Es en Amaicha del Valle donde habita lo ancestral, que se refleja tanto en la arqueología como en su comunidad originaria, descendiente de diaguitas calchaquíes.
Las Ruinas de Quilmes reciben a los visitantes con guías locales, que muestran la ciudadela explicando cómo estaba organizada la colectividad. Es inevitable imaginar las condiciones poco favorables en las que vivían, de mucho viento y falta de agua cerca, y emociona saberlos fuertes, resistiendo a los colonizadores. El manto verde de la tierra se ve como si fuera una gran alfombra arrugada y, en medio de eso, las construcciones de piedra.
Llegar a Amaicha es como detenerse en el tiempo. El pueblo es uno de los mejor conservados en su arquitectura y la amabilidad está siempre presente, para compartir una copla, ofrecer un mate caliente o acompañar a los visitantes a ver el salar cercano.
Cada zona está en equilibrio con la naturaleza. Las ofrendas a la Pachamama: apachetas, se observan a lo largo de todo el camino y en febrero la fiesta que le rinde homenaje a la tierra es un evento inolvidable.
En el último tramo del Valle Calchaquí está el sector vitivinícola y de dulces. Allí están los productores y, en los pequeños pueblos de Colalao y El Pichao, las casas construidas en piedra y la ruina de los condor huasi, en medio de los frutales.
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Foto: Gentileza Ministerio de Turismo de Tucumán
Foto: Gentileza Ministerio de Turismo de Tucumán

La ruta del vino

Los imponentes Valles Calchaquíes se convierten en el escenario ideal para degustar los más exquisitos vinos. Al oeste de la provincia y a lo largo de la mítica Ruta 40, se encuentra la Ruta del Vino tucumana.
El microclima de esta región se caracteriza por una gran amplitud térmica, con jornadas diáfanas y de escasa humedad, producto de su imponente altura que alcanza los 3.000 metros sobre el nivel del mar en algunas zonas. Todas estas características, además de impactar directamente en las cualidades de los vinos, ofrecen un hábitat de sosiego con gran valoración por parte de los visitantes.
A lo largo de los 100 kilómetros por los cuales se extiende la zona vitivinícola, las bodegas y productores ofrecen degustaciones maridadas con gastronomía típica de la región, alojamiento de alto nivel y actividades especiales que combinan el mundo gourmet con eventos culturales, deportivos y recreativos.
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Foto: Gentileza Ministerio de Turismo de Tucumán
Foto: Gentileza Ministerio de Turismo de Tucumán
Además, se pueden disfrutar recorridos por tesoros arqueológicos heredados de las culturas precolombina y jesuita: El Pichao, Ruinas de Cóndor Huasi, Talapazo y la Ciudad Sagrada de Quilmes. Todos estos testimonios históricos conviven en armonía con la tradicional pero evolucionada industria vitivinícola de la región. Es por esto que las visitas a los productores de la zona son una experiencia completa, que trasciende el concepto clásico de parcelas aisladas en pos de un paisaje armónico y unificado.
Sea en agosto o febrero (mes del carnaval), cuando se hace el entierro y desentierro de la Pachamama, o el resto del año, los valles son un refugio.
Desde Tafí con sus cabalgatas y pesca (de noviembre a marzo) para disfrutar en el verano norteño en un microclima único, hasta Amaicha con sus ocres y el cielo diáfano que se ve con mayor precisión desde el observatorio Ampimpa, todo invita a dejarse llevar por el viento.

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