En el mes de agosto de 1988 el exoficial de la Policía Daniel Julio Scandinaro pasaba tranquilamente sus días en una casaquinta del Gran Buenos Aires, acompañado por una mujer rubia y atractiva. Visitaban a la feliz pareja algunos amigos, que llegaban en automóviles importados.
Todo parecía normal... salvo que, para los registros de la Municipalidad de Mar del Plata, Scandinaro había muerto y su cadáver había sido cremado el 21 de febrero de ese mismo año, relata un capítulo del libro del periodista Enrique Sdresch, "El hombre que murió dos veces".
El caso del fiscal Nisman tiene una extraña similitud en combinar poder e impunidad, en igual medida en varios de sus pasajes.
Aquel 18 de enero de 2015, mientras el país trataba de salir del sofocante verano, en un lujoso departamento de Puerto Madero, aparecía el cuerpo inerte del fiscal.
Hoy a casi dos años de su muerte, sin embargo lo siguen evocando, al igual que lo hicieron desde el primer momento. En aquellos días todos se olvidaron que era el hombre que al día siguiente iba a presentar los fundamentos de su acusación contra Cristina Kirchner. A partir de allí, los fantasmas aparecieron, dejando abierto un cúmulo de interrogantes.
Atacaron su figura a través de fotografías con hermosas mujeres, aparecieron sugestivas escuchas. Lagomarsino (el dueño del arma) dijo que Nisman se quedaba con la mitad de su sueldo. Aníbal Fernández lo trató de "turro y sinvergüenza". "No me asombra la catarata de agravios e insultos que caen sobre alguien que no se puede defender porque está muerto", sostuvo Germán Moldes, el fiscal de la Cámara Federal.
Ahora reapareció Jaime Stiuso con acusaciones que deben ser comprobadas. Se halló un testigo muerto y la causa sigue.
El primer y fundamental derecho humano es el derecho a la vida, contra la cual nadie puede atentar. Tan importante como el respeto a los muertos, algo que nadie puede ignorar.
La muerte es el final. Una vez que se está muerto, se acabó, todo se acabó, menos para Al berto Nisman.

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