Al parecer, en Salta no solo los perros de las iglesias fueron víctimas de azotainas. Ahora pasa algo parecido con los que asisten a otras ceremonias realizadas a cielo abierto.
El año pasado, en un pueblo del Valle de Lerma, un hombre sureño aquerenciado por estos pagos desde hace poco concurrió a la plaza principal de la localidad para mosquetear la ahora tan difundida ceremonia de la ofrenda a la Pachamama.
Y llegó al lugar en compañía de su perro llamado justamente Cusiya. Es que a los sureños recién llegados se les da por bautizar a sus mascotas con palabras de aquí.
Así, el "caschi" de un porteño puede llamarse socotroco, sorongo, rococó, cuchi, porongo o cusiya, como en este caso.
El hecho fue que amo y Cusiya llegaron al borde del pozo de la Pachamama, donde un maestro de ceremonia o chamán, arrodillado al filo del pozo, arrojaba hojas de coca, alcohol y cigarrillos.
De pronto, una mujer se acercó con una humeante olla y vertió su contenido en el agujero (era un guiso pulsudo con unos buenos trozos de carne), bajo la atenta mirada de Cusiya que sin disimulo hacía secas por doquier.
El chamán comenzó a quemar unos yuyos, mientras en medio de una densa humareda inició el oratorio diciendo en voz alta una palabra equiparable a nuestro aleluya: "Cusiya, cusiya, cusiya...".
Pero Cusiya, el perro, que inmóvil observaba los movimientos que ocurrían alrededor del agujero olor a puchero, no dudó ni un instante y rápidamente acudió al llamado del chamán.
Y convencido de que lo invitaban al banquete, enfiló sin dudar hacia el humeante orificio para, rápido como un rayo, precipitarse sobre la carne ofrendada.
Con harta confianza, tomó el primer trozo que encontró y de inmediato regresó hasta los pies de su amo.
Pero la reacción de los creyentes de la Pachamama no se hizo esperar. Primero se escucharon los clásicos epítetos que la gente indignada emite cuando quiere echar estos animales de un lugar: "­Juira, juira, perro!". Y a poco, arremetieron contra Cusiya a patadas limpias. Y como el porteño lo protegió, sobrevino entonces el tumulto y tras ello una pechadera entre los que querían escarmentar al caschi y sus espontáneos defensores.
Y mientras la gente y el chamán protestaban alrededor de Cusiya perro, otros canes, incitados por el fragante y convocante olor a puchero, aprovecharon la oportunidad y, sin más vueltas, arremetieron sobre el humeante orificio para llevarse la parte más carnosa de la ofrenda.
Cuando los chamanes cayeron en cuenta del asalto, dejaron a Cusiya perro y fueron tras los otros descuidistas, que en el acto se hicieron repeluz.
De más está decir que todo terminó de la peor forma, pero los organizadores aprendieron: "El año que viene -dijeron- contrataremos alguien para evitar que los perros asalten el "aujero'' de la Pachamama".
Quizá, como decía Juan Carlos Dávalos, deban conseguir algún "opaperrero" para agosto del año que viene.

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gio vergara
gio vergara · Hace 2 meses

jajaja se ve que estás al pedo hermano (igual que yo)


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