Resulta sumamente interesante estudiar la historia de la astrología, en especial en la Edad Media, porque se aprenden las distintas instancias en las que se vio envuelta esta ciencia, a veces en auge y otras veces perseguida por la Sagrada Inquisición hasta con la muerte.
En su libro de juicios astronómicos Roger de Hovoden enlista problemas que esperaba que sus lectores le consultaran: sobre los padres, esposa o esposo, hijos, viajes, socios de negocios, matrimonio, el sexo del hijo antes de nacer, como evitar el enojo de alguien en el poder, si uno está destinado a la prisión o la pobreza, etc.
Al astrólogo judiciario practicante se le podía preguntar sobre negocios, viajes, o un caso judicial; también se esperaba que eligiera una hora favorable para que dicha empresa comenzara. Cuando Al-Mansur encontró una nueva cabeza para el califato en Bagdad en el año 762, pidió los servicios de dos astrólogos, uno zoroastriano y otro judío para elegir una fecha afortunada.
El análisis de las bodas de los Habsburgo ha mostrado que tendían a estar programadas para momentos astrológicos favorables.
Ejemplos del uso de la astrología en el siglo XII son algunos como los siguientes. Roger de Hovoden, Benedict de Peterborough y Rigord en su vida de Felipe II nos proporcionan juntos los textos de cuatro cartas acerca de la conjunción de los siete planetas conocidos entonces, en Libra en septiembre de 1186. Astrólogos de España y Sicilia, que escribieron en latín y griego, hicieron predicciones.
El primero que solamente se identifica por el nombre de "Corumphiza", predice que los árabes serán destruidos por tormentas, ventarrones y un gran hedor. El segundo, un Guillermo que al parecer era el asistente del alguacil de Chester, también predijo con más jerga la victoria de los cristianos sobre la amenaza pagana.
Antes de la invención del reloj, en 1280, la iglesia controlaba el tiempo y regulaba las horas de trabajo y de oración.
Una tercera carta de un monje llamado Anselmo en Winchester habla de un hermano lego que cae en trance, recitando un espantoso verso en latín concerniente a cosas espantosas que ocurrirán en la conjunción.

Los cristianos no saben nada

La más intrigante de estas cartas es la cuarta, que afirmaba ser de Faramela, hijo de Abdulá de Córdoba a Juan, obispo de Toledo. El escritor afirma ser un árabe marroquí que ha visto la primera carta y hace comentarios cáusticos acerca de la habilidad de los cristianos para interpretar las estrellas.
Su primera crítica es que dichas conjunciones planetarias ocurren de vez en cuando sin grandes desastres. Su segundo punto es que dicha conjunción no ocurrirá en septiembre de 1186: Marte y Venus no estarán en Libra.
La carta termina con un florido texto de términos técnicos astrológicos de la traducción de Herman de Carinthia de Abu Ma'shar. Por cierto el clima en 1186 no fue llamativo, aunque hubo un terremoto en Inglaterra en 1185 e inundaciones en 1187, que también fue el año en que cayó Jerusalén.

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