La América Meridional, como le llamaban los viajeros y cartógrafos a la América del Sur, fue motivo de visita de numerosos y variopintos personajes extranjeros.
El oro de los incas primero y la plata del Potosí después, atrajeron a oleadas de conquistadores, funcionarios, religiosos y aventureros de toda índole. Sabios de la talla del alemán Alexander Von Humboldt, del francés Alcides D''Orbigny y del inglés Charles Darwin, dejaron sus impresiones en obras clásicas.
Los viajeros que hacían el camino de postas de Buenos Aires a Potosí realizaron descripciones magníficas de distintos momentos históricos desde el siglo XVII en adelante, especialmente del interior de lo que hoy es la República Argentina.
Ricos testimonios se rescatan de Diego de Ocaña, Reginaldo de Lizárraga, Acarette Du Biscay, el padre Lozano, Concolocorvo, Filiberto de Mena, Anton Z. Helms y otros, especialmente durante los siglos XVII y XVIII.
Un viajero muy poco conocido es el francés Jullien Mellet. No solamente recorrió partes de la Argentina, sino que siguió viaje por Chile, Bolivia, Perú y Ecuador, llegando hasta Colombia y Cuba. Arribó a Uruguay en 1808 y permaneció viajando doce años por América del Sur.
De regreso a su país publicó memorias que constituyen un libro de viajes y de historia imprescindible para nuestra historiografía. En 1959, la Editorial del Pacífico S.A., de Santiago de Chile dio a conocer en su colección "Viajeros de Antaño", un volumen de 292 páginas con la traducción al español de la segunda edición francesa de 1824, titulada "Viajes por el interior de la América Meridional, 1808-1820".
Los relatos de Mellet son claros, simples y directos. Cuenta con naturalidad los acontecimientos que le tocó vivir en tiempos convulsionados a raíz de las independencias de las naciones sudamericanas.
Su origen francés, aún cuando él lo negara por razones imperiosas, lo ponía en peligro evidente. Fue así que le tocó vivir situaciones difíciles como una acusación de herejía por una disputa con un cura aldeano de Perú que lo llevó a prisión y se salvó por poco de los tribunales de la Santa Inquisición.
Lo cierto es que el joven Mellet, natural de Burdeos, llegó a Montevideo en un bergantín que traía un cargamento de armas. Hostigado por naves inglesas, el barco se hundió frente a las costas del Río de la Plata, aunque antes fue saqueado y destruido, mientras los náufragos, entre ellos Mellet se salvaban a nado.
Luego cruzó a Buenos Aires donde describe el tráfico de esclavos negros con destino a Lima y las pésimas condiciones en que se hacía.
Cruzó la pampa con destino a Mendoza y vio vívidas imágenes de los indígenas y su destreza para montar a caballo y bolear animales, de los usos y costumbres de los jinetes y baqueanos para acampar a la intemperie utilizando como cama los componentes de la montura, de las aguas termales de Puente del Inca, entre otras cuestiones que lo maravillaron. Describe cómo se defendió de tres bandoleros que lo atacaron en plena noche mientras acampaba esperando el regreso de su baqueano.
Comenta que volvía entonces de unas minas de San Juan donde canjeó mercaderías por oro. Sabedores del botín que portaba, los maleantes lo siguieron pero no contaron con la decisión y el coraje del francés que nunca se separaba de un par de pistolas. Montó a caballo y derribó al primero de un culatazo. Luego hirió a otro de un disparo y con un pistoletazo limpio mató a un tercero. Cuando llegó su guía, enterró al muerto improvisando una cruz escrita con una leyenda piadosa, dijo unas palabras solemnes y luego curó a los heridos y se los llevó atados para entregárselos a las autoridades de Jáchal.
Él mismo relata en la introducción al libro que al estar obligado a trasladarse sin cesar a las diferentes provincias de esta vasta parte del nuevo mundo lo pusieron en condiciones de poder estudiar las costumbres, el carácter y usos de sus habitantes.
Luego señala que se ha inclinado particularmente a conocer el modo de viajar por estos climas, los peligros que se corren en ciertos puntos, las distancias que separan las ciudades de las aldeas y villorrios, su diferente población, la rica producción del suelo, las artes que ahí pueden florecer y, por fin, las distintas ramas del comercio que allí se hace.
El capítulo VII está dedicado a describir su viaje por Tucumán, Salta y Chuquisaca. Menciona que los habitantes transportan sus productos a Buenos Aires en grandes carretas tiradas cada una por ocho yuntas de bueyes, cubiertas con cueros y una carga de sesenta quintales (6.000 kilogramos), retornando luego con mercaderías lo que mantenía un comercio muy activo. Se asombra igual que en su momento lo hiciera el viajero virreinal Concolocorvo, y dice que el comercio de mulas y caballos, está por sus cualidades encima de todos los de la América Meridional, que las ventas son asombrosas y que se envían en grandes cantidades al Alto Perú. Se refiere a los hombres como muy soberbios y altaneros y que ante cualquier enojo se trenzan en peleas a cuchillo. La siesta entre dos y tres horas es una costumbre generalizada para obreros, amos y esclavos.
Menciona que el carácter de las tucumanas, a las que no deja bien paradas, es enteramente opuesto a las de Córdoba y aclara: "...son hermosas, pero violentas y vengativas, y sus costumbres no merecen elogio alguno. La inclinación que tienen por toda clase de vicios y el hábito contraído, las hacen más despreciables. Como los hombres terminan sus disputas a puñaladas".
Sobre Salta dice específicamente que es una "pequeña ciudad muy agradable". Comenta que tiene un gobernador y dos alcaldes, y las calles "son muy hermosas y las casas bien edificadas". Relata que: "Hay víveres en abundancia y un comercio muy importante de harinas y tabacos de taraguina que son muy estimados y tienen gran consumo". Luego comenta que: "Las costumbres de los habitantes no son de las más suaves; y a pesar de su habilidad para el comercio, tienen por lo general hábitos bastante groseros. Tienen gusto por la pintura y sobresalen en este arte".
Finalmente menciona un rubro destacado de aquellos salteños de principios del siglo XIX y dice: "Trabajan con delicadeza sillones de madera adornados con cuero; y aunque este género sea mirado como antiguo en Europa, no deja de buscárselo en ese país. El cuero que se emplea, adornado con grabados de oro y plata y con dibujos de diferentes colores, ofrece un hermoso golpe de vista y da a esa silla algo de majestuoso. Las ciudades vecinas adornan sus más hermosas viviendas trayendo esos muebles de Salta".
Las páginas de Mellet, quién se apodaba a sí mismo "El Americano", llevan al lector a recorrer un largo y ameno viaje por una América de la que apenas quedan supervivencias y cuyo colorido se ha esfumado en el tiempo.

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