La solidaridad se identifica en la Declaración del Milenio como uno de los valores fundamentales para las relaciones internacionales en el siglo 21. En este marco, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 20 de diciembre como Día Internacional de la Solidaridad Humana.
El cuerpito de Aylan muerto en la playa nos golpea en lo más profundo, y reaccionamos. "Coco" Oderigo, de la Fundación Espartanos, me cuenta cómo ayuda a los presos a rehacerse y salir de la cárcel, con una cabeza y corazón nuevos y me golpea, y reacciono. La bala a Carolina Píparo e Isidro nos golpea y rebela, y reaccionamos. Ante casos concretos y rostros cercanos, la solidaridad brota y la ayuda se multiplica.
Veo un chiquito pidiendo en la calle, me entero de una chica golpeada, veo una guerra que como todas afecta a inocentes y me golpea. Quiero hacer algo, ¿pero qué? Ante los grandes problemas estructurales, sistemáticos y desproporcionados, la solidaridad parece algo demasiado grande, y se agolpan las excusas, se adormece el corazón.
Somos, cada uno de nosotros, un nodo de un entramado de relaciones riquísimas y complejas, que nos conforman, modelan y transforman. Y hay quienes piensan todavía que lo originario es el individuo, que lo que nos define es la autonomía y la libertad absoluta.
Mejor sería llamarlo la soledad absoluta: déjenme en paz, en mi espacio de absoluta independencia, déjenme hacer lo que quiero y ocuparme de lo más importante para mí, que soy yo mismo. Lo de Aylan es horrible, pero lo siento. Del mismo modo, yo no puedo hacer nada por los presos, la violencia doméstica, y el drama en el mundo. Lo siento.
¿Aislamiento o solidaridad? La realísima y sanísima dependencia de los demás es la que nos da vida, y es la raíz más profunda de la solidaridad, que no es un impulso buenista inspirado en sentimientos efímeros. Si sólo se tratara de un sentimiento momentáneo, podría consentir a la tentación de ignorar esa voz, ese impulso solidario, que pertenece a nuestro ADN.
Yo soy quien soy gracias a una multitud que hizo posible cada palabra que pronuncio, cada libro que me instruye, cada rincón que habito. De niño vivía disfrutándolo. Crezco y me doy cuenta de mi deuda, y percibo que tengo que dar lo que recibí, y más de lo que recibí. La solidaridad es reconocer que, no la humanidad, como concepto abstracto, sino cada hombre o mujer en esta tierra es un hermano, mucho más allá de la retórica folclórica: es conmigo, hijo o hija de Dios y de esta tierra común que nos fue entregada en plural: multiplíquense, habiten, cultiven el mundo (Génesis).
Soy por otros, soy con otros, y no puede caberme la duda de que soy también para otros, porque lo que más me realiza es dar de mi riqueza.
La solidaridad no es, sin embargo, una flor silvestre, sino una delicada flor que necesita ser cultivada, porque dentro de nosotros no todo es luz. Vivimos una época de tensiones dentro de cada uno: se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales, como señala el papa Francisco.
¿Soledad o solidaridad? Esa flor exige nuestro compromiso diario por responder a las mejores voces que suenan en el corazón y a nuestro alrededor. Decía Isaías que la paz era el fruto de la justicia (opus iustitiae pax). Juan Pablo II precisó un desafío: la paz es fruto de la solidaridad (opus solidaritatis pax). Y ahora Francisco redobla la apuesta cuando afirma que la inequidad es fuente de violencia. La paz que ansiamos es un fruto trabajoso y artesanal de tomar sobre mis hombros las necesidades del que tengo a mi lado. Aylan, y mis presos, y mi vecino necesitado: el mundo entero al alcance de mis manos.

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