de 1990 y las consecuencias del bloqueo internacional que desquició la economía iraquí movió a Hussein a flexibilizar la ideología laicista del régimen y emplear una retórica islámica para aplacar el descontento de la población. Esa "islamización" táctica del Baath se fortaleció tras la caída de Hussein, cuando la resistencia nacionalista se vio ante la necesidad de retener el apoyo de la minoría sunita, discriminada por el gobierno de coalición con mayoría chiita que asumió el poder en Bagdad.
Al mismo tiempo que al-Baghdadi y los acólitos de Al Qaeda experimentaban su proceso de "iraquización", los antiguos partidarios de Hussein profundizaron su "islamización". La confluencia iniciada en las cárceles estadounidenses se forjó entonces contra tres enemigos comunes: las potencias occidentales que ocupaban Irak, el régimen alawita de Assad en Siria y el gobierno chiíta impuesto en Bagdad con el apoyo de Estados Unidos e Irán.
Una profecía autocumplida
El protagonismo de Al Duri en las orígenes del ISIS fue reconocido en junio de 2014 por Ragdah Saddam Hussein, hija del ex mandatario iraquí. Desde su exilio en Jordania, al referirse a los avances del ISIS en Irak, declaró que "estas victorias son las de los combatientes de mi padre y mi tío, Izzat al-
Duri". Simultáneamente, un artículo del New York Times recogía palabras del embajador norteamericano en Irak, quien en una reunión con el primer ministro iraquí Nouri al- Maliki calificó de una "pérdida de tiempo" a los planes conspirativos de los partidarios de Hussein contra el Gobierno de Bagdad.

La revista alemana Der Spiegel difundió una nota de Christoph Reuter, que reveló la existencia de un anteproyecto de creación de un califato en Siria e Irak, que había sido elaborado por Haji Bakr, un reputado coronel de Inteligencia del Ejército iraquí, que imaginó la posibilidad de capitalizar la rebelión de la mayoría sunita contra el régimen de Assad. Según Reuter, "era un plan para un Estado de Inteligencia Islámico, un califato dirigido por una organización que evocaba a la Stassi", en alusión al antiguo servicio de inteligencia de Alemania Oriental.
Alrededor del califa Ibrahim, nombre adoptado por al-Baghdadi, se mueve una cúpula integrada mayoritariamente por iraquíes vinculados al régimen del Baath. Abu Muslim al-Turkmani, ex miembro de las fuerzas especiales de Hussein, y el general iraquí Abu Ali al-Anbari son sus dos máximos lugartenientes. Turkmani dirige el Consejo Provincial y las actividades del EI en Irak. Al- Anbari controla la actividad en Siria y es el responsable de inteligencia de la organización. Abu Ayman al-Iraqui y Abu Ahnmed al-Alulani, dos ex oficiales del Ejército iraquí, son los hombres fuertes del Consejo Militar del EI.
Abu Hamza, un ex miembro del EI, confirmó al Washington Post que "todos los que toman las decisiones son iraquíes y la mayoría son ex oficiales de Saddam Hussein". Pero no se trata de un cogobierno: así como en 2010 la muerte de al-Zarquawi le había permitió a al-Baghdadi colocar bajo su mando a las milicias de Al Qaeda, la caída de al-Duri, abatido por soldados estadounidenses en 2015, le posibilitó al Califa afianzar su autoridad y disciplinar a los partidarios de Hussein.
Cuando en 2003 George W. Bush ordenó la invasión a Irak, argumentó que Hussein era un aliado de Bin Laden. Esa afirmación resultó ser absolutamente falsa. Pero diez años después, y como consecuencia de aquella intervención militar, los herederos de ambos convergieron en la creación del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, por sus iniciales en inglés). Lo que se dice la historia de una profecía auto-cumplida.


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