El asombro y la incertidumbre que provoca en el mundo el triunfo de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos obedece a los rasgos de la personalidad del presidente electo, a la certeza que se había instalado acerca de una casi inevitable victoria demócrata y, sobre todo, a la sensación de que esta nueva etapa podría significar el fin de la economía globalizada.
Trump no solo enfrentó a Hillary Clinton sino que derrotó a la elite política de Washington y a sus múltiples adversarios dentro del Partido Republicano, que no lo reconocen como propio.
La clave de su éxito debe buscarse en la crisis del empleo. Con mensajes simples y emocionales, aunque nada elaborados, intercalados con exabruptos xenófobos y abundantes groserías, Trump prometió cambios que ilusionan con el retorno de la clásica industria estadounidense, trasladada hoy a otros países con mano de obra barata; en la misma sintonía anunció la expulsión de inmigrantes ilegales, el cierre de la frontera con México, la derrota del terrorismo islámico y el retorno a las costumbres tradicionales.
Las encuestas no reflejaron el estado de ánimo de amplios sectores de la población, especialmente los de menores ingresos.
Hoy, los análisis asocian aquel discurso populista con el malestar de los obreros británicos, que provocó la salida de su país de la comunidad europea; es el mismo sentimiento de frustración que alienta el surgimiento de movimientos antiglobalizadores de derecha y de izquierda en los países desarrollados. La economía global ha generado desempleo, caída de los ingresos de los asalariados y, especialmente, una fractura social en esas sociedades, donde los más perjudicados recelan y rechazan lo que conocemos como "políticamente correcto".
Aunque nada de su trayectoria como mega empresario condice con su discurso y sus promesas, la llegada de este hombre ajeno a la política a la Casa Blanca hace temer un vuelco hacia una economía cerrada que, debido al peso de los Estados Unidos en el mercado global, se traduciría en retrocesos y traspiés para los países desarrollados.
Cualquier juicio es prematuro, porque aún no se conoce al Donald Trump político. Como empresario, innegablemente, él es experto en el comportamiento de los mercados y del mundo financiero, pero lo cierto es que hoy se lo identifica con su retórica rupturista, mientras que aún no se sabe cómo integrará su equipo de gobierno.
Su postura populista hace dudar sobre la futura independencia de la Reserva Federal, los tratados de comercio y los vínculos con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Esa orientación radicalizada tendría consecuencias inmediatas en los vínculos diplomáticos con Europa, Rusia, China y Japón y condicionaría el rol del país como mega potencia militar en el mundo.
Así y todo, nadie ignora que las decisiones que vaya a adoptar el nuevo presidente estarán condicionadas por los límites que le imponga el Congreso y por los que pueda generar su propia experiencia como hombre de negocios. Las incógnitas son muchas, pero dejan amplio margen a la posibilidad de un cambio y no se puede descartar que, una vez en el gobierno, Trump siga un rumbo distinto al de sus promesas. No sería el primero.
Dos certezas dejan el triunfo de Donald Trump y la derrota de los demócratas: las demandas insatisfechas y la indiferencia de quienes ejercen el poder hacia las necesidades de los sectores postergados lleva a estos a depositar sus expectativas en quienes se muestran comprensivos, justifican sus reclamos y ofrecen soluciones que parecen simples, pero suelen ser infundadas.
Por otra parte, resulta claro que la evolución de la economía mundial a lo largo de los últimos setenta años comienza a mostrar fisuras sociales que ponen en crisis la confianza en el orden establecido y en las instituciones republicanas. Este fenómeno crea la ilusión de un poco probable regreso a una época idealizada del empleo industrial y de las economías cerradas. Es una quimera.
Resulta entonces necesario que el mundo desarrollado genere las condiciones que hagan posible una nueva forma de economía global y tecnificada, que garantice el progreso y el equilibrio social.

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