"Cuando lo cuento parece como algo increíble, pero para nosotros, los chaqueños de estos montes, es algo natural: la vida y la muerte son parte del quehacer de un criador", dijo
Natalio Gallardo, un joven de 26 años, agente de la Policía de la Provincia que el 28 de julio ayudó a una mamá a tener a su bebé.
Sonriente, recordó que durante el curso para ingresar a la fuerza recibió algunas nociones, casi vagas sobre emergencias de este tipo. "Lo más elemental", dijo, aunque luego aclaró: "Yo desde niño asistí a cientos de pariciones en los corrales de las vacas, en los montes y en los chiqueros de las cabras. La vida de un puestero de esta zona fue durísima años antes, cuando no había comunicación ni vehículos, ni siquiera caminos".
Todo se hacía en casa: desde los adobes hasta los techos de paja y, muchas veces, los partos en una familia lugareña. Y otra vez, sin dejar de sonreír, reflexionó: "Qué mejor escuela de la vida puede ser ésa, la de levantarse al oscuro para ir a los corrales a curar animales, a lechar las vacas. Otros días a montear, a rondar las vacas, a conocerlas".
La mirada de Natalio se diluye entre la aridez y los parches de monte en el chaco salteño, mientras recuerda su infancia. "De a poco los viejos te iban moldeando, y cuando llegada la adolescencia estabas a punto para suplantar quizá a tu tata, por lo menos en lo más duro, ya te habías 'recibido de gaucho criador'. Así uno aprendió a conocer cada árbol, cada especie, cada lugar. Los animales del monte, lo que se come y lo que no, y lo más más importante: lo tuyo y lo ajeno", dijo recordando los años de puestero en un paraje de Dragones, a la vera de la ruta 81, a 240 km de Salta capital.
Erguido, con el uniforme azul salpicado con huellas de la última tormenta, el agente contó que se inició en las letras en la Escuela "Infantería de Marina Argentina", en el pueblo de Dragones y años más tarde egresó de la Escuela Agrotécnica 5019.
"A los 20 años tuve muchas ideas para definir mi futuro, pero choqué con la imposibilidad económica, las distancias y la inexperiencia para ir a la universidad. Estaba lejos de nuestro alcance por entonces. Es triste pero las oportunidades no son para todos iguales".
“Así que un día decidí servir, porque eso es lo que aprendí en el monte, porque si allí no servís no sobrevivís. Son tantas cosas las que se viven o se vivían en estos parajes, lugares donde todo hace falta, donde no te dura la ropa o el calzado y adonde además años atrás tampoco podías conseguir estas cosas elementales tan fácilmente. Todos aquí hemos vivido de muchas carencias, acostumbrados, como dicen, a resolver con lo que hay. Por eso los que hemos ‘domado’ al chaco salvaje conocemos el sufrimiento de los pueblos originarios, su forma nómade de vida, su desapego por las cosas terrenales y por su porfiado pensamiento de vivir solamente el ‘hoy’. Su pobreza es llamativa y el olvido a lo que fueron sometidos, también.Así que uno termina siendo como el paisaje que lo rodea”, filosofó el agente frente al El Tribuno.
Luego se diferenció de los originarios, una brecha que se abre como la grieta que el intenso sol abre en la tierra reseca del chaco. “A nosotros nos forjaron en el trabajo, como la razón del progreso. Ellos esperan de la naturaleza y en esa naturaleza también estamos los criollos, sus hermanos, los que, como quien diría, compartimos el inquilinato de estas tierras”, dijo con ironía.
Siempre pensando en sus decires, el joven agente de la Policía comenzó a desgranar cómo llegó la decisión de ser un hombre de azul y dijo: “Es que acotado en mi pequeño mundo de Dragones, llenos los ojos de monte y de las aguas del río Bermejo, me fui forjando la idea de ser policía, porque he servido desde niño sin paga alguna, cuidando las vacas de la familia, anocheciendo en la espera de algún zorro mañero, rondando la hacienda y qué se yo en cuántas cosas más. Así sin querer fui custodio de los bienes familiares o sea, el policía de la casa. Entonces servir a los demás no me quedaba tan lejos y sí estaba al alcance de nuestra familia”.
En el 2010 ingresó a la Escuela de Policía y en el 2012, tras dos años de estudio y entrenamiento, comenzó a trabajar.
“Antes de llegar aquí tuve muchos destinos hasta que conseguí afincarme cerca de mi origen, de mi aldea, de mi querido pueblo. Por eso cuando alguien dijo que asistir un parto en esas condiciones (en el paraje La Botija), en medio de la tierra es algo difícil, quizá no comprenda la dimensión de lo que realmente es difícil o heroico en estas latitudes.
