Es harto probable que en casi todos los puntos del planeta la mayoría de sus habitantes experimente un creciente desencanto por la situación que les toca vivir. Por lo general, las visiones ciudadanas de la crisis se revuelven dentro de los estrechos límites provinciales.
Es así, por ejemplo, como desde Salta tendemos a vivir y soportar las dificultades atribuyéndolas a la fatalidad, al gobernador o a la larga hegemonía de los conservadores de injusticias y privilegios.
Existen, por supuesto, comprovincianos ilustrados que incorporan datos nacionales a su diagnóstico de la crisis: el régimen unitario que concentra todos los poderes en la "zona núcleo", la herencia recibida de décadas anteriores, la corrupción o las vacilaciones del flamante Presidente de la Nación.
Pero lo cierto es que el mundo entero bulle tras la constatación de que las antiguas y no tan antiguas certezas que nos permitieron progresar o vivir con la ilusión de que el progreso era posible y estaba a la vuelta de la esquina, ya no sirven para abordar eficaz y legítimamente los problemas económicos, sociales, ambientales, o políticos.
Son muchos los europeos y sudamericanos que se sienten, de alguna manera, expresados por el tango "Desencanto" (Discépolo):
"Y pensar
que en mi niñez
tanto ambicioné
y al soñar forjé
tanta ilusión.
Oigo a mi madre aún,
la oigo engañándome
porque la vida
me negó las esperanzas
que en la cuna me cantó".
Sobre todo cuando los Gobiernos, las patronales, los gurúes o los formadores de opinión prometen a los menos favorecidos mejoras futuras a cambio de sacrificios y concesiones presentes. Son muchos los casos en donde estas concesiones no fueron seguidas de las inversiones, los empleos ni las mejoras prometidas. Y es esto lo ha que deteriorado los grandes consensos económicos y laborales.

El Occidente desarrollado

Permítaseme la audacia de ensayar aquí una explicación que, superando las fronteras locales y nacionales, incorpore algunos datos occidentales o, más precisamente, europeos.
La constatación genérica podría expresarse del siguiente modo: Todos los complejos equilibrios alcanzados en Occidente tras la segunda guerra mundial están rotos o a punto de quebrarse.
Asistimos, en primer lugar, a una exacerbación de las desigualdades, fruto de la voracidad de quienes detentan poder y riquezas, de la crisis de todas las fórmulas conocidas de Estado del Bienestar, y de las resistencias al avance de la democracia constitucional.
Las grandes riquezas locales y globales han desarrollado mecanismos para sobreponerse a las competencias de los Estados nacionales, eludir su fiscalidad y sus poderes regulatorios. En paralelo, los instrumentos nacidos de la autonomía colectiva para favorecer la distribución de la riqueza -los derechos de protesta, sindicalización y huelga, entre otros- languidecen a consecuencia del descrédito de los actores sociales, de las renovadas estrategias del capital para esterilizarlos, o del lento declive del principio de solidaridad.
Los paraísos fiscales y la relocalización de activos o de fábricas, son los instrumentos que facilitan -hoy por hoy- la existencia de niveles desconocidos de concentración de la riqueza.

La democracia y sus límites

En el terreno acotado de la política se han producido y continúan produciéndose- verdaderos cataclismos. La constatación de que muchas de las reglas electorales nacionales (aquellas que transforman votos en escaños o bancas) favorecen a los partidos coaligados para monopolizar el "régimen", así como la crisis de identidad de la izquierda europea son buenos ejemplos de lo que pretendo expresar.
Tengo para mí que el llamado "consenso socialdemócrata" permitió superar, al menos en Occidente, las peores consecuencias de la segunda guerra mundial y alumbró los "treinta gloriosos años". Tras la primera y segunda crisis del petróleo, la derecha moderada y el socialismo democrático prolongaron consensos alrededor de las medidas que -con suerte dispar- se propusieron abatir sucesiva o simultáneamente el desempleo, la inflación y el estancamiento. Ese mismo consenso, no exento de conflictos internos, apostó por la unidad de Europa y la globalización de los intercambios.

¿Punto de inflexión o de no retorno?

La crisis económica mundial de 2008 inauguró el ciclo que hoy padecemos y que ha oscurecido el panorama ideológico y político del amplio espacio plurinacional al que la Argentina -por encima de aventuras autárquicas-, pertenece.
Los partidos tradicionales de izquierda y de derecha que han gobernado los países europeos desde aquel lejano 1945 atraviesan severas crisis de identidad. La permanencia excesiva en el poder y, consecuentemente, la escasa alternancia fomentaron la corrupción política y adormecieron los debates en muchos de los países de la Unión Europea.
Este abrazo de derechas e izquierdas construyó verdaderos regímenes cerrados y oligárquicos, en donde los programas electorales de cada fuerza y los comportamientos de sus líderes tendieron a parecerse hasta extremos insospechados.
En el terreno de las relaciones laborales sucedió algo parecido: las políticas "socialmente responsables" han terminado de integrar a los sindicatos de izquierda dentro de un régimen en donde las luchas obreras pierden fuerza y eficacia y en donde la idea de solidaridad de clase es remplazada por identidades corporativas. Todo lo cual no niega ni desconoce que la acción combinada de partidos políticos de corte laborista o socialista y de sindicatos afines logró, en Europa, importantes mejoras históricas en materia de bienestar general y de condiciones de trabajo.
Sucede, empero, que en las últimas tres décadas estas mejoras se han reducido y que las fuerzas del mercado han logrado trasladar costos a los jóvenes, a las mujeres, a los emigrantes y a las personas de difícil inserción laboral.
En varios países, la indignación ciudadana presenta comportamientos cíclicos. En otros, está sirviendo para crear nuevas fuerzas políticas y sociales que cuestionan en bloque al “régimen” que permitió hasta aquí gobernar a esa suerte de entente cordial formada por conservadores, liberales, socialistas y comunistas; se trata de un sólido y aceitado bloque ideológico que irradia su actuación y sus consignas en los ámbitos electoral, académico, cultural y de las comunicaciones sociales.
Mientras en la Argentina y en varios de nuestros países vecinos gana adeptos la necesidad de reemplazar el populismo (en sus diversas manifestaciones) por un republicanismo en condiciones de consolidar la democracia, la paz interior y el bienestar general, en ciertos países de la Europa comunitaria surgen fuerzas de derecha y de izquierda que intentan construir alternativas populistas y, en tal empeño, miran hacia nuestros “regímenes” nacionales e incluso hacia algunos de nuestros intelectuales de relieve.
Pese a la desorientación que de tanto en tanto asalta a las élites europeas, es harto improbable que el populismo en su versión sudamericana arraigue en aquellos países y alcance expresión mayoritaria. Lo más probable es que sus cultores fracasen ni bien los ciudadanos adviertan que los nuevos paraísos prometidos exigen liderazgos mesiánicos, matan a Montesquieu, no eliminan la corrupción, reescriben la historia, imitan a Orwell, agreden a las minorías y a la libertad de expresión, y ponen en cuestión los valores de la democracia constitucional.
Pero dejemos a los europeos resolver sus desafíos, y esforcémonos nosotros por encontrar los caminos autónomos que nos conduzcan a las grandes metas del Preámbulo de nuestra Constitución.

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