El fantasma del desempleo

Javier Lindenboim

El fantasma del desempleo

Tan sencillo es el requerimiento de las personas de acceder a un empleo y obtener por ese medio los ingresos necesarios como complejo el modo de generar oportunidades laborales. La posibilidad de aumentar el empleo deriva de un aumento del nivel de actividad económica. Claro que dicho crecimiento opera sobre la base de avances técnicos de manera que puede haber mayor producción sin que se refleje en mayor demanda ocupacional. El progreso técnico es un requisito en toda sociedad que aspire a ampliar la dotación de bienes y servicios. Así, el juego contrapuesto de metas y necesidades genera tensiones cuya resolución dirá si tendremos mayor demanda de empleos o no. Por cierto, la desigualdad en la distribución del ingreso también se manifiesta en las posibilidades (o no) de acceder a nuevos puestos de trabajo. Se ha dicho en no pocas ocasiones que la cuestión podría atacarse si se "reparte mejor el trabajo". Pero trabajar menos horas ¿con qué remuneración? Con lo cual no hay dudas de que la cuestión del empleo y la de la distribución del ingreso van de la mano. Podríamos pensar que no mejorar la productividad media sería un camino para evitar conflictos de achicamiento del mercado laboral. Pero está la necesidad social mencionada y en relación con los intercambios con el resto del mundo. Si nuestra sociedad no mejora su productividad perderá posiciones relativas en el mundo. En esta simplificada referencia quedan afuera importantes cuestiones. Una de ellas alude al comportamiento de los precios tanto de los bienes y servicios producidos como del trabajo aplicado a esa producción. Otra no menor refiere al comportamiento diferencial de las unidades empresarias según tengan o no cierta dimensión económica y/o una posición predominante. Todo esto aun suponiendo que se trate de una sociedad con predominio de criterios de equidad distributiva. Junto con el acceso al crecimiento económico y al desarrollo social es menester hacer uso de políticas protectoras para las personas o familias en dificultades. Cuando nuestras sociedades se muestran inhibidas de crear suficiente número de empleos con estándares mínimos de calidad estas acciones cobran mayor relevancia. Pero no hay dudas de que tales intervenciones no implican "creación de empleo" y por lo tanto resulta difícil que se sostengan a lo largo del tiempo. En el mundo actual -en el que las reglas del juego del capitalismo tienden a generar desigualdad y exclusión- no puede imaginarse que las tensiones socioproductivas se solucionen con medidas aisladas o unidireccionales. En el caso de Argentina el panorama tiende a complicarse por la franca dificultad actual tanto en materia de inversión (y, por tanto, de crecimiento) como de empleo, luego de un período de fuerte absorción ocupacional y recuperación de parte de la pérdida del salario real (2002-2007).
Han reaparecido afirmaciones en el sentido de que los trabajadores deberían esforzarse por la preservación de sus puestos así fuera atemperando los reclamos salariales. No es la primera vez que aparecen tales posturas, incluso en los años recientes. Las apelaciones al diálogo y a la generación de acuerdos deben incluir expresos mecanismos de protección de los trabajadores. Bajo la denominación que sea, los acuerdos sociales, económicos y políticos son imprescindibles a sabiendas de lo difícil que resulta concretarlos. Todos concurren a la mesa no sólo con apetito sino con la certeza de ser los portadores de los mayores derechos para obtener ventajas. El Estado debe velar para evitar abusos de los más poderosos. La caída de la participación salarial en el PBI en las últimas décadas en parte se recuperó a la salida de la crisis. Las cifras posteriores son escasas y dudosas y aún no hay nuevos datos. Doblegar la inflación debe lograrse evitando una mayor recesión y preservando el salario. El desafío es enorme. Para todos.

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