El deporte y los límites

Francisco Sotelo

El deporte y los límites

Mauricio Macri es el prototipo del cincuentón urbano de estos tiempos, cultor de la vida sana y en las antípodas de aquella imagen del ejecutivo estresado.
Sin duda, le gusta la buena vida y es muy probable que piense que no es una utopía pensar en una sociedad donde el bienestar esté al alcance de todos.
Sus hábitos dan imagen de moderación, que contrasta con el vértigo emocional que transmitían Néstor y Cristina Kirchner.
Su predisposición al deporte recuerda a Carlos Menem, aunque Macri juega a puertas cerradas y al expresidente riojano le gustaba mostrarse con grandes estrellas, que no lo marcaban demasiado -o nada- y lo dejaban lucirse. Y cuya salud delató más de una vez lo que su sonrisa permanente ocultaba.
A Eduardo Duhalde le gustaba la pesca de altura y en alguno ocasión, siendo gobernador, estuvo al borde de la tragedia.
La lesión de Macri, un esguince sufrido durante un partido de pádel, es intrascendente, como lo fue antes la fisura de una costilla cuando jugaba con su hija. Más serio, aunque sin alarma, la arritmia de un par de semanas atrás.
La salud de un presidente escapa a su espacio estrictamente privado. Interesa a todos. Cuando pasamos cierta edad, la experiencia lo dice, el cuerpo empieza a ponerse exigente, aunque uno se sienta superpoderoso.
Es muy motivador que los dirigentes, en particular, los presidentes, practiquen deportes, se muestren corriendo o en bici, y estimulen a la gente a cuidarse.
En el caso de Macri, con una salud que parece más promisoria que la de sus antecesores, los tres episodios ocurridos en los seis meses que lleva como presidente deberían servirle de advertencia.

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