No le decían nada. Los changos lo veían pasar sin un chistido, y eso que a más de uno de ellos les estaban ganando las ganas de ensayar alguna frase disparatada. Y mejor si era de burla y hasta ofensiva.
El hombre ni los miraba, pero sabían, o intuían, que lo que le dijesen no tendría efecto en él. Ya una vez uno de la barra había advertido, en voz alta, para que el hombre oyese: -­Ojo, rajemos! ­Que va a explotar!
El hombre había seguido su camino, sin volver la vista, al parecer sin darse por enterado.
Impertérrito, continuaba su paseo y, unos pasos más adelante, introducía una de sus manos en la bolsita verde, que llevaba colgada de su cinturón, y sacaba un puñado de su contenido, que llevaba a su boca.
-­Miren cómo los mastica! ­Y eso que son Puta Parió (o PP, para los delicados)!, comentó uno de los muchachos.
-­Debe tener la panza forrada con plomo para aguantar eso! ­Y la boca con amianto!, anotó otro.
El hombre tenía el pelo cortado casi al ras. Su cara parecía de fuego, y contrastaba con la palidez de sus brazos. Los ojos llorosos. Solo las orejas hacían juego con su rostro.
Nadie sabía su nombre. Ni quién era. Lo conocían como el Come Fuego.
-Seguro que lo que defeca son brasas, dijo un vecino, intentando ser gracioso.
Era petisón, fornido, y caminaba a buen paso, sin dejar un instante de masticar la fuerte variedad de pimiento. Pasaba todos los mediodías por la cuadra, siempre comiendo ají, a boca llena.
Las chicas se decían las unas a las otras: -­No se le acerquen! Miren si se le da por piropearlas, ­las quema! ­Las achicharra con el aliento!
Con la cara como pintada de color rojo subido, sudada, y acezando como si estuviese subiendo, al trote, el San Bernardo, el hombre parecía tener solo dos actividades: caminar y masticar ajíes.
¿Quién era, cómo se llamaba, de dónde venía, hacia dónde iba? ¿Masticar y comer ajíes Puta Parió, y caminar de prisa, era todo lo que se conocía de él? Doña Eduviges Elizabide, en un rapto de inspiración lírica, o lo que fuera, había aventurado que el hombre era una versión antojadiza del "judío errante". Un ave de paso, había dicho. El hombre iba, ¿hacia qué lugar? Venía, sí, ¿pero de qué sitio?
El asunto era que "el come fuego" tenía a todo el barrio interesado en él.
¿Solo se alimenta con ají?
Las preguntas
Más de una vecina había intentado averiguar quién era, dónde vivía. Todo en vano. Un misterio.
Alguna vez los changos lo habían seguido, de pura ociosidad, nomás. Y volvieron con la cola entre las piernas.
-­Se nos hizo humo! Lo perdimos de vista, y eso que solamente éramos él y nosotros, que íbamos treinta metros atrás. Cerca de la Zabala se nos hizo repeluz.­Un misterio, che!
En el barrio se lo vio por última vez después que un grupito de chiquilinas, para congraciarse con él, o vaya uno a saber con qué propósito, aprovechando que se había detenido para encender un cigarrillo, se le acercó y le ofreció un puñado de caramelos ajíes.
El Come Fuego, con la cara más encendida que nunca, las asustó con solo mirarlas. Y se alejó como si lo atacaran avispas.
-Claro, comentó luego doña Eduviges, chinitas atrevidas. ­Lo ofendieron!

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Sección Editorial

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Vicente Leo
Vicente Leo · Hace 8 meses

¿ Y la historia del heladero "Mortadela", para cuándo ?


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