Un parto es asistir para que se dé vida y eso no es algo difícil en pueblos de criadores como lo somos todos los poblados del chaco salteño”. Sus palabras suenan con decisión. “Solo los que vivimos a diario en estos lugares del chaco sabemos lo que se sufre y lo que sufren por demás los pueblos originarios, marginados desde siempre. Por eso digo y repito, difícil aquí es la vida”.
Natalio se tomó unos minutos y relató los momento previos a la intervención en el nacimiento. “Es una emergencia que no debe tener demora. La vida se presenta de golpe, y no espera. Por esos aquella mañana -recordó- cuando se presentó un joven wichi de unos 20 años pidiendo ayuda para su mujercita de 18, no quedaba otra que asistir a la mujer a como dé lugar. Lo que me dijo el Tejerina (wichi), me causó espanto. Tratamos de ubicar un médico pero no había. Mientras mis compañeros buscaban ayuda de un médico o enfermera, yo salí con otro policía directo al paraje La Botija, rogando que no sea tarde. Cuando llegué a la casa el panorama estaba complicado”.
“Había una jovencita casi inconsciente, su quejido de dolor era ya inaudible”, recordó. El piso de tierra de su humildísima tapera no era óptimo para un parto, más bien parecía un pisadero donde dormían animales domésticos. Él y su compañero Fernando Huanca decidieron levantarla hasta un catre. La chica ya estaba con profundas contracciones y -lo peor-, con mucho miedo porque era primeriza. El estado de ansiedad y las pocas fuerzas que ella tenía eran para ponerse nervioso, porque había estado en mala posición en la tierra, recostada sobre uno de sus laterales. Parecía entumecida. “No había otra, yo asumí el control de la situación -se ríe- y la tranquilicé y me tranquilicé diciéndole que sobre esto yo sabía perfectamente qué hacer, que ya estaba siendo mamá y que todo venía a pedir de boca, algo piadoso para el momento”.
Después de esto que sonó a arenga, “la subimos al catre y allí pude ver bien. El nacimiento estaba encima, la cabeza del bebé estaba ‘coronando’ ya y venía algo morado. Mala seña, me dije para adentro. Ahí lo agarré con cuidado y tras un poco de pujanza de la mamá y un tirón de suerte el nacimiento se hizo como de película”.
“Sanito, hermoso. Varón! dijo el partero”, lanzó ante El Tribuno y se rió con el recuerdo. Luego, todo fue normal. En minutos, los policías-parteros retiraron la placenta y cortamos el cordón umbilical mientras el niño lloraba sobre el pecho de su madre.
“¡Qué lindo, no?!”, recordó. El después Esto pasó hace ya cuatro meses. Natalio dice que siempre va a ver a la familia que hoy vive en un rancho levantado a la orilla del río Bermejo. Otras veces se cruzan en Dragones el padre y la madre “de aquel niño nacido en mis manos”. “Siempre tengo esa sensación de que la vida no es todo, que ese niño vino al mundo sin saber el mundo donde nació. Me pregunto cuál será su futuro aquí, en estas tierras exterminadas por el pastoreo y en su pobre gente cansada de sobrevivir”, añadió.
En la costa del río la joven familia sobrevive abandonada a su suerte, a un plan o a un subsidio. Pero esta triste realidad no es exclusiva de ellos. Los wichis ya no tejen el chaguar, pescan lo poco que consiguen en el río, y el monte se achicó demasiado y por eso mismo se volvió tacaño con ellos. Desolación. El paisaje es un golpe moral sobre los ojos, una afrenta a la vida digna, una fotografía de la desatención y desentendimiento del Estado y de la sociedad.
El solo mirar la tierra rasgada por la sequía y las precarias viviendas dan muestra de la pobreza y abandono de estas comunidades. La llegada del auto es recibida por un perro flaco, famélico pero voraz en sus ladridos y advertencias. Al ver llegar al policía partero las puertas de la comunidad “La Medialuna” se abrieron también para el equipo periodístico.
Hubo muchas risas, anécdotas imperdibles y sobre todo agradecimiento. Fueron minutos interminables recordando el nacimiento de Josué Fernando Tejerina, el pequeño que pesó 3,2 kilos cuando nació en un lugar mucho más precario que el establo o pesebre de Cristo, pero de la mano de quien en ningún momento le negó la asistencia de un idóneo o experto en la materia “vida”. El policía dijo sobre el asunto, como corolario de su intervención que solo fue un acto más de los muchos que puede aun realizar. “De Carla Paz, la mamá, recuerdo que apenas le dimos el bebé, ella estaba sonriente, rodeada de su pareja, de una enfermera que llegó en esos momentos; y de mi compañero que estaba más asustado que el padre”, dice y se ríe. Natalio Gallardo, el gaucho policía, “partero de ocasión”, contagia con su risa.

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