La feria del libro de autores de Salta transcurre con plena vigencia sus XXV años de renovado compromiso con la cultura. Nelly Murga enarbola esa bandera desde sus comienzos. A veces en soledad, la mayoría de las veces en compañía de inquietas soñadoras capaces de cruzar el umbral de la indiferencia cuantas veces sea posible. Esta vez le tocó a San Lorenzo albergar a un grupo de atizadores de la nostalgia a través del dulce encanto de la palabra. Con sabiduría, Patricio Colombo Murúa hablaba en la introducción de los panelistas del espíritu donante. Cuando alguien sale a plantar árboles fuera de su casa, quizás para despertar conciencia. Nelly, pareciera que sale a sembrar cultura para cosechar afectos. Y la muestra llega solidaria y fraterna.
Fernando Saravia Toledo, en un relato entretenido y ameno, salió a despertar sus ancestros: el recuerdo de su padre y otros apellidos aferrados a la historia del pueblo que -en algunos casos- se fueron perdiendo con el paso del tiempo. Fueron historias llenas del sabor cristalino y recreación de otros tiempos. ¿Cambió San Lorenzo? o ¿evolucionó la gente?, preguntas que se fueron perdiendo en el devenir de la tarde. Néstor Salvador Quintana, intacto en la memoria, sacó a pasear sus recuerdos, esta vez de la mano de Walter Adet, mientras que el poeta Juan Carlos Dávalos iba y venía entre párrafo y párrafo. Quintana sabe cuándo el silencio invita a soñar, sin ser poeta. Para eso estaba Lila José, para atornillarnos a los asientos con miedo a quebrar la melodía de sus versos. Nos habló de sus pájaros importunos, capaces de interrumpir sus silencios o tal vez sus miedos. ¿Quién lo sabe?, pero como ella dice: cuando sus aves no llegan, ella las extraña. Fue el viernes en San Lorenzo. Afuera los chicos corrían alegremente detrás de una pelota. Adentro, en el quincho del club Tigre, los grandes corrían detrás del descubrimiento de saber que la poesía está más viva que nunca.

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