Luis Alberto Romero es uno de los más destacados historiadores formados en los años sesenta, en la década de oro de la Universidad de Buenos Aires.
Autor de libros sustanciales, como la Breve historia contemporánea de la Argentina y director de importantes colecciones, su trayectoria académica incluye a las universidades de Buenos Aires, Di Tella, Flacso, San Andrés y San Martín, además de haber sido investigador del Conicet. Como columnista de diversos medios, Romero no rehuye a la polémica y aborda la historia argentina con rigor académico y el presente nacional, con vocación democrática y progresista.

¿Qué evaluación hace hoy, a 200 años de la Independencia sobre de lo que la Argentina quiso ser, pudo ser y no llegó a ser?
El Congreso de Tucumán encarna un proyecto muy audaz, el de construir un estado soberano y una nación. Un proyecto que tardó mucho en madurar y, por cierto, hasta 1880 no estuvieron resueltas esas dos cuestiones.
¿Se cumplieron las expectativas y el mandato de Tucumán?
Creo que hubo un largo período en que anduvimos bien, luego se produjo un amesetamiento y los últimos cuarenta años entramos en franca declinación. Estamos, diría, en el momento justo para tratar de cambiar la tendencia.
El componente histórico del discurso político genera polarizaciones acerca de la organización política durante la segunda mitad del siglo XIX...
Desde 1810 hasta Caseros se vive un período de guerras civiles y una muy gradual incorporación de la idea de un acuerdo político y una construcción de la nación. Incluso, después de ese gran avance que fue la Constitución de 1853, hay 30 años más de guerras civiles hasta que se llega a la pacificación en los años 80. Es cierto que en esos treinta años se puso en marcha la construcción del Estado. En todo ese período, el rumbo del país estuvo muy marcado por la incorporación en el mercado mundial y por la expansión extraordinaria de la región pampeana. Las críticas surgen cuando el escenario se enrareció con la primera guerra mundial. En esa crítica hay un influjo muy grande de la ideología del nacionalismo, que soñaba con una Argentina que fuera primera potencia mundial, y que se decepcionó cuando no lo logró. Se cuestionó a ese período de construcción del Estado y la economía por haber apostado todo al campo y poco a la industria. Por eso, desde 1930 hubo un esfuerzo de industrialización, pero al ser una actividad muy protegida, la industria resultó cara, poco eficiente y poco competitiva. El mismo nacionalismo convirtió a la Argentina en un país políticamente intolerante, que dividió a los ciudadanos entre amigos y enemigos. De esto, la última manifestación es el kirchnerismo.
Tecnópolis y el conflicto del campo son indicios de esas polaridades.
El conflicto del campo fue anacrónico; se hablaba del campo como si estuviéramos en 1920. El campo es el único espacio donde el capitalismo funciona en la Argentina; no necesita protección especial y sigue sosteniendo al resto de la economía. La industria padece ineficiencia.
Según la historia escolar, entre 1816 y la Constitución de 1853 impera la anarquía. ¿Es válida esa caracterización?
No creo que sea la forma más exacta de describirlo. Hasta 1810, éramos parte del imperio español, que explotó en 1808. En ese momento declinan los poderes intermedios, aunque esa tendencia encuentra freno donde funcionaban los cabildos. En el período que llamamos "anarquía" las provincias discutieron cómo organizarse como Estado. Lo discutieron, en gran parte, con las armas, pero funcionaban sus sistemas de representación y de justicia. Hubo un sostenido esfuerzo por realizar acuerdos (los tratados del Cuadrilátero, Federal y de San Nicolás).
¿La figura de Rosas es retrógrada o responde al momento en que vivió?
Los historiadores hacemos un esfuerzo para entender a las personas en su contexto; en sus circunstancias. Si eso fue bueno o malo, es hipotético; no es decisivo si fue o no lo que nos hubiera gustado. Estudiar el gobierno de Rosas es complejo. Un rasgo es su dimensión dictatorial, aunque muchas veces se olvida que observaba las formas institucionales. En 1847, Alberdi le dijo que, "bien o mal, usted ha logrado unir a la confederación; ahora, llegó el momento de cambiar el estilo de gobierno y sancionar la Constitución"... Una propuesta equilibrada e ilustrativa de la época, aunque Rosas no le hizo caso... Estaba demasiado enamorado de la imposición de su orden por la fuerza y de su poder faccioso... Cualquier semejanza con épocas contemporáneas es pura coincidencia.
