La premiada película "El ciudadano ilustre", de Duprat y Cohn, plantea la cuestión del "otro", en medio del desamparo de un espacio social y geográfico determinado: un pueblo del interior, no demasiado lejos de la ciudad de Buenos Aires, típico pueblo de hijos y nietos de inmigrantes, surgido como un sueño o una pesadilla en la llanura, sin historia, sin monumentos, sin asideros culturales, en medio de un paisaje plano de tapias y casas bajas, con huellas y callejones atravesados por rutinarios personajes y prepotentes camionetas.
La cuestión del "otro", del semejante, hermano y rival, en el espejo de lo imaginario, tema recurrente en la literatura argentina desde José Hernández a Borges, aparece en su dimensión mortífera y siniestra, anunciado en las líneas de una narración que evoca los cuentos "La intrusa", "El muerto", "Historia de Rosendo Juárez", "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz" o "El encuentro" de Borges, en los que uno es el otro y viceversa en una desatada contienda de puñales y enfrentamientos. El par, el amigo, aquel que compartió la adolescencia y la juventud muestra su faz vengativa y cruel.
Como en los cuentos borgianos, Daniel Montovani (Oscar Martínez), el talentoso y laureado escritor que huyó de su destino pueblerino -destino que cumplirá de alguna manera en sus ficciones o en una realidad limítrofe con la pesadilla y el sueño- regresará a su lugar de origen, a su aldea, donde se encontrará con el Daniel Montovani que fue y con los rostros de los otros, los que lo llevarán a revivir el pasado: Antonio (Dady Brieva), el psicópata que alardea de su poder y su machismo en un medio semibárbaro. Irene (Andrea Frigerio), la novia de la juventud, triste, aprisionada en la chatura y la rutina, en la amargura de un matrimonio sin amor.

Humor y sarcasmo

Desde un relato notable por su humor y sarcasmo al comienzo, el filme se carga luego de una atmósfera perturbadora y de pesadilla.
Una sociedad casi salvaje, sin ilustración, es el marco de relaciones crudas y primitivas. El amor y el espanto borgianos se reúnen en un fresco hiperbólico (tal vez la hipérbole, recurrente en la literatura latinoamericana, sea la figura más adecuada para mostrar las contradicciones de sociedades desmesuradas) que representa en gran medida a la Argentina.
El planteo del "otro" sin la mediación de la cultura y la ley se torna amenazante. La violencia real y simbólica, la violencia verbal y corporal, el uso de las armas, el deporte de la cacería como juego descarnado, el no cumplimiento de pactos sociales mínimos, la ausencia de una ley que pacifique, lleva a los personajes a cumplir el terrible mandato de la destrucción del otro que es la destrucción especular, en una dialéctica caníbal. Caín y Abel en el duelo primigenio, en el fratricidio original, en el espejo que hemos leído en "El poema conjetural" y en "El sur", también de Borges, son moneda corriente en la Argentina de hoy cuando escuchamos y vemos a periodistas que ejercen violencia verbal, que usan sin prudencia y sin respeto el lenguaje, y abundan en barbarismos, vulgarismos y solecismos, lo que muestra una total falta de respeto a ese bien común que es el idioma, además de un agravio a los receptores. Van en este sentido las actitudes de algunos conductores de televisión que consideran y dicen que la gobernadora de Buenos Aires es "una buena piba" haciendo alarde de llaneza, lunfardo o vaya a saber qué registro expresivo, Cuando apostrofan despectivamente a los habitantes de las villas de emergencia como a "negros de m."o cuando aluden con ofensivos calificativos a la ex presidenta.

Mucha torpeza

Esto es violencia verbal (desconsideración, mal gusto y torpeza), concomitante y funcional a la violencia cotidiana de asesinatos, violaciones, asalto a mano armada, robos, accidentes evitables, drogadicción, ajustes de cuentas y calamidades de todo tipo a causa de la caída de los límites.
Argumentar con falacias y sofismas, mentir es también violencia verbal y por lo tanto simbólica. Promover el descreimiento en las instituciones, mostrar imágenes de crímenes y abyecciones, hablar constantemente sobre estas lacras, es violencia.
Denostar al rival político como si fuera un enemigo, intentar destruirlo por todos los medios, inclusive la calumnia y la denuncia en serie, "matarlo" o "lincharlo" mediáticamente, intentar vencerlo de cualquier manera, no es un ejercicio democrático, es una lucha cuerpo a cuerpo con el "otro", donde está ausente la instancia conciliadora de la ley.

Perversión y locura

Es barbarie, esa triste palabra que los argentinos creímos desterrada de nuestro léxico pero que retorna ahora insistente para nombrar contundente una sociedad carnívora, por momentos demencial y alucinante. La política entonces se convierte en un circo romano y la sociedad en una selva.

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