Doscientos años de independencia "de todo poder externo", jurados un 9 de Julio de 1816, son mucho más que el cumplimiento de un acto o el cumpleaños del comienzo de una ilusión de ser un país libre de toda dominación. Es también el deseo de un pueblo de seguir un camino de crecimiento, legalidad y, porque no decirlo, de esperanza también ¿Esperanza de que?
En primer lugar, de tener autonomía moral política.
Es este un proceso del que todos somos absolutamente responsables de elegir moralmente y políticamente, la ruta que queremos para nuestro país, que puede ser correcta o no, pero siempre libre.
Un elemento constitutivo de la esperanza es la convicción de que el advenimiento del futuro depende del actuar humano, de la acción del ciudadano convencido de sus deberes y sus derechos, en un sistema que vea al "otro" no como un enemigo al que hay que destruir para cumplir con nuestros deseos políticos, sino a un "adversario" con el que habrá de "acordar en desacordar" en beneficio de todos. Si se vuelve la espalda a esta convicción, la esperanza solo llegará a ser una entidad falsificada, una irrealidad denominada "utopía" (sin lugar posible) y una "ucronía" (sin tiempo posible). Analizado el tema de nuestro futuro país, la esperanza es el armazón de la existencia del ser humano en el tiempo. La segunda razón para su concreción es el optimismo, la creencia en que lograremos que nuestra ilusión suceda. No hay esperanza sin optimismo. Esperar con esperanza, trabajar para que lo que pretendemos suceda y creer en que sucederá es el trípode inicial de esta reflexión que busca un país mejor para todos. En el verdadero optimismo, uno abierto hacia el futuro, está nuestra solución como ciudadanos libres y capaces de emitir juicios de valor acerca de nuestros deseos y nuestro destino.
Esta nueva dimensión de la política, la recuperación de la esperanza, nos muestra una nueva visión sustantiva y una reivindicación de aquella como parte indivisible de nuestro ser nacional. A partir de esta visión autonómica de partidismos y lecturas parcializadas se debe dar necesariamente una recuperación de la fe en política, una estrecha relación entre ética y política y la cristalización de la perdida esperanza en el campo de lo político y la política nacional, que vuelve a renacer para bien de la Nación y sus habitantes.
Hoy el protagonista es la esperanza y la debemos cuidar como un bien que debe ser preservado de la depredación a la que aspiran todavía muchos políticos descalificados de nuestro país por la vía del voto libre y responsable.
Fuera de nuestra "mismidad" como ciudadanos, no hay posibilidad para Argentina, porque lo que vemos fuera de esta concepción es corrupción, mentira, deslealtad y engaño. Dentro de la esperanza, futuro, transparencia, un país de iguales, de competencias dignas y relación valiosa a la vez que armónica entre los que gobiernan y los gobernados.
Y para ello se requiere, en la opinión de Gabriel Marcel, de al menos cuatro condiciones: paciencia, disponibilidad, cautividad y carácter profético.
Paciencia , porque solamente el esperanzado sabe dar valor al tiempo de su prueba. Disponibilidad, porque el esperanzado se halla abierto a la trascendencia que su propia fe le da. Cautividad, porque solamente quien se siente cautivo en esta vida o este sufrimiento por tener una mejor existencia política nacional, podrá acceder a una plenitud superadora.
Finalmente, carácter profético tiene la esperanza cuando toma conciencia de que ella misma no es lo que debería ser, sino lo que deberá ser y que ello no depende de nosotros.
Esto es, en esencia, esperar con esperanza en la política futura para nuestro país.
Es función de todos, pues, mantener la forma participativa de gobierno y considerar al individuo común - y en esto radica el valor de la ética en política- como una verdadera persona humana, el real agente moral y propio legislador de su vida en el sentido kantiano del término.
Ya hemos superado ampliamente en Argentina la época de los mesianismos y elitismos en política, traducidos en la práctica por los gobiernos autoritarios y los pretendidos "salvadores de la Patria" que asolaron con golpes y disrupciones a Argentina. Nuestro país requiere líderes maduros y preparados para gobernar que, además, se dediquen a formar los dirigentes del futuro en forma sólida y permanente.
Todo hombre es un fin en sí mismo, además de un sujeto autónomo y capaz de generar juicios de valor que le atañen en forma personal y social. Etica en política debería ser, a mi entender, acordar en desacordar, estar de acuerdo en no estar de acuerdo, lo que es sinónimo de gobernar para todos.
Y esto, justamente, es lo que ha venido sucediendo en nuestro país desde ya hace varios meses y ha generado, a mi entender, la aparición de una nueva palabra en política, que es la esperanza.
Esperemos, pues, que este Bicentenario traiga la mesura y la tranquilidad necesaria para darnos cuenta de que, en política, sumar significa crecer como país y como ciudadanos, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo, pero mirando como prometedor y magnífico el porvenir que nos espera, después de doscientos años de desencuentros, dualidades y enfrentamiento que han restado tiempo a la esperanza.

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