El incendio que días pasados arrasó con tres precarias viviendas en el asentamiento Virgen de Urkupiña desnudó el drama de 15 familias que no solo viven en la extrema pobreza, sino en condiciones escalofriantes, como cirujas, tal como lo graficó una de las vecinas. Se trata de personas que utilizan los despojos del vertedero San Javier como fuente de su sustento diario. El basural les provee chatarras y cartones que venden a una empresa en el Parque Industrial, la ropa para vestirse y el alimento, con todos los riesgo que esta situación trae aparejada. La gente consume la mercadería vencida que arrojan los supermercados. "Vivimos en medio de labasuray comemos basura", expresó Luis Alfredo Bautista.
Los de Urkupiña no son los únicos habitantes de la pobreza estructural y de la situación de abandono a la que están sometidas muchas familias. En los alrededores de la ciudad hay numerososasentamientosdonde las políticas públicas no llegan, donde la gente se ha resignado a vivir como puede: en medio de la basura, sin los servicios elementales de agua, luz y cloacas.El Tribunoefectuó un relevamiento en la zona sudeste, donde este fenómeno social hace estragos. En Norte Grande está uno de los focos de pobreza crónica más alarmante, el que se potencia con más fuerza por la gran cantidad de excluidos. En una lonja de terreno de unos 400 metros lineales, en las márgenes del río Arias, se han apiñado muchas familias, la mayoría matrimonios jóvenes con hijos pequeños que están expuestos a todo tipo de enfermedades por la gran cantidad de basura que arrojan y los criaderos de animales que explotan personas que no viven en el lugar.
Lo propio ocurre en un asentamiento de villa 20 de Junio, a un costado del arroyo Tinkunaku. Allí viven varios carreros, en un predio donde carecen de luz, agua y otros servicios. Los vecinos no solo están preocupados por las precarias condiciones en las que viven, sino por las limitaciones que tienen ahora para trabajar debido a las acusaciones por el maltrato a los animales y la posibilidad de que la actividad que desarrollan los vehículos de tracción a sangre sea erradicada. También es preocupante la situación de un grupo de familias del asentamiento en 9 de Julio, a un costado del estadio de la Liga Salteña de Fútbol. En la temporada estival sus habitantes sufren horrores por el anegamiento de sus viviendas construidas en una zona baja, por donde corría un canal.
Estos excluidos del sistema sufren las rígidas normas del Estado, ya que por ocupar terrenos de manera ilegal no reciben ningún tipo de ayuda y por consiguiente están penalizados en Tierra y Hábitat. La situación para las familias se agrava más aún porque a manera de castigo el mismo Estado ha convertido esos lugares en tierra de nadie.
En el asentamiento de Norte Grande, al que se accede por la avenida Felipe Varela, funciona un basural en las márgenes del río Arias. Según los vecinos, a la altura de la torre 31, todas las noche ingresan por un callejón camiones sin identificación con contenedores de basura que descargan en un brazo del río. Comentaron que detrás de eso se oculta un negocio que explota un personaje de la zona con la extracción de chatarra, hierros y cartones. "Hasta hace poco esta parte del río era un vergel, pero desde que empezaron a tirar basura se ha convertido en un infierno y en un foco infeccioso de enorme riesgo para quienes vivimos aquí", expresó a El Tribuno Rodrigo Saracho. Al mismo tiempo sostuvo que en las temporadas de lluvia toda la basura es arrastrada por la crecida del Arias. "Es llamativo que el Estado no haga nada para poner fin a este atentado contra la naturaleza y al riesgo al que estamos expuestos", advirtió Saracho.
Brisa María de los Angeles Roldán, una mamá de 15 años, contó el drama que significa para ella y su hijo Rodrigo, de seis meses, vivir en estas condiciones. "Yo me la paso asustada por la gran cantidad de ratas, víboras y otros bichos que vienen del basural", contó. La madre adolescente expresó con dolor que se siente una excluida del sistema y lo explicó en estos términos: "Cuando fui a Tierra a Hábitat a pedir por un terreno me dijeron que no podía acceder a ese beneficio porque soy menor de edad. En este lugar hay muchas chicas en la misma situación que la mía, pero nos excluyen por ser menores, sin importarles que somos mamás. Nos duele que las cosas sean así".
Alexander Barraza (23 años) y Mónica Gaspar (19) también relataron lo difícil que es vivir con sus tres hijos pequeños en un lugar donde por sus precarias condiciones las familias están expuestas a todo tipo de riesgo. Esto dijeron: "Estamos abandonados por el hecho de habernos asentado aquí; para el Estado no existimos. En la casa de mi madre ya no había lugar para nosotros y por eso estamos aquí. Esta es la realidad señor", manifestó Alexander. Para proveerse de luz las familias se cuelgan de los cables de las torres del tendido eléctrico y se provén de agua de un caño público. De noche nadie sale porque en esas oscuridades late el peligro. La policía no ingresa al lugar.

¿Qué te pareció esta noticia?

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...