Cuando Dilma Rousseff, ingresó sonriente el lunes al Senado para su defensa, en compañía de Lula y decenas se simpatizantes, había algo de expectativa, que de acuerdo a los votos positivos para su destitución quedaron a mitad de camino. Los números no cerraban a pesar de la promesa de algunos sectores políticos y el camino al ostracismo ya estaba definido de antemano.
La destitución de la presidenta será también el fin en el poder del Partido de los Trabajadores (PT), la fuerza de izquierda que gobierna desde hace más de 13 años la mayor potencia latinoamericana. Aislada políticamente, agobiada por la peor recesión económica desde los años 30 y con su partido ametrallado por denuncias de corrupción, Rousseff fue suspendida de su cargo en mayo, acusada de maquillar las cuentas públicas.
La votación es el punto final de un proceso que remece al país desde hace nueve meses, junto con una economía maltrecha y el descrédito en una clase política embarrada por escándalos la corrupción. Desde que Rousseff comenzó su segundo mandato, el PIB retrocedió 3,8% en 2015 y se proyecta una caída de 3,1% este año, el desempleo trepó hasta alcanzar un récord de más de 11 millones de personas, la inflación tocó los dos dígitos y el rojo fiscal estimado supera los 45.000 millones de dólares.
A eso se le sumaron las revelaciones de la Operación Lava Jato (lavadero de autos), una red político-empresarial de sobornos que le costó a la estatal petrolera Petrobras más de 2.000 millones de dólares.
Inácio Lula da Silva, su padrino político y la figura que encarnó el despegue de Brasil, el éxito de la lucha contra la pobreza y el presidente más popular de la historia moderna, la apoyó hasta último momento, quizás sabiendo que su caída también lo arrastraba.

La acusación

Rousseff fue acusada de autorizar gastos a espaldas del Congreso y postergar pagos a la banca pública para mejorar artificialmente las cuentas públicas y seguir financiando programas sociales el año de su reelección y a inicios de 2015, algo prohibido por la Constitución. Su defensa aduce que las prácticas cuestionadas también fueron usadas de forma recurrente por gobiernos anteriores, sin que fueran castigadas. Si es destituida, solo falta el broche final, Rousseff se convertirá en el segundo jefe de Estado en ser sometido a un proceso de destitución en el Congreso brasileño. El otro fue Fernando Collor, pero dimitió antes de llegar a enfrentarse con los senadores en la fase final del juicio.
Hasta ahora, Dilma siempre aseguró que luchará "hasta el final", pero su suerte ya está echada. Más allá de los cánticos que la acompañaron en las últimas horas. "­Dilma, guerrera, de la patria brasileña!". "Ella está firme, preparada para la batalla", dijo a periodistas el diputado Silvio Costa del PTdoB (aliado a Dilma) en el recinto del Senado, pero las expresiones de apoyo se fueron diluyendo durante el transcurso de las horas.
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Sección Editorial

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Jose Alberto Perez
Jose Alberto Perez · Hace 26 días

Otro título desacertado y malintencionado. Dice el final del PP. ¿¿ acaso alguien cree que si las reglas son claras, Lula no volverá a ganar en 2018???

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