Hay un viejo refrán bíblico en Lucas 4,24 pronunciado por Jesús que dice que nadie es profeta en su tierra. Al parecer en nuestro país este dicho se cumple con creces sobre todo, con quienes triunfan en el exterior. Tenemos grandes personajes argentinos destacados en el mundo a lo largo de la historia.
En el mundo científico Ameghino, Huergo, Balseiro, Sadovsky, Hussay, Leloir, Favaloro, Cesar Pelli, entre otros. En la Cultura y el Arte, Borges, Sábato, Yupanqui, Mercedes Sosa, Campanella, Santaolalla, Norma Aleandro, Daniel Barenboim, Piazzola, etc. En el ámbito deportivo Fangio, Guillermo Vilas, Gabi Sabatini, los Pumas, las Leonas, Maradona, Leo Messi. En política y en la vida social, Ernesto Che Guevara, Eva Perón, y la ya famosa Reina consorte de Holanda, Máxima Zorreguieta.
Muchos de nuestros famosos fueron reconocidos en el exterior y aquí vivieron en el olvido. Será por aquello que nadie es profeta en su tierra, o porque somos ingratos por naturaleza. También nuestros próceres o Padres de la Patria vivieron y murieron en el olvido y la indiferencia de sus contemporáneos. Rápidos para exigir, presionando hasta el éxito y duros en nuestros frente a lo que consideramos fracaso.
Hoy estamos abrumados por la derrota de Chile a la Argentina por penales en la Copa América Centenario, y le cargamos la culpa a jugador más importante del planeta, considerado el mejor del mundo, el mayor goleador de la selección y es nuestro, es argentino. Triunfó afuera porque creció afuera y nadie le importó hasta que supimos lo valioso que era Messi. Y mientras nos lamentamos de nuestros males sacando las culpas para afuera, los católicos nos preparamos para la fiesta de San Pedro y San Pablo, donde se celebra el Día del Papa.
Hace tres años todos lloramos frente a un televisor alrededor de las 16 horas cuando comenzó a salir humo blanco de la chimenea del Vaticano y se anunciaba al nuevo Jefe de la Iglesia Católica. El país se paralizó como si la Argentina jugara un mundial de fútbol. El cardenal Tauran con voz tembloroza anunciaba la elección del nuevo Papa. Habían elegido al cardenal Jorge Bergoglio, Arzobispo súper resistido por los sectores políticos oficialistas de nuestro país.
Un día, ese romance se terminó. El Papa recibe a todos. No es el jefe de la oposición como decía una destacada política argentina, pero no le sonríe a nadie. Y comenzamos a atacarlo: "se mete mucho en política"; "apoya a los violentos"; "recibe a cualquiera"..., y lo despreciamos por practicar el Evangelio que predica.
Desde chico escuché críticas a la Iglesia, de ser rica, poderosa, amiga del poder de turno, ostentadora de riqueza y poder y todos querían algo diferente.
Aparece alguien distinto, siempre fue igual, de cura, de obispo auxiliar, de cardenal y ahora de Papa. El no cambió. El quiere la Iglesia que nosotros queremos, la que debe ser. Pero ahora eso no nos conforma, lo queremos a nuestra imagen: alguien que no nos moleste. Que hable lindo, pero que no diga cosas negativas, menos de nosotros.
Tal vez, nuestra soberbia casi institucionalizada y nuestra corrupción culturalizada no nos permite entender que la grandeza está en la coherencia.
Francisco enseña con la pedagogía de Cristo, con hechos y palabras. Palabras que anuncian los hechos y hechos que confirman sus palabras.
Europa, Asia, África, América lo ama, los pobres del mundo lo aman, ¿no habrá llegado la hora de rezar por él?

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia



Se está leyendo ahora