El tiempo dirá si en el escándalo del jueves pasado, entre la Plaza de Mayo y el Congreso, sacó ventaja el kirchnerismo o si solo sirvió para profundizar la agonía de un régimen que se pretende revolucionario pero que solo generó atraso, pobreza y corrupción.
Hebe de Bonafini, que desde hace 35 años se presenta como figura central de las instituciones defensoras de los derechos humanos, quedó en realidad encolumnada hasta la obsecuencia con Néstor y Cristina Kirchner; con una imagen de intransigencia y de posiciones irreductibles, mostró una flaqueza notable: se jactó de no temer a la posibilidad de ir presa, mientras sus abogados gestionaban la eximición de prisión.
Es más que probable que el juez no haya pensado nunca en detenerla; las bibliotecas jurídicas dan para todo y mucho más para encontrar una solución aceptable para una mujer mayor de edad.
Sería importante saber por qué razón se eligió el emblemático día jueves para exigir su comparencia por la fuerza pública. Era previsible que la rodearían centenares de personas y que la Policía evitaría el riesgo de un espectáculo violento transmitido, prácticamente, por cadena nacional.
Bonafini es una figura conocida internacionalmente por su participación en la búsqueda de los desaparecidos durante la dictadura. Los incidentes del jueves y viernes la mostraron en rebeldía ante un juez, en una causa por corrupción, en la que están involucrados los hermanos Schoklender, dos condenados por parricidio; acompañada de Amado Boudou, también conocido en el mundo por su condición de exvicepresidente multiprocesado; por Luis D''Elía y el diputado Andrés Larroque, dos de los imputados por Alberto Nisman en la denuncia que terminó con la extraña muerte del fiscal, nunca esclarecida; por Oscar Parrilli, ex jefe de los servicios de inteligencia y mencionado también en la denuncia contra el pacto con Irán.
Esa solidaridad, probablemente, haya generado sensaciones negativas en una opinión púbica que sigue responsabilizando a esos personajes por los graves problemas económicos que padece el país en estos momentos.
En este contexto, decir quién salió ganando es futurología. Algo se podrá evaluar cuando sea citada a declarar la expresidenta. En cambio, señalar que la democracia y la justicia perdieron terreno no tiene nada de aventurado.
El mismo día de los incidentes, el juez federal Daniel Rafecas se negó a reabrir la investigación por la denuncia de Nisman, solicitada por la Amia, agregando desprestigio a una Justicia que no solo clausuró con artimañas esa investigación, sino que ni siquiera se ha pronunciado sobre si el fiscal que apareció muerto hace 18 meses fue asesinado, como lo dio a entender la expresidenta en un mensaje en cadena nacional, o se suicidó.
Ese contexto encontró a Hebe de Bonafini en el centro de una escena, sórdida.
Más allá de sus méritos, que los tiene, sus exabruptos siempre la colocaron muy lejos de la simpatía popular.
No dudó, por ejemplo, en elogiar a los crímenes del terrorismo teocrático, de la ETA y de las FARC, y celebró las miles de muertes en el atentado contra las Torres Gemelas. Sus actitudes autoritarias la enfrentaron sistemáticamente con otras organizaciones humanitarias y produjeron la fractura en la organización de las Madres.
Bonafini subordinó la lucha de los derechos humanos al liderazgo del matrimonio Kirchner al que ayudó a construir una supuesta historia de izquierda y de resistencia a la dictadura que nunca existió.
Lo que hoy se llama "la grieta" es la expresión de una fractura entre quienes entienden la democracia en términos de representación republicana y los que, como ocurre con el kirchnerismo, apoyan una democracia delegativa, con un liderazgo que está por encima de las leyes.
Es probable que hoy esté prevaleciendo la primera acepción, pero la cultura autoritaria y populista, que está muy extendida en el país, tardará décadas en evolucionar.


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