Corría junio de 1965 cuando la familia de don Pedro Soruco, de villa San Antonio, comenzó a vivir una verdadera pesadilla. Era una fría noche de invierno, cuando los Soruco se despertaron sobresaltados por el ruido que hacían las piedras al caer sobre los techos de chapa de la humilde vivienda.
Era una verdadera lluvia. Pero el ruido no solo despertó a los Suruco, sino también a los vecinos más cercanos.
Y como la pedrea se prolongaba en el tiempo, la vecindad llegó pronto a la triste conclusión de que se trataba de un típico ataque del duende, mítico personaje que seguramente se refugiaba en una de las tantas higueras de la manzana.
Cuando los Soruco, que vivían en Ituzaingó al 1400, vieron que el ataque no paraba más, se presentaron en una comisaría e hicieron la denuncia.
Mientras tanto, en el vecindario crecía la idea de que los ataques era obra del duende. Y a poco, salieron a la palestra los infaltables "duendistas" de la época que sostenían que el petiso sombrerudo de la villa había abandonado el oscuro hueco de alguna higuera para tomarse revancha con los Soruco por alguna razón desconocida. Otro "duendista", experto en aparecidos, que decía ser chicoanisto, contó a El Tribuno que durante dos días había andado tras las pedradas, pero que al final, ya cansado, había llegado a la conclusión de que era un duende, nomás. Y más aún, había descubierto que el petiso apedreador era natal de la higuera de los Quiroga, otro vecino de villa San Antonio.
Y como con el correr de los días la fama del duende de villa San Antonio fue creciendo desmesuradamente, El Tribuno resolvió enviar a un periodista y a un fotógrafo al lugar de los hechos.
"Quisimos ver la realidad -dijo el enviado-, y con la policía montamos guardia durante dos noches -¡esos eran periodistas!- con sus respectivas madrugadas. Comprobamos entonces que las piedras caían permanentemente sobre los techos y el patio de los Soruco. Parecían llegar de todas partes y, para peor, en forma permanente. Durante 21 horas consecutivas el duende apedreó imperturbable. Y mientras nosotros observábamos la metralla, la policía patrullaba por todas partes sin poder descubrir nada. Lo único destacable de las dos noches de observación fue que el duende, a las 3 de la mañana, paraba el ataque pero, a las 6 en punto, de nuevo volvía a arrojar piedras, cuarterones y cascotes. Lo hizo con una saña verdaderamente infinita y cruel", concluye el primer informe periodístico.
Los daños
Otra nota de El Tribuno informó días después que "el techo de chapa de la cocina estaba tan destrozado, que los Soruco abandonaron esa dependencia. A un costado de la galería emplazaron cajones para evitar que las piedras entraran al interior de la vivienda. Los techos están tapizados de piedras, al igual que un pequeño patio y el fondo que más parecen una agresiva playa con peñascos".
"El pequeño jardín desapareció y todo está cubierto por elementos contundentes, mientras los frutales parecen haber sido aporreadas por una intensa granizada", continúa la nota.
"Lo peor es cuando alguno de los Soruco necesita ir al excusado que está al fondo, pues entonces debe calzarse un canasto en la cabeza para evitar mayores consecuencias. La policía está sorprendida -decía la crónica- y sin hacer otra cosa que vigilar el lugar; impotente de actuar, pues aún la Justicia no ha tomado el caso, lo que está mellando el ánimo de estos servidores".
"Por la noche, se puede ver que los haces de luz de las linternas policiales perforan las sombras y se desplazan por las copas de los árboles de la vecindad sin resultado alguno, pues al parecer este duende artillero no agrede ni ataca desde las alturas", concluía la noticia del diario.

Un tugurio vecino para provisiones

Cantina, prostíbulo y depósito de piedra bola para los duendes. Y cuando parecía que la paz de los techos había retornado a los Soruco, duendes suplentes tomaron la posta de la pedrea.
Ahora, apedreaban con más saña que nunca, tanto que la Justicia debió retomar la investigación para dar con los duendes remanentes. Así fue que la Policía allanó un tugurio lindera a los Soruco, El Castillito de Arena, una cantina clandestina donde se ejercía la prostitución.
Entonces se descubrió que El Castillito, además de tugurio, era un importante centro artillero de los duendes, dada la cantidad de piedra bola que la policía encontró en el lugar.
En otro allanamiento final, hecho de noche, se logró detener a más de 30 personas, muchas de ellas confabuladas en la pedrea contra los Soruco.
Finalmente, la investigación permitió saber que el ataque contra la familia se debía a que esta había denunciado, en junio de 1965, a los dueños de El Castillito de Arena por los escándalos y las peleas reiteradas. La investigación fue cerrada en febrero de 1966 y elevada a juicio varios meses después. En tanto, 15 “duendes” permanecieron bajo las “higueras” numeradas de la Central de Policía, en Güemes 750 de nuestra ciudad.

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Vicente Leo
Vicente Leo · Hace 8 meses

Lástima que en esta edición digital no figuren ciertos recuadros de la edición en papel. Aquí por ejemplo no se menciona al Juez Benedicto.


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