Gane o pierda, Donald Trump ha dejado ya una huella imborrable en la política estadounidense. El solo hecho de que el candidato republicano, al que las encuestas colocan en clara desventaja, haya podido competir mano a mano con Hillary Clinton revela la vitalidad de una tradición histórica norteamericana: el populismo fundado en la defensa de valores tradicionales presuntamente amenazados desde el exterior. En este caso, la acechanza está representada por la inmigración hispana y la invasión de productos asiáticos, que confluyen para quitar empleo a los trabajadores estadounidenses, y por la inmigración musulmana, denunciada como instrumento del terrorismo islámico.
Los politólogos, asombrados y asustados por el avance de Trump, subestiman el hecho de que ese tipo de populismo nacionalista, con variantes más volcadas hacia la derecha o hacia la izquierda, ha sido una constante recurrente en la política estadounidense desde fines del siglo XIX.
Esto explica por qué, según las encuestas, un porcentaje significativo de los votantes del senador Bernie Sanders (un populista de izquierda) en las elecciones primarias del Partido Demócrata duden entre votar por Trump o por la candidata de su propio partido.
Aunque pueda resultar sorprendente, la denominación de "populismo", que con el tiempo se hizo extensiva a fenómenos extraordinariamente diversos en todo el mundo, no fue acuñada por los cientistas políticos sino por el periodismo estadounidense para definir al llamado Partido de la Gente (People''s Party) que en 1890 intentó abrirse camino como un tercer partido para confrontar con republicanos y demócratas.
Pero los orígenes de esa arraigada tradición, que muchas veces tuvo encarnaciones que traspasaron los límites de la xenofobia, se remontan a los años posteriores a la guerra civil que terminó en 1865.
En 1877, Denis Kearney, un pequeño empresario de San Francisco, fundó el Partido Obrero de California, que con una retórica incendiaria denunciaba que "una aristocracia rechoncha rastrilla los barrios más bajos de Asia para encontrar al más humilde de los esclavos del mundo- el "culi'' chino- y lo importa, para que se encuentre con los libres de Estados Unidos y su mercado laboral y seguir ampliando las brecha entre los ricos y los pobres, degradando aún más el trabajo blanco".
Con el eslogan "­Los chinos deben irse!", la demanda de una jornada laboral de ocho horas y de trabajo en obras públicas para los desempleados, el partido ganó el control de San Francisco y de otras ciudades menores de California.
Su duración fue efímera, pero logró influir decisivamente en la agenda pública. En 1882, el Congreso norteamericano aprobó una ley que, a contrapelo de la filosofía hospitalaria de la constitución estadounidense, prohibía la inmigración china. A principios del siglo XX, sindicalistas de California lanzaron una nueva campaña antiamarillla, esta vez para presionar al Congreso a fin de prohibir la inmigración japonesa.
Su argumento era similar al empleado por Trump sobre la inmigración musulmana: los inmigrantes japonesas eran espías del emperador de su país, quien estaba planificado ataques contra Estados Unidos.
Olaf Tveitmoe, un sindicalista de San Francisco de ascendencia noruega, afirmó que los japoneses "tienen la astucia de un zorro y la ferocidad de una sangrienta hiena".
La campaña no tuvo éxito en el corto plazo, pero en 1941 sus argumentos legitimaron la reclusión forzosa de 120.000 japoneses, la mayoría de los cuales eran ciudadanos norteamericanos, tras el ataque de Pearl Harbour que determinó el ingreso de Estados Unidos en la segunda guerra mundial.
¿Y el pueblo dónde está?
Este nacionalismo con rasgos étnicos, que apareció recurrentemente en otros momentos del siglo XX, empezó a recobrar intensidad en las últimas décadas con las sucesivas oleadas de inmigración hispana, principalmente mexicana, que generó un cambio demográfico de carácter cualitativo.
Por primera vez en la historia, los WASP (blancos, anglosajones y protestantes) dejaban de ser la mayoría de la población para convertirse en la primera minoría, mientras que los hispanos desplazaban del segundo lugar a los negros.
Samuel Huntington, el politólogo más prestigioso de Estados Unidos, advirtió las implicancias de este fenómeno.
En su libro "¿Quiénes somos? Desafíos de la identidad nacional estadounidense" explicó que, a diferencia de la multifacética pléyade de inmigrantes de las más diversas nacionalidades, que en cuatro siglos contribuyeron a configurar la singularidad de la sociedad norteamericana y asimilaron plenamente su cultura, los inmigrantes mexicanos, por su masividad y su vecindad geográfica con su país de origen, tendían a constituirse en una comunidad con valores diferenciados.
Pero desde principios del siglo XXI, esa devaluación experimentada por el núcleo histórico de la población norteamericana, que amplificó un sentimiento racista hasta entonces concentrado en la minoría afro-
americana, fue acompañado por otros dos acontecimientos: los atentados de septiembre de 2001, que colocaron al terrorismo islámico en el centro de las preocupaciones de la opinión pública, y la irrupción de China como potencia económica mundial capaz de desplazar a Estados Unidos, que implicó la reaparición del temor al "peligro amarillo".
Los trabajadores blancos estadounidenses de los grandes centros industriales perciben que, en razón de los cambios demográficos y tecnológicos, se han convertido en una minoría de la población, mientras su país deja de ser la primera potencia económica global, a manos de China, y la era de la unipolaridad norteamericana termina para siempre, haciendo del mundo un lugar más inseguro y vulnerable a la amenaza del terrorismo islámico. La inmensa mayoría de esos trabajadores blancos encuentran en esos tres hechos incontrastables otros tantos motivos para votar por Trump.
El límite para esta nueva edición del populismo encarnada por Trump reside en que esas mismas transformaciones operadas en la sociedad estadounidense, que proveen de argumentos a su prédica confrontativa, hacen que su base de sustentación sea electoralmente insuficiente.
Estados Unidos es ya una sociedad multicultural y multiétnica, un espejo de esa sociedad mundial que, como consecuencia del avance irrefrenable de la globalización, emerge hoy a escala planetaria. Y esa realidad no puede modificarse por una elección presidencial.

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