La recuperación de las fuerzas iraquíes de grandes territorios de Ramadi, que estaban en manos del autonombrado Estado Islámico (EI), es un revés para el grupo yihadista, que también ha sido expulsado de otros lugares como Tikrit, Sinjar y Baiji.
Pero a pesar de los reveses, y tras un año de bombardeos aéreos de la coalición dirigida por Estados Unidos, EI ha demostrado ser extraordinariamente resistente.
Comparado con el régimen del Talibán, que cayó en una campaña de dos meses de combates dirigidos por Occidente para descentralizar a los islamistas afganos y las fuerzas seculares rebeldes, EI ha demostrado ser más resistente. Y esta resistencia es desconcertante.
La CIA calculó en septiembre de 2014, que EI tenía entre 20.000 y 31.000 combatientes. Si se considera solamente a las fuerzas armadas y de seguridad de los iraquíes, esto se traduce en una proporción de 8 a 1.
Hasta ahora EI ha sobrevivido más de 8.000 bombardeos aéreos y la muerte de más de 10.000 de sus combatientes. Aun así, la organización no tiene grandes problemas para reclutar y movilizar.
Esto no quiere decir que no podrá ser derrotado. Pero EI es un síntoma, no una causa, de las políticas deficientes en la región. Por lo tanto, cualquier solución a largo plazo debe reformar el ambiente político que ha engendrado la radicalización violenta durante más de cuatro décadas. Derrotar militarmente a EI sólo cubrirá temporalmente los profundos problemas estructurales detrás de su emergencia, no sólo en Irak y Siria, sino también en Egipto, Libia, Yemen y Arabia Saudita. Será el equivalente de colocar un vendaje en una herida infectada.
Eventualmente serán necesarios una reforma política sostenida y un proceso de reconciliación. Los que toman las decisiones durante esta campaña militar no deben perder el objetivo estratégico.

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