Andrés Ocampo arrojó miguitas de "pancacho" a lo lar­go de un sendero en­tre Cerrillos y La Merced para marcar el camino de regreso de las caleras... y le pasó lo mismo que al Pulgarcito de los cuen­tos de los hermanos Grimm.
De la gran influencia que tu­vieron en los chicos salteños los libros de cuentos a media­dos del siglo XX, antes de que se popularizara la televisión, no escapó el ahora "fibroso" Andrés Ocampo, oriundo de Cerrillos, quien en 1963 por se­guir la trama de Pulgarcito se perdió en la serranía de San Jo­sé de los Cerrillos.
En aquellos tiempos, Andrés era un niño de unos 9 años y solía viajar desde El Carril a la ciudad Salta en la jardinera de su padre (carruaje de dos rue­das tirado por un caballo), en la que transportaban la cosecha de verduras que comercializa­ban en el mercado San Miguel.
En ese diario trajín por la ruta nacional 9 (ahora ruta nacional 68) observaba al pasar por La Merced, larguísimas columnas de humo que se elevaban en los cerros aledaños.
En su inocencia de niño, An­drés creía que era la chimenea de la casa del ogro, tal como lo relata el cuento de los hermanos Grimm, y que solía leer no­che tras noche antes de dormir.
Nadie le había explicado por entonces, que se trataba del va­por de agua que emergía de los hornos caleros de los Silva, Schubert, Torfe y Peretti, que en esos años estaban en pleno apogeo en el departamento Ce­rrillos.
¦Ni lerdo ni perezoso un día, para despejar sus dudas, com­pró algunas piezas de "panca­cho" de la panadería de "Min­go" Martín y emprendió una caminata por el cerro San José rumbo al sitio donde, según él, se elevaba la humareda eterna de la cocina del ogro.
Temeroso de perderse, al igual que Pulgarcito, fue arro­jando miguitas de "trecho en trecho" para dejar señado el ca­mino de regreso.
Desde el cerro San José donde está la Gruta, su punto de parti­da, hasta las caleras de La Mer­ced tuvo que atravesar varios cerritos. Andrés recordó, que pasó cerca de la Cañada del Negrito, un lugar que según tradición es custodiado por el mismísimo diablo. "Me tem­blaban las patitas al recordar que en esa cañada podía apare­cerme el 'negrito', que no era nada menos que el mismo Mandinga. Al pasar por ahí tiré una generosa cantidad de mi­guitas pero seguí caminando apurado sin ni siquiera mirar para atrás. Me corría un escalo­frío por la espalda, pero no aflojé", contó Ocampo.
A pesar de su tierna edad era empecinado y testarudo como una mula, y por eso pasó cami­nando toda la tarde con rumbo sureste, armado con una hon­da de dos ramales (gomera) y cargando un morral en el que llevaba las piezas de pancacho.
Pensó que el regreso sería más "ligero", porque lo haría sobre las botas de las siete leguas, lla­madas así porque cada paso, según el cuento de los Grimm, permite recorrer esa extensión.
El final del camino se dio con un horno de cal, un enorme y profundo pozo perforado sobre una de las falda del cerro desde donde emanaba una gruesa columna de vapor -por la des­hidratación de la piedra caliza- y pensó que se trataba de la olla del gigante, donde preparaba ricos estofados condimentados con niños. Pero lejos de buscar las botas de las siete leguas, de inmediato emprendió una alo­cada carrera de regreso a Cerri­llos siguiendo las migas de pan que había arrojado a lo largo de la travesía y que los pájaros no se habían atrevido a comer. Ya entrada la noche bajó a los tro­pezones del cerro San José, cual alma que lleva el diablo y al llegar a su casa, camino al hospital (ahora calle Libertad, donde funciona un gimnasio) todo agitado y sin poder pro­nunciar palabra, no tuvo tiem­po de contar que había escapa­do de las fauses mismas del ogro y sin más recibió una se­verenda paliza, pues lo habían buscado sus padres y vecinos del barrio del Mercado con gran desesperación a lo largo de toda la jornada.

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