La Europa de la posguerra que, por años, fue el faro que guió a las fuerzas progresistas de izquierda y de derecha de América Latina, atraviesa una aguda crisis.
Varias de sus economías nacionales no logran adaptarse a la globalización ni a la emergencia de nuevos competidores. El Estado de Bienestar, factor distintivo del Viejo Continente, sufre recortes que profundizan desigualdades. A su vez, las distintas manifestaciones de la cultura europea están perdiendo los brillos del cercano pasado. La crisis altera tradicionales equilibrios y alcanza a las instituciones de la Unión Europea, a las democracias nacionales y a sus principales actores (partidos políticos, sindicatos, universidades, medios de comunicación).
El "consenso socialdemócrata" parece haber dado todo de sí, sin que se advierta en el horizonte intelectual ni en el panorama político la emergencia de ideas suficientemente elaboradas y en condiciones de proporcionar a los europeos nuevos paradigmas.
Esta situación es analizada magistralmente por Perry Anderson en su libro "El nuevo viejo mundo" (AKAL, 2012). Los capítulos dedicados a Francia e Italia ayudan a entender los males y tribulaciones que aquejan a nuestro "viejo nuevo mundo".
Hoy, cuando la Argentina contempla indignada el espectáculo de la megacorrupción, repasar los estragos este vicio produjo en Italia es un ejercicio imprescindible para rehuir caminos tan inútiles para acabar con la corrupción como peligrosos para las instituciones políticas.
Tras leer el libro de Anderson se comprende mejor la inesperada resurrección de los populismos de izquierda y de derecha en la vieja Europa. Y los motivos que llevan a algunos pensadores y líderes de la desorientada izquierda europea a mirar a las nefastas expresiones del populismo sudamericano como una alternativa.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora