Nunca en la historia estadounidense un candidato presidencial con posibilidades de éxito encarnó una alternativa de cambio de las dimensiones colosales que plantea Donald Trump, ungido oficialmente en la convención del Partido Republicano y a quien las encuestas colocan en intención de voto a solo dos o tres puntos porcentuales por debajo de su rival Hillary Clinton.
La propia convención fue un fiel reflejo de lo que sucede con el fenómeno Trump. Es evidente que la cúpula republicana debió resignarse, bien que a desgano, a sostener a un candidato que está muy lejos de sus preferencias. La amplitud de la ventaja de Trump en las primarias hizo imposible que hubiera un candidato alternativo capaz de disputarle el cetro.
Más que el candidato del Partido Republicano, cuyo "establishment" resultó derrotado en la contienda interna, cabría decir que Trump es el candidato del "trumpismo", un pujante movimiento social antisistema que busca canalizar la honda frustración de una amplísima franja de la sociedad norteamericana, que abomina de la casta política de Washington.
Clinton encarna con precisión ese objeto de rechazo. Paradójicamente, sus impecables antecedentes como esposa de un expresidente, senadora por Nueva York y secretaria de Estado de Barack Obama, que en circunstancias normales hubiesen marcado una ventaja apreciable sobre un adversario sin credenciales equivalentes, constituyen una fuente de descalificación.
El trámite de nominación de Clinton fue una significativa sorpresa. Lejos del "paseo" esperado, su candidatura tuvo que lidiar con la vigorosa oposición de un "outsider" izquierdista, el senador Bernie Sanders, quien como Trump también embistió contra el "establishment" de su propio partido. Hasta su triunfo dejó un sabor agridulce entre los demócratas: según las encuestas, una parte no desdeñable del electorado de Sanders en las primarias parece hoy más proclive a votar por Trump antes que por la candidata de su partido. En esta contraposición queda dibujado el campo de juego donde se librará la contienda electoral del martes 8 de noviembre. Es una pelea en la que el rol de "campeón" es desempeñado por Clinton, escudada en su experiencia, quien enfrenta a un "challenger" encarnado por Trump.
¿Retórica o programa?
Una vez que Trump fue ungido oficialmente candidato, y los sondeos de opinión no lo descartan como posible presidente del país más poderoso del planeta, un ejercicio inevitable en todas las cancillerías del mundo pasó a ser imaginar las probables consecuencias de una hipotética victoria del magnate inmobiliario y las características que asumiría su eventual gobierno. Ante todo, los analistas políticos se afanan en descifrar un enigma: ¿cuánto de todo lo que Trump pregona en las tribunas proselitistas responde a un clásico ejercicio de retórica electoral y cuánto representa la base de un verdadero plan de gobierno?
Las respuestas a ese interrogante están divididas entre los especialistas. Con un agravante: los críticos de Trump, que suman legión dentro y fuera de Estados Unidos y están empeñados en una activa campaña de demonización, toman al pie de la letra sus declaraciones más extravagantes y pronostican poco menos que un cataclismo mundial para el caso de que el candidato republicano llegue a convertirse en el próximo inquilino de la Casa Blanca.
Por el contrario, los defensores de Trump, empezando por su candidato a vicepresidente, el gobernador de Indiana, Mike Pence, y el veterano dirigente republicano Newt Gingrich, son naturalmente mucho menos apocalípticos. Recomiendan leer entrelíneas para distinguir ciertos matices en algunas afirmaciones altisonantes de Trump que anticipan un enfoque pragmático en su eventual gestión presidencial.
El americanismo
Más allá de la retórica, existe en el planteo de Trump un eje estratégico: "el americanismo", entendido como la imperiosa necesidad de reformular la inserción de Estados Unidos en el sistema mundial. La economía norteamericana sufre, como todas, los desafíos de la globalización. Su ritmo de crecimiento es lento y en poco tiempo más su producto bruto interno será superado por el de China.
Estados Unidos está obligado a recuperar competitividad. El problema reside en que esa recuperación ya no es estructuralmente viable mediante una vuelta a las prácticas proteccionistas que permitan la subsistencia de industrias obsoletas. Exige un salto de productividad, solo posible a partir del despliegue en el sector industrial de la nueva revolución tecnológica que, una vez más, tiene epicentro en Estados Unidos.
Simultáneamente, el impresionante avance en la utilización industrial de las impresoras 3D abre una gigantesca oportunidad para la reindustrialización norteamericana, que no solo implica la resurrección del desaparecido "made in USA", con su correlativo impacto favorable en los niveles de empleo, sino también la irrupción de un nuevo modo de producción: el "made at home", que otorga carta de nacimiento a lo que décadas atrás Alvin Toffler definió con el término "prosumidor", una categoría que sintetiza la condición de productor y consumidor.
El "americanismo" de Trump no es estructuralmente viable puesto de frente contra el viento de la globalización de la economía mundial. Resulta obvio que las ideas de revisar el Nafta o de frenar la negociación de los acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y los países del Asia Pacífico chocan contra el peso incontrastable de la realidad. Pero los cambios tecnológicos han colocado a Estados Unidos ante un nuevo umbral de crecimiento, cuya potencialidad puede devolverle la añorada hegemonía perdida. Es probable que allí resida la apuesta del candidato republicano para, como reza una de sus consignas favoritas, "hacer a Estados Unidos primero de nuevo".

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