El dilema tras el kirchnerismo

Fernando de San Román

El dilema tras el kirchnerismo

En las cadenas jerárquicas de cualquier organización, el jefe responde por las acciones de sus subalternos. Si tenía conocimiento, por ser autor intelectual, y si no sabía, por no ejercer su mandato con suficiente eficiencia, control y responsabilidad.
Aníbal Ibarra sufrió en carne propia la búsqueda de un responsable acorde a la gravedad del suceso: Cromañon costó la vida de 194 jóvenes y se llevó puesto al intendente de Buenos Aires. Ahora bien, según la magnitud del caso imputable, la búsqueda recorre los eslabones jerárquicos hasta lograr cierta compensación entre el daño y el nivel del funcionario. Son muchos los episodios: la tragedia de Once, con 51 muertos y 700 heridos; los cientos de millones de pesos no rendidos por Madres de Plaza de Mayo, las casas esfumadas y el patoterismo de Milagro Sala, el direccionamiento de toda la obra pública de miles de millones a empresas de amigos del poder; la venta de dólares a futuro en perjuicio del erario público; más recientemente la muerte de 43 gendarmes por tener mal equipada la fuerza, y tantos otros casos cuya gravedad nos hace mirar hacia arriba.
Lo primero sería preguntarnos si el exsuperministro Julio De Vido podía ignorar los negociados de sus dos secretarios de Transporte, Juan Pablo Schiavi y Ricardo Jaime o si él era parte de la red de corrupción; lo siguiente es si todo lo descripto se hizo a espaldas de la presidenta.
En cualquier hipótesis resulta culpable; si lo sabía era cómplice y si no lo sabía, difícil de aceptar dado su nivel de perspicacia, era muy ineficiente en su gestión. Sin embargo cuando quedaron al descubierto los nidos de corrupción el sistema populista protegió a los corruptos. Prueba de ello es que Madres, Milagro Sala, De Vido, Amado Boudou, no debieron enfrentar ninguna acción o demanda del Ejecutivo; las acciones de la justicia que el Gobierno desactivó sistemáticamente, surgieron por denuncias de los afectados o políticos de la oposición.
El interrogante es cómo resulta posible que se excluya en todos estos casos la responsabilidad presidencial; la Justicia debería llamar a la expresidenta a declarar para definir su responsabilidad. No puede alguien desvalijar o permitir que se desvalije al país y solo afrontar un juicio que tiene que ver con un robo de estadías en un hotel propio.
Téngase en cuenta que la causa por enriquecimiento ilícito de los Kirchner cayó por plazo judicial vencido.
Es evidente que la independencia de los poderes solo funciona cuando el Estado no está sometido a los caprichos de un caudillo ni a la mediocridad de una cultura política facilista. Si la Justicia mira para otro lado, no hay justicia. Entiéndase bien: no hay justicia para nadie, ni para los grandes empresarios ni para los sectores populares.
La corrupción es contagiosa y se expande como una epidemia, mientras los ciudadanos miramos como idiotas indefensos este sainete impúdico que es incompatible con la idea de una república en democracia. Esta es la divisoria de aguas que se plantea en estos días. Los beneficiarios de la corrupción contraponen "proyecto neoliberal" contra "proyecto nacional y popular". Allí, Boudou, De Vido, Milagro Sala, Luis D''Elía, Jaime, Schoklender son los rostros reales de un proyecto que denigra a lo nacional y a lo popular.
Ahora lo apuran a Mauricio Macri para erigirlo en chivo expiatorio y hacerlo responsable frente al desmadre económico e institucional que es el legado del kirchnerismo.
De nosotros, como sociedad, depende. Señalemos errores que los hay, pero no seamos espectadores, Macri es apenas un mortal que el destino y nuestra voluntad han puesto allí.

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