¿Puede hablarse de un período histórico entre 1853 y la sanción de la Ley Sáenz Peña?
Hay un momento importante y decisivo, que es 1880. Después de la Constitución hubo todavía guerras entre la Confederación y Buenos Aires, hubo sublevaciones de Peñaloza y Varela, simultáneas con la guerra del Paraguay, y en 1874 es el último de los levantamientos entrerrianos. En 1880, la última sublevación es de la provincia de Buenos Aires. Todas estas fueron reprimidas por la fuerza por el ejército nacional. La idea de Max Weber de que el Estado debe tener el monopolio de la fuerza de coacción recién se plasma entre nosotros en 1880.
Es un período de transformaciones, pero con un sistema electoral cuestionado...
La ley Sáenz Peña no inventa el voto universal sino que lo hace creíble, al imponer el secreto, y lo vuelve obligatorio. Hasta entonces, el voto era optativo para los varones adultos. En ese momento, el Estado tomó la decisión de que la gente aceptara hacerse ciudadano. Paralelamente, en esta evolución, se va generando el progreso económico y el país cambia en forma tan profunda que se vuelve irreconocible. En el litoral, vale aclararlo. En el norte prevalece la continuidad.
El siglo XIX produjo una transformación enorme de lo que hoy es la Argentina.
La Argentina tenía menos de dos millones de habitantes en el tiempo de la Constitución. Durante veinte años llegaban 250 mil inmigrantes al puerto de Buenos Aires y, aunque la mitad se volvía, ese flujo produjo una fuerte transformación demográfica. Son realidades distintas; no se puede medir distintas épocas con la misma vara.
Una crítica al período de la organización es el sistema electoral, con demasiados caudillos y poca democracia.
Lo que ocurría aquí con el voto era muy parecido a lo que pasaba en el resto de los países. El hecho de que el voto fuera optativo, ayudaba a la distorsión. El voto obligatorio es decisivo, porque la gente no está predispuesta a votar, no le interesa.
¿En qué se identifican y en qué se diferencian las visiones de la independencia en estos dos siglos?
En 1816, la declaración de la Independencia era decisiva, porque teóricamente seguíamos formando parte del imperio español, que estaba dispuesto a reivindicarlo, y las potencias europeas, a acompañarlo. Decir públicamente "nosotros somos un país y nos hemos separado definitivamente del imperio". Hoy la "independencia" debe ser colocada en un contexto diferente, porque la soberanía no está en duda. La idea de "independencia" nos impone nuevos desafíos". La decisión de fondo radica en definir si vamos a vivir encerrados o si vamos a incorporarnos al mundo. Por una parte, está el concepto de "vivir con lo nuestro", como proponía Aldo Ferrer. Pero la interrelación aporta elementos positivos y enriquecedores, aunque es esencial proteger nuestros intereses como nación. Perón, en los años 50, proclamó la soberanía política y la independencia económica, pero el aislamiento nos llevó por mal camino; claro que la apertura sin red de contención, como ocurrió en los años 90, también es negativa. Tenemos que manejar todas las variables
Los argentinos, la ley y la historia
En el retorno de la democracia, el filósofo y abogado Carlos Nino publicó "Un país al margen de la ley". ¿Es un legado de Tucumán que no hemos honrado?
Desde la declaración de la Independencia hasta que funcionó efectivamente la ley transcurrieron muchos años, pero desde entonces concurren una baja disposición a observarla y la escasa capacidad del Estado para hacerla cumplir. En las últimas cuatro décadas, la Justicia y la Policía se deterioraron mucho; por otro lado, la tremenda polarización de la sociedad y el crecimiento de la pobreza contribuyeron a erosionar la valoración de la ley.
Los argentinos somos más predispuestos a hablar de historia que al análisis histórico
Hablamos de historia en términos futboleros. En categorías de "ellos o nosotros". Es un problema para la enseñanza de la historia lo tarde y mal que llega todo lo que los historiadores hacen, que es mucho, y la fuerza que tienen las versiones anquilosadas de esa historia.
Un vicio es el anacronismo...
En el discurso público es difícil encontrar alguna interpretación histórica correcta. Pensar los hechos en términos de la época es una tarea compleja. Los historiadores no podemos pretender ser los dueños del pasado, pero muchas personas se ocupan del pasado sin conocer la disciplina. Cada cual puede contar el pasado como le gusta y acomodarlo todo a las preferencia o conveniencia política. Sería bueno que los historiadores tuviéramos más peso en esos análisis de la realidad histórica.




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