Todos los sábados por la noche y, de vez en cuando, los domingos, el barrio se alborotaba con los alaridos provenientes de la casa de los Rosales. Eran las tres hijas del matrimonio que, a los gritos, trataban de impedir que don Rosales metiese a su esposa, la madre de ellas, en el baúl de la ropa para lavar.
Eso sucedía cuando don Rosales regresaba a casa entonado, por no decir borracho. Inevitablemente, lo primero que se le ocurría al hombre era buscar a su mujer, que intentaba esconderse en cualquier rincón, protegida, en vano, por las chicas.
Cuando vencía la resistencia de las muchachas con sólo mirarlas (don Rosales era un hombrón), tomaba a su mujer por los cabellos y "la guardaba", como él decía, en el arcón, que cerraba con llave.
Y ahí la dejaba hasta la mañana siguiente. La mujer, doña Aparecida Luz, no soltaba ni una queja. En silencio, con los ojos abiertos, sin otra resistencia que los puños cerrados, se sometía a esa violencia. Don Rosales se iba a dormir, y las chicas se amontonaban sobre un sillón, cerca de la caja donde yacía su madre.
A la mañana don Rosales se despertaba recuperado y dolorido de arrepentimiento.
"Papá -le decían sus hijas- sacala a la mamá de ahí". Y ellas mismas liberaban a su madre que salía de su encierro entumecida y con los ojos llorosos, temblando de frío, desvelada.
Don Rosales, ya vestido, le llevaba una taza con café a doña Aparecida Luz, balbuceando pedidos de perdón y promesas de no cometer nunca más esa salvajada.
Pero la mayoría de las promesas son de frágil constitución y se rompen, igual que el cántaro de tanto ir a la fuente.
Un día las tres hijas se cansaron de la rutina, y decidieron bajar el telón. Esa noche, en cuanto don Rosales, bien envinado, cruzó el umbral de la puerta, lo envolvieron con sábanas y manteles y, sin darle lugar a que reaccionara, lo empujaron e introdujeron en el baúl, que cerraron adecuadamente.
Don Rosales permaneció dos noches y dos días encerrado allí. Y de nada sirvieron sus ayes y sus reclamos de clemencia. Cuando las chicas abrieron el arcón, don Rosales salió de él tambaleante.
Fue al baño, se lavó la cara, orinó, volvió a la sala, buscó su sombrero (¿o era su gorra?) y, sin saludar a nadie, abrió la puerta de calle y se fue.
Su mujer y sus hijas no volvieron a verlo.
Algunos viajeros, un mes después, aseguraron que se cruzaron con él en el aeropuerto de La Paz. Dijeron que ni los saludó.